174. De sol a sol

Jonás Tejera Torres

 

Jeremías, un adolescente vivaz de trece años, con las gafas empañadas por el vapor de la leche caliente, estaba desayunando en una humilde cocina a las 7:00 de la mañana. Solamente un vaso de leche con una magdalena, nada más, puesto que su abuelo Jenaro, traería un buen almuerzo para media mañana.

—¿Te has guardao los guantes? —preguntó su madre.

—Si mama —respondió Jeremías cansinamente.

Siempre que iba a los olivos con su abuelo, la madre de Jeremías le preparaba la ropa del campo y se cercioraba de que no le faltase nada, zapatillas viejas, camiseta desgastada y pantalones que ya quedaban pesqueros, pero todavía podían utilizarse.

Jeremías, escuchó como se acercaba el tractor de su abuelo a su calle.

—Creo que Jenaro ya esta aquí —dijo Jeremías  mirando hacia la ventana.

Ale, pues sal antes de que pite —le instó su madre.

Jeremías le dio un beso a su madre y salió a la calle. Allí estaba su abuelo Jenaro, montado en el tractor, un hombre alto y fuerte, con poco pelo y un tono de piel curtido por el trabajo de sol a sol. Llevaba la radio a todo volumen porque se estaba quedando sordo.

—¡Sube, hermoso! —le dijo a su nieto. 

Jeremías se subió en un lateral en el interior de la cabina del tractor, cerca de su abuelo, sentándose en un pequeño cojín que le había hecho su abuela Francisca. No cabía muy bien, pero se sujetaba a la ventanilla y disfrutaba en ese pequeño hueco del camino hacia la tierra de su abuelo. 

El joven percibía el olor a tabaco en Jenaro y vio que llevaba un paquete de Fortuna en el bolsillo de la camisa, aunque este no iba fumando, sino jugueteando con un palillo mondadientes un tanto desgastado, que metía y sacaba de su boca.

El tractor salió del pequeño pueblo en el que ambos vivían y se adentró en el Camino Real. 

—¿Sabes por que se llama Camino Real? —le preguntó Jenaro a Jeremías.

—No —Jeremías mintió inocentemente, porque su abuelo le había explicado esa historia un millón de veces, pero a él le gustaba que se la volviese a contar, porque sabía que a Jenaro le emocionaba contarle esas breves leyendas.

—Por aquí venían los reyes y el Cid Campeador, con sus caballos al trote y sus soldados —comentó Jenaro.

—¡Vaya! ¿Y donde paraban a descansar? —preguntó Jeremías risueñamente.

—A la sombra de los olivos —dijo con orgullo Jenaro.

El paisaje era llano, con viñas y olivos por todas partes, aunque también había alguna tierra cultivada con cereales. Varias perdices emprendieron el vuelo al escuchar el ruido del tractor y un par de conejos se apartaron del camino.

El tractor subió una pequeña cuesta y se adentró por una linde que separaba varios olivares.

—¡Vamos! —saludó Jenaro a un hombre que estaba podando unos olivos.

—¿Quién es ese, abuelo? —preguntó Jeremías.

Tragagorrinos —contestó Jenaro. 

El chico soltó una carcajada ante la contestación.

—¡Vaya mote! —dijo Jeremías sonriendo.

—Es que es de buen comer —le respondió Jenaro devolviéndole la sonrisa.

Jenaro paró el tractor una vez que llegaron a su olivar. Se bajó de la cabina, y Jeremías, de un salto,  bajó por la parte trasera.

—Coge las hachas y vamos a por ello, ¡como leones! —dijo Jenaro con ilusión a su nieto.

Jeremías cogió una par de pequeñas hachas, le dio una a su abuelo y se quedó con la otra.

—Ponte los guantes pa que no te salgan ampollas —le dijo el abuelo al nieto, mientras se ponía los guantes. Jeremías hizo lo mismo.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó Jeremías a su abuelo, mirando hacia todos lados.

