170. Querida Milagros
Querida Milagros:
Te escribo desde tu silencio más profundo. Ese que tuviste a bien darme aquella mañana fría que las nubes le arrebataron al sol. La mañana de la helada, de la hierba blanca y brillante. Esa mañana en la que te quedaste en el dintel de tu puerta, quieta, como una torre. A pesar de todo te hablé, te abracé. Pero tú me miraste y soltaste una única lágrima, una lágrima que fue un resquicio, pero no dijiste palabra alguna.
Y luego me fui. Sin querer irme, te lo juro, sin querer irme.
Aún hoy sigo atrapado en ese silencio lanzado, arrojado sobre mi vida ahora más rodeada de nubes, más azul. El mar se despliega como un lienzo infinito en la noche. Si pudieras verlo, Milagros, si pudieras sentir cómo se extiende unánime hasta el fin de todas las cosas. No hay más. Es el mar; azul durante el día, reflejando el sol en millones de diamantes blancos que vuelan sobre el encaje de cada ola y negro como ninguna otra cosa en la noche, subiendo y uniéndose al cielo en el horizonte difuso. Y en el centro de esa inmensidad, debajo de las nubes colosales como montañas estamos nosotros, un tembloroso punto lleno de soberbia y miedo. Soberbia de que algún día encontraremos el final del horizonte y miedo, miedo a todo lo demás.
Sebastián el curtidor, el que vivía en la calle larga, murió ayer. Hacía fuerte viento de levante. Trepó para izar la gavia. Era el más ágil de todos nosotros. Los músculos de los brazos se le apretaban al subir y ¡cómo subía! Nos fascinaba el brío con el que se encaramaba por las cuerdas como si fuera cuesta abajo, con la misma facilidad que corría sobre la cubierta. El viento cambió. La verga de gavia volteó al lado contrario golpeándole por detrás de la cabeza. Cayó girando con los brazos extendidos, como una rueda. El agua lo frenó de inmediato y una nube oscura tintó el agua alrededor de su cabeza.
¿Recuerdas cuando vimos el mar por primera vez? Tu padre no me dejo llevarte si no venía tu prima y nos pasamos el día intentando esquivarla entre las dunas. Tú eras como el mar ese día; espléndido y fresco, sonreías como nunca te había visto y el viento te revolvía el pelo. Luego te vi de lejos meter los pies en la orilla, recogiendo la falda y saltando sorprendida sobre la espuma blanca. Recuerdo que cantaste, no reconocí la canción, pero tu voz me llegó mezclada con las olas, la espuma y la brisa. Y ya no pude escapar, porque te giraste y te reíste, y tu risa me llegó y era como si hasta ese momento no hubiese conocido la alegría y yo reí como un niño solo de verte y reconocerte. El sol reverberaba en lo alto, calentando sin prisas; las nubes blancas dormían como gatos de nieve sobre el horizonte y bajo todas las cosas estabas tú, que me miraste un segundo y me atrapaste para siempre.
El hijo de Becerra murió. Veía cosas, decía. Sombras bajo el agua que sobrepasaban el barco entero. Eso son sirenas, decía Antonio riendo, y le arreaba para que siguiese trabajando. Se convirtió en un suspiro, en una sombra nerviosa que habitaba la cubierta, siempre inquieto, siempre alerta. Una noche sin luna se subió al castillo de popa y saltó al agua sin decir palabra. No intentó nadar, no se le vio chapoteando, se hundió como un peñasco y el mar lo cubrió con sus ondas negras bajo el cielo estrellado. Casi no nos sorprendió.
Ahora nadie bromea con ese tema. El mar se nos ha metido en los huesos, nos salpica y nos atraviesa. Estamos en lucha constante sacudiéndonos su abrazo salado cada día y el mar embistiéndonos de nuevo. Esperamos llegar algún día. Pero desde que dejamos tierra firme hemos ido olvidando. Las calles se me pierden, se vuelven tenues en la memoria. Recuerdo el camino a tu casa, las paredes blancas, siempre como recién encaladas y los geranios en tu balcón, en unas explosiones apretadas de color marcando donde susurrar por las noches. Tus pasos bajo el olivar de tu padre, el delicado crujir de las hojas bajo tus pies y tu voz murmurando en una sonrisa. La ermita bajo el sol y tu pelo enredado en la hierba, difuminando el límite entre ti y la primavera. Eso lo veo, pero nada más. El pueblo se me desvanece más allá de ti. No puedo escuchar ya las campanas de la torre, ni recuerdo el olor de las torrijas de las monjas, ni de los naranjos de la plaza. Ahora son imágenes vaporosas, como recuerdos esquivos de otra persona, como si todo aquello; las calles, los geranios, la ermita, fueran desgastados también por el envite del mar, erosionados de alguna manera por su fuerza inmarcesible.
Y es entonces cuando bajo.
