178. El regreso
El forastero se sentía extraño bajo aquellos olivos centenarios. Hacía demasiado tiempo que los creía borrados de su memoria. Y, sin embargo, desde que bajó del coche, una ingente cantidad de vagos recuerdos había aflorado en su mente: mañanas frías de invierno al calor de una hoguera reconfortante; suelos húmedos alfombrados de aceitunas moradas y verdes que caían con los primeros palos dados al árbol; débiles rayos de un sol mañanero entre sus ramas retorcidas, todavía impregnadas del rocío de la madrugada…
El olivar ahora estaba abandonado. Los troncones, sucios, llenos de varetas y ramas secas, con brotes descontrolados. La tierra, invadida por toda clase de yerbas que, en muchos sitios, le llegaban a la altura del pecho.
Intentó abrirse camino entre la maleza, ascendiendo la suave loma con la intención de buscar el punto más alto, aquel desde donde se veía el pueblo. Lo alcanzó con esfuerzo, con las manos surcadas de arañazos de zarzas. Allí estaba el caserío, ese al que había vuelto hacía unos días, después de veinte años.
Las casas se escalonaban en la pendiente, abrazándose unas a otras, heterogéneas, solo unificadas por los tonos blancos de sus muros encalados y sus tejas cerámicas. La torre de la iglesia, majestuosa, se elevaba sobre el perfil bajo de las viviendas como un centinela en guardia, con vistas privilegiadas a aquel mar verde de olivos que las rodeaba.
Fue entonces cuando lo vio. Más bien, intuyó entre las altas gramíneas el esbozo rojo de su chaleco moviéndose entre la vegetación silvestre. Ascendía el pequeño terraplén con la cara demudada. Se detuvo a unos cinco metros de él.
—¿Qué diablos haces aquí? —dijo el recién llegado, casi sin resuello.
—Esta finca es tan mía como tuya —contestó el otro, impasible.
—¡Por Dios, que tengo la escopeta en el coche! ¿A qué has venido?
Se miraban ambos, ahora a no más de tres cuartas de distancia, chispeando de ira los ojos del recién llegado, fríos como escarcha los del forastero.
—No me has dirigido la palabra durante todos estos días —dijo este—. ¿Esperas ahora que yo te dé explicaciones?
—Me cago en Dios —exclamó el otro, todavía cesando del esfuerzo del ascenso.
Suspiraba de pronto, como para vaciar los malos humores. Después siguió hablando.
—Veinte años sin saber nada de ti. ¿Cómo querías que actuara?
Se ensombreció el gesto del forastero, atisbando un cierto matiz de compresión.
—Has tenido que pasarlo mal aquí, cerca de él. Me cuentan que tú tampoco te has ocupado.
Al decirlo, su mirada gris pareció dulcificarse. El otro no dijo nada.
—Yo, al menos en la distancia —añadió—, no he tenido esa preocupación diaria, ese sinvivir que debes de haber tenido tú, estando aquí, entre el deber y el querer.
Su hermano hizo un mohín desdeñoso. Luego terminó explotando.
—¡Mírame! —abrió los brazos, señalándose la cara escurrida y ojerosa, y su cuerpo escuálido. Los ojos, tristes, empezaban a brillarle—. ¡Veinte años cargando con ese maldito dilema!
El forastero mantuvo la compostura, impasible su mirada glauca.
—Sí. Realmente has envejecido mal —terminó por decir.
Un soplo de aire azotó las copas de los olivos. El sol, que hasta entonces había estado oculto tras jirones bajos de nubes, destelló en el horizonte de poniente, desgarrando el velo que lo cubría.
El hombre continuó hablando.
—Ha pasado mucho tiempo. Tanto, que ahora me apodan “el forastero”.
Lo dijo con voz queda, mientras desviaba la mirada hacia el pueblo, sintiendo los ojos inquietos del hermano a su espalda.
—Fuiste valiente permaneciendo aquí —continuó. Volvía a mirar al recién llegado.
—De valientes están los cementerios llenos. De hecho casi me voy yo antes que él —comentó sombrío, algo más calmado.
—Supongo que cuando perdió la cabeza…
—Cuando perdió la cabeza yo ya estaba condenado.
El forastero no replicó y avanzó unos metros hacia el olivo más cercano. Allí tomó un par de las pocas y escuálidas aceitunas que el árbol cargaba.
—¿Te acuerdas de cuando competíamos por ver quién llenaba antes el canasto?
El otro no se había movido. Continuaba mudo, respirando con dificultad. Una solitaria lágrima parecía surcar su arrugada mejilla. El forastero continuó hablando:
—Si padre levantara la cabeza y viera el abandono de este sitio, volvería a morirse otra vez.
Entonces, el recién llegado cerró los puños y acortó con celeridad la distancia que los separaba. Lloraba con un aire de quien lleva la muerte en el alma.
—¡Si padre levantara la cabeza huirías como hiciste hace veinte años!
El forastero encajó el comentario sin inmutarse, ecuánime. En todo ese tiempo, solo había sido capaz de volver para enterrarlo dos días atrás.