—Tu ponte en ese hilo y yo en este —dijo Jenaro señalando el principio del olivar—. A ver quien acaba antes —dijo el abuelo guiñando un ojo a su nieto, e inmediatamente se agachó a cortar con el hacha las ramas bajas que crecían en el tronco del olivo—. ¡No te dejes ni un chupón! —dijo Jenaro mientras cortaba las ramas con el hacha.

Jeremías se agachó y comenzó a cortar rápidamente los chupones. Golpeaba con el hacha y cuando había cortado todos los brotes que había alrededor del tronco del olivo, los llevaba al espacio de tierra que había entre hilo e hilo. Su afán era tratar de ir unos cuantos olivos por delante de su abuelo.

—¡Me cago en la madre que me parió! ¡Que no te cojo! —dijo Jenaro bromeando.

Así siguieron durante más de una hora y media. Jenaro iba cantando coplas mientras Jeremías iba silbando entrecortadamente, comenzando a sentir el cansancio de trabajar a destajo.

—¿Un cigarrillo? —le preguntó Jenaro a Jeremías.

—Venga —respondió Jeremías entre jadeos, mientras se secaba el sudor de la frente.

El abuelo y el nieto se sentaron en un pequeño cerro. Jenaro sacó un paquete de Fortuna y le dio un cigarro a su nieto.

—¡Pero no se lo digas a mi madre! —le dijo el chico a su abuelo.

—¡Qué voy a decir yo! Si le digo algo, también me riñe a mi —dijo Jenaro entre risas.

—Mira, ¿ves la laguna? —Jenaro señalaba una pequeña laguna que estaba casi seca en la que había una decena de flamencos bebiendo.

—Allí nos bañábamos mi hermano y yo cuando íbamos de quintería a vender melones. El agua que tenía entonces… —Jenaro agachó la cabeza, dio una calada al cigarro y se quedó mirando al horizonte.

Jeremías sabía que su abuelo estaba entristecido, ya que su hermano murió cuando tenía tan solo dieciséis años, por lo que Jenaro se vio obligado a hacerse cargo de toda su familia desde muy joven.

—Seguro que cazabais algún pájaro para almorzar —dijo Jeremías para distraer a su abuelo.

—¿Que si cazábamos? Nos comíamos lo que fuese… Hasta los gatos nos comíamos —respondió Jenaro. 

—¿Gatos? —contestó Jeremías con gesto de asco.

—Cuando pasas hambre te comes lo que sea, hermoso —apuntó Jenaro mientras se levantaba.

—¡Ale! Vamos a tirar otro poco y ya almorzamos —dijo Jenaro mientras cogía su hacha de nuevo.

Jeremías apagó el cigarro y se levantó tras su abuelo. Cogieron las hachas y siguieron con la labor agrícola. Conforme pasaba el tiempo, y a pesar de que los olivos les cobijaban en su sombra, el calor empezó a caer sobre sus cabezas. Hacia las 11:30 Jeremías estaba extenuado. 

—Abuelo, estoy reventao… Vamos a almorzar y mañana acabamos —dijo el joven fatigado.

—Si nos quedan veinte olivos —respondió su abuelo sin parar de golpear con el hacha. Miró de reojo a Jeremías y vio que estaba quitándose los guantes, mientras miraba sus manos enrojecidas.

—Venga, que si no tenemos que venir mañana otra vez —Jenaro se incorporó tocándose las lumbares—. Además, tengo ahí un magro con tomate que nos ha hecho la abuela pa ponernos las botas. Si acabamos, nos va a estar más rico, así que dale con ganas y no lo pienses más —dijo Jenaro volviendo a trabajar.

Jeremías se sorprendía de la energía que tenía su abuelo, parecía que no se cansaba nunca, no tenía fin. Sin pensárselo dos veces, Jeremías cogió el hacha, y sin saber muy bien de donde salían sus fuerzas, volvió a cortar chupones, un olivo tras otro, hasta que cuando se quiso dar cuenta habían terminado todo el olivar.

