182. Olvido

Jorge Pérez de Mata

 

El olivar dormía bajo la luna, y sus ramas blancas de plata temblaban al roce del viento como si contaran secretos antiguos. Los olivos, viejos y callados, habían visto pasar soles y guerras, y en su corteza arrugada guardaban la memoria de manos negras de tierra y de sudor.

En la alameda, los hombres se movían con redes y varas, golpeando suavemente los frutos que colgaban verdes y morados, mientras sus voces, graves y cansadas, se mezclaban con el canto de los grillos. Cada aceituna caía como un pequeño tambor, un golpecito de vida que resonaba sobre la arena y el polvo, y el aire olía a resina, a madera húmeda y a aceite recién nacido.

Una mujer recogía los frutos caídos, mientras su hijo reía entre las hileras de olivos. Y el aceite, dorado como un sol líquido, fluía en el molino, lento y brillante, recordando que la tierra no olvida, que cada fruto guarda la esencia de la vida y de la paciencia, que en cada gota hay un milagro de luz y sombra.

El olivar, eterno y silencioso, seguía su canto de raíces y de viento, mientras la noche vestía de plata los surcos y los sueños.

 

 

 

 

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