Tampoco él había sido indemne al paso de los años. Su figura había perdido el porte elegante de la juventud y mostraba ya una incipiente calvicie. Miraba de nuevo hacia la lejanía, hacia ese pueblo que había abandonado siendo joven y que los había visto crecer huérfanos de madre desde pequeños. A ratos, inclinaba la cabeza para contemplar las aceitunas en su mano. Cuando volvía la vista al caserío, en sus ojos turbios parecían bailar todos los demonios de su fría soledad y sus remordimientos.
—Me has preguntado que qué hacía aquí —dijo.
Asintió el otro, aguantando, sin limpiarse las lágrimas que, ahora, anegaban por completo su rostro. El forastero siguió hablando.
—Después de la muerte de padre, esto es lo único que nos queda en común.
—Por poco tiempo. He venido a colgarle a un olivo el cartel de “Se vende”.
Lo miraba ahora el otro con ojos ligeramente vidriosos. Había guardado las aceitunas en el bolsillo.
—Pensaba hacerte llegar la mitad del dinero en cuanto se vendiera —añadió el hermano, que había dejado de llorar.
El forastero dirigió un último vistazo a las casas blancas antes de decir cualquier otra cosa. Creyó distinguir la que había sido la suya, allí donde las antiguas huertas que la rodeaban se habían convertido en adosados.
—Volvamos abajo —dijo.
Desanduvieron el camino hacia la zona más deprimida del olivar, por los tajos que habían abierto previamente entre la emboscada vegetación silvestre. Tonos rosicleres adornaban el horizonte de poniente, allá donde el sol se escondía en su ocaso. Ninguno habló durante el descenso, absortos en sus pensamientos, o tal vez porque no quedaba nada más que decir.
Cuando llegaron al camino, el hermano del forastero abrió el maletero del coche. El sol arrancó destellos a los cañones paralelos de una escopeta de caza desenfundada. Dejando el portón abierto, sacó del interior un cartel de chapa que olía a pintura fresca y lo colgó con decisión en uno de los cuartos del olivo más cercano al camino.
El forastero lo miraba en silencio, dejándolo hacer.
Se había levantado viento de poniente con la caída de la tarde, y el cartel, ya colgado, se balanceaba con brusquedad cuando el otro cerró las puertas del coche y se montó con la intención de marcharse.
—Espera —dijo el forastero, que parecía ahora volver a la realidad de la que se había evadido antes—. ¿Recuerdas cuando me caí de este olivo?
El hermano se bajó del coche otra vez, con los ojos inyectados en sangre.
—Me cago en Dios. ¿Qué pretendes?
—Me caí… y tú lloraste más que yo.
Crispados los puños, el rostro desencajado, la respiración descompasada, tuvo que contenerse para no darle un puñetazo.
—Me caí… y tú lloraste más que yo —volvió a repetir. Sus ojos, generalmente fríos como témpanos de hielo, comenzaron a verter lágrimas—. Ahora sin embargo, tienes cara de querer pegarme un tiro.
El hermano apretaba los dientes, mientras su tensión menguaba al verlo quebrarse en llanto.
—Una cara no es una intención—dijo.
El sol ya había desaparecido entre las copas de los olivos que los rodeaban, y los colores rosáceos del atardecer habían dado paso a un rojo intenso de sangre que, entre las nubes, otorgaba al cielo un aspecto dramático.
El forastero se limpió las lágrimas con un pañuelo de tela que había sacado de su bolsillo. El jugo de las aceitunas, estrujadas ligeramente durante la caminata, había impregnado la tela con un mosto oleoso, y el hombre aspiró el aroma profundamente antes de volver a hablar.
—Voy a regresar al pueblo. He apalabrado una casa esta mañana.
Los ojos del hermano permanecían clavados en él.
—Me gustaría quedarme con el olivar. Ahora no puedo pagarte tu mitad, pero ten por seguro que lo voy a sacar de este abandono y, con la primera cosecha, tendrás tu parte.
Ahora el otro reía, una risa desganada y cruel—. “Hasta el mayor de los diablos —pensó— necesita cierto alivio en su alma”.
—El regreso del hijo pródigo —dijo entonces.
—El regreso del hijo cobarde —matizó el otro, guardándose el pañuelo.
El hermano sacó un paquete de cigarrillos y encendió uno sin ofrecerle tabaco al otro. Cuando exhaló una larga calada, le dijo:
—Hace falta notable arrojo para reconocer cierta cobardía.
El forastero comenzó entonces a descolgar el cartel de chapa, valorando en silencio el inesperado cumplido.
—Nunca me ganaste llenando el canasto de aceitunas —añadió el otro, mientras este terminaba de deshacer los nudos.
—Siempre fui un resignado perdedor.
El hermano tiró la colilla al camino, asegurándose de que estuviera bien apagada. Después se montó en el coche con la última luz del día, arrancó y se marchó, dejando allí al forastero con la única compañía de sus olivos y sus demonios.