—¿A que no era pa tanto? —preguntó Jenaro con el hacha en el hombro. Jeremías movió la cabeza  afirmando, sin poder articular palabra  y sonrió a su abuelo.

Jenaro se acercó al tractor y cogió una cenacha de paja. Se sentó junto a su nieto que estaba mirándose una ampolla en la mano y sacó una pequeña cazuela a rebosar de magro de cerdo con tomate, un par de naranjas, media barra de pan y una antigua aceitera de metal.

Jeremías miró las manos de su abuelo, grandes, con dedos gruesos, sin una sola ampolla. Se planteaba si estaba hecho de otra materia distinta a la suya, pero pensó que jamás podría ser cómo él, porque nunca pasaría las flaquezas de la posguerra y la pobreza que tuvo que vivir Jenaro, algo que por un lado le alegraba, pero por otro lado le causaba incertidumbre, por no poder llegar a ser tan magnífico como le parecía su abuelo.

—Come to lo que quieras y más —le dijo Jenaro mientras sacaba una navaja y partía unos trozos de pan. 

Jeremías cogió la aceitera, un utensilio al que tenía gran aprecio, pues contenía el extracto del trabajo de su abuelo y de él mismo, un líquido dorado que le nutría con el aroma de su propia tierra. Echó un rocío de aceite sobre el pan y mordió. El picor en el paladar y su inconfundible sabor, hizo que cerrase los ojos durante un instante, deleitándose con lo que para él era uno de los mejores manjares que podía llevarse una persona a la boca. Después comió el magro con tomate que había cocinado su abuela. Un magro que brillaba rojizo bajo el sol, reflejando el aceite mezclado con el tomate. Solo su abuela Francisca sabía hacerlo así de delicioso.

—Este olivar lo puso mi abuelo —dijo Jenaro con la voz entrecortada.

—Lo sé, abuelo —respondió Jeremías mirando a su abuelo.

—Los otros nietos no van a querer saber na de él —Jenaro observaba esos árboles centenarios que tanto significaban para él.

Jeremías miró el olivar y luego el rostro de su abuelo, que denotaba melancolía y añoranza por el pasado, pero también preocupación por el futuro.

—Yo te ayudaré siempre —dijo el nieto al abuelo con decisión.

Jenaro miró a su nieto y esbozó una leve sonrisa, volviendo de nuevo la mirada hacia los olivos.

Epílogo

Quince años estuvo Jeremías ayudando a su abuelo Jenaro. Cuidaban los olivos y los recolectaban. Llevaban las aceitunas a la almazara y luego se repartían el aceite. Siempre juntos. Siempre con su aceite. Hasta que un triste día, Jenaro falleció. 

Toda la familia y gran parte del pueblo acudió al funeral, pues era un hombre muy querido por todos, siempre cantando sus coplas y soltando algún que otro chascarrillo. Todo la gente lloraba. Le enterraron un día de lluvia. Jeremías recordó aquellos días en los que su abuelo le decía: “¡Llueven pesetas!”.

El día siguiente al entierro, Jeremías cogió su coche y fue al olivar de su abuelo. Lo miró entristecido. Sacó un hacha del maletero y se acercó al olivo más antiguo de todos, el que Jenaro le contó que había sido el primero en dar aceitunas. Jeremías se arrodillo y clavó el hacha en la tierra arcillosa, apoyó su frente en el olivo y las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. Quería dejar de llorar, pero no podía. Cuando logró tranquilizarse y tomar aire, miró el olivar y la laguna que se veía a lo lejos, con unos cuantos flamencos bebiendo y comiendo para continuar su migración hacia un nuevo lugar.

—Yo los cuidaré, abuelo —dijo Jeremías mirando al cielo.

Se sentó apoyando su espalda en un olivo y pasó toda la tarde allí, hasta que el sol se puso. Entonces Jeremías, se dio cuenta, de que tal vez, estaba más cerca de llegar a ser tan grande como su abuelo.

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