166. Los cuartos de colores

Joaquín Ortiz Ortiz

 

A Prudencio Amador lo obligaron a ver tantas veces las mismas películas del Oeste en la Casa de la Misericordia, que acabó confundiendo el repiqueteo de las castañuelas con el galope de los caballos. Aunque  le embotaron los sentidos con asaltos a las diligencias y con atracos al banco, el tacto áspero de las hojas de los olivos le seguía dando ganas de rebuscar recuerdos en los cuartos de colores.  Por eso, en las tardes de abril, cuando lo llevaban a  los olivos de la rotonda, Prudencio se refregaba por las bajeras y decía  lo mismo que todos los años:

-¡Qué trabajo cuesta olvidarse de lo que no te quieres acordar!

Por entonces hacía años que a Prudencio Amador   se le había ido la cabeza    como se va el agua de los cántaros de barro: sin hacer charcos, pero rezumándose poco a poco por todos los poros.  La primera señal de que algo se le estaba escurriendo por fisuras invisibles le apareció en una madrugada fría de aceitunas. Esa mañana, Prudencio se presentó en el olivar en pijama, con las alpargatas de paño y con la mirada ancha del que se ha tropezado con un mundo diferente al de todos los días.

-No sé qué me pasa, dijo en la candela, pero parece como si el campo estuviera jugando al escondite conmigo.

Prudencio le contó al médico que se había guardado   los recuerdos en   cuartitos de colores. Le dijo que, para aliviar el tedio de los días iguales del campo, se pasaba las mañanas yendo  desde el cuarto  marrón de las canciones de su padre   al de los  olores a  escabeche de su madre; y   que en las noches de vigilia, rebuscaba en  el desván de los besos del baile  y en  el cobertizo  de las caricias del cine para regurgitar sus emociones de hombre. Pero también le dijo   que, cuando  se le echaba la niebla dentro de la cabeza,  no solo  confundía el cuarto de las tablas de multiplicar con el de los rezos de niño, sino que   se daba de bruces contra los cuartos prohibidos.

La tarde de aceitunas de verdeo  en la que Prudencio  empezó a llenar el  depósito de la azotea  con polvo de asperón para ducharse en seco, le diagnosticaron  una mezcla de hidrofobia con añoranzas  y lo internaron en la Casa de la Misericordia de Alcuéscar. Lo enviaron allí  porque  la única familia que le quedaba eran los recuerdos,  y  porque, en los  días que olía a alpechín y a molienda de aceitunas, se le rizaba  la razón y se le despertaba la necesidad incontrolable de  hacer gárgaras con  tierra seca.

Prudencio Amador  llegó  a la Casa de la Misericordia como las lechuzas embalsamadas, tieso  y con los ojos asustados.  En el informe médico  se   explicaba  que  se pasó la vida  huyendo de sí mismo para no ahogarse. Decía que,  desde que el embalse de Gabriel y Galán   inundó todo su mundo,  el frío le espesaba tanto el pasado  que los recuerdos antiguos lo arrastraban   hasta el fondo de sus añoranzas.

Durante los  inviernos en Alcuéscar,  a Prudencio  Amador lo amarraban a la cama porque se  pasaba   las noches dando  suspiros largos como frenazos de tren  y gritando que solo había una cosa peor que ahogarse: hacerlo a oscuras. Aunque a Prudencio lo atiborraban de  películas del Oeste para secarle el pasado, no  empezaba a distinguir el aire del agua hasta que, a finales de primavera, lo llevaban a los olivos de la rotonda y  le construían   un arenero para  que se empapara  los miedos. Con los olivos en flor, los voluntarios de la Casa de la Misericordia le   colocaban una piscina vieja  de plástico  en medio de  la resolana,  se la llenaban de tierra de labor y le daban     friegas de terrones redondos  y revolcones de mula para que no se  le filtraran las visiones húmedas.

Y así, en un ritual blando y sin normas, le ponían en la  tele películas del Oeste y documentales de secarrales  hasta la hora en la que el sol hinchaba a las chicharras. Cuando parecía que se podía amasar el calor como se hace con la nieve,  Prudencio   se metía en  la piscina de plástico para rebozarse   en la tierra caliente.  Allí chupaba chinotes, se ponía emplastes de gravilla y, con los pies descalzos  levantaba una  polvareda de la que, poco a poco,  surgía  el cuarto de las tardes de  taberna.