La bodega es siempre fresca y oscura, el mar está lejos, solo se oye, solo se huele, pero eso aquí es lejos, la luz se filtra en hilos entre los tablones y las voces apenas la alcanzan. Arriba el sol cae vertical sobre las cabezas, aplastando a todas horas con su brillo áureo incansable, pero no aquí, la bodega es otro mundo. El agua nos embiste y tambalea, la sal nos cubre la piel y nos abre los labios en sangre. A veces un miserable de la superficie baja a la tripa del barco, un humano derrotado bajando las escaleras del cadalso. Se recluye en el permanente crepúsculo que allí se esconde y al poco resurge como un caballo abrevado, como una flor recién abierta, como un niño liberado después de misa de doce.
Otro hombre murió poco después, pero no lo conoces, no era del pueblo. Se lo llevaron las fiebres después de tres días de dolores.
Era joven.
Tenía nuestra edad.
Yo también bajo, cada vez con más frecuencia y cada vez dilato más el tiempo. Bajo las escaleras de puntillas, oyendo crujir la madera, descubriendo olores como por primera vez, dejando que mis ojos se acostumbren y las formas se dibujen poco a poco. Pequeñas cuerdas de luz atraviesan los tablones de la cubierta y contrastan con la madera oscura y redonda. En fila los barriles ocupan todo el espacio, cubiertos de polvo. Extiendo la punta de los dedos y ahí está, con el color de tu piel sobre la hierba, el aceite de nuestra tierra. Nuestra casa envuelta en polvo y sombra, encerrada en barricas, nuestras tierras licuadas para llevarla a una tierra sin nombre. Cien mil litros de olivos arrugados, de mastines durmiendo bajo parras, de tardes en poyetes encalados, cien mil panes enfriándose en cien mil ventanas. Nuestra casa en un líquido dorado y tambaleante, nuestra casa en una única gota redonda.
Es al mirar al mundo desde la bodega que se acorta el mar y el horizonte se alcanza con la mano extendida. Se expanden los resquicios de la memoria y vuelve la plaza con sus árboles, con la iglesia alta y de piedra buena, con las campanas girando colgadas del cielo azul, repican y los niños corren y gritan por la plaza como bandadas de pájaros en la primavera nueva. Las muchachas se abanican sentadas junto a sus madres, se cubren las sonrisas, los hombres vigilan bajo el ala de sus sombreros. El sol es gentil y hace encajes con las hojas de los árboles.
También veo a mi padre, Milagros, veo a mi padre como si lo tuviera delante, la mano extendida sosteniendo una rama del olivar, cargada, henchida, orgullosa, mi padre la levanta y las aceitunas se balancean por igual, me habla con su voz ronca y sin prisa, me habla del viento, de la tierra, del mismísimo verde. Sus manos robustas y rugosas se apoyan en el tronco del olivo y encuentran su par, se reconocen sus texturas y sus años. Mi padre me habla del amor a la tierra, al trabajo, al cielo gris del comienzo del día y del violeta del final, del esfuerzo cotidiano y premio silencioso. Y no lo dice, no lo mienta ni un segundo, pero también me habla, ahora lo veo, Milagros, con el dolor de la distancia y de las oportunidades que huyen, me habla a mí, a su hijo, con unas instrucciones que legan una historia heredada, me habla de algo impronunciable que todo lo abarca y en esta distancia también me envuelve y me protege siempre.
No somos sino un barco de niños arrancados de sus casas y, cuando la lluvia gira en espirales agitándonos y la nave parece danzar con el furor del mar, cuando el agua se derrama desde el cielo agrietado por truenos, congelando el aliento, pegando la ropa fría a la piel. Hasta el capitán, desaparece en la bodega, a comulgar con la tierra que dejamos atrás, con los prados largos y bien arados y las casas de piedra, con el convento y las cigüeñas, con las madres que dejamos con las manos apretadas frente a nuestra Virgen del Carmen. Que lloran y que no sabemos si siguen llorando, pero siguen llorando.
Y yo te veo a ti, Milagros, te siento en esta mismísima agua de la cual no nos despegamos, tus pies bailando en la espuma mientras cantas y sonríes, te veo bailando cada día, veo tu sonrisa inocente, tus ojos claros, siento tus manos cubriendo las mías. Porque pensar en ti es una promesa, un empuje en los días difíciles amontonándose uno tras otro. Eres el inmenso que da sentido al horizonte, saber que más allá de las olas blancas, negras, espuma, estrellas, más allá de las noches sin viento y de los días calcinantes, hay un balcón en el que los geranios siempre florecen.
Que en este mismo agua que me agrietea las manos has bailado con tus pies desnudos, bajo un sol amable, salpicando espuma con gracia y que yo esté allí y que te oiga reír como si fuera el sueño más bonito del mundo.
Voy a volver, te lo prometo, volveré. Y con lo que traiga del viaje comparemos tierras para ver crecer tus flores. Y bestias para ayudarnos a cuidar aceitunas que caigan en cascada. Y una casa grande para que pronto se llene de pies diminutos que corran descalzos a nuestra vera. Y te prometo que no volverás a derramar una sola lágrima que no sea de alegría. Ni una sola.
Porque tú eres mi razón.
Tú eres mi destino.
Tú eres mi regreso.
Te quiere.
Hernando.