-¡Coooño, Prudencio, cuánto tiempo! ¿Dónde has andao? Te estábamos esperando   pa que te cantes algo.

Y al medio día y como parte del tratamiento,  cuando los cocineros  le llevaban  las zurrapas del aceite de freír el  pescao,  Prudencio  se quitaba la camisa, se engrasaba el pecho y  se revolcaba por la tierra hasta que, garrapiñado como una almendra,  se encontraba  con el cuarto de los sabores  y de los olores antiguos.

-Madre, hágame de cena rebanás fritas, que  el regusto del aceite me mete cosas bonitas en los sueños.

Y al anochecer  y sin saber que lo que  dibujaba eran letras,  garabateaba  en la arena nombres de mujer, los borraba con los pies y los volvía a pintar  hasta que  en un rincón del patio brotaba el cuarto azulón  de las caricias profundas. Aunque la mujer joven que estaba cosiendo en la puerta tenía los gestos en penumbra y la cara nublada,  hablaba con  una voz  que le cambiaba  el sabor  de  los madrugones  por el de las tardecitas de  paseo cuando le decía:

-Ven, Prudencio,  pasa  y quítate esa blusa, que el tergal  es muy tupido y  no deja que te  salga todo lo que llevas dentro.

A pesar de que  las películas y el arenero lo anestesiaban   hasta que   la memoria se le hacía  indolora, todos sabían que  Prudencio tenía un  sarampión de semillas  escondidas en  las esquinas húmedas de los recuerdos. Por eso,  en las mañanas que el aire traía  los primeros olores de la molienda de aceitunas,  los voluntarios  de la Casa se preparaban para  que el tufo de los alpechines y la peste a almazara   le borraran  las canciones de su padre,  le disiparan los nombres  de los amigos, le silenciaran   la voz  de la costurera, y para que, mirara a donde mirara y oliera lo que oliera,  solo  se encontrara con los  cuartos prohibidos.

Amarrado a la cama, Prudencio los reconocía  porque no tenían color y porque tenían las tablas de las puertas tan podridas que se veía el interior sin necesidad de abrirlas. Desde que llegó a Alcuéscar, Prudencio nunca  fue capaz de entrar; miraba por las rendijas porque desde allí se  veía  todo lo que no quería ver: los restos de su pueblo cuando se quedó parado en el tiempo. Allí, al final de la calle Mayor de Granadilla estaba la casa de sus padres, sola, abandonada a su suerte, llena de jaramagos, de palomos y de conversaciones antiguas rebotando contra las paredes. Allí, en las esquinas de la plaza estaban las cáscaras de los besos que no pudo darle a la  costurera porque se fue para que  el agua no le oxidara los dedales y los alfileres. Allí, en la orilla del embalse estaba el cementerio, con sus cruces de piedra asomadas como periscopios y  con los peces queriendo  leer en las lápidas. Y más abajo, en el fondo del pantano, estaban los olivos ahogados, tan negros de limo negro y tan mustios que, cuando Prudencio veía a su padre pescando aceitunas desde un remolque tirado por caballitos de corcho, lo vencía el vértigo del que se cae por las cataratas de las venas.

-¡Padre! —le gritaba desde la orilla—, tenga cuidao, que usted solo sabe nadar en los años bisiestos.

Aunque los voluntarios de la Casa le metían tapones de cera en la nariz para que no le llegara la peste de las almazaras, a Prudencio se le llenaba la cabeza de remolinos con los olores del invierno y con las nostalgias de un mundo amputado. El suelo se le volvía tan líquido que, para secarse los miedos, se comía la tierra de las macetas, la cal de las paredes y la arena de los gatos, hasta que lo amarraban a la cama para que el peso de la añoranza no lo arrastrara al fondo del pasado.

Prudencio se pasaba los inviernos atado a la cama, viendo en el techo las puertas de los cuartos prohibidos y llamando a sus padres: «Padre, decía, da más hambre el miedo al hambre que la falta de pan; madre, póngale usted una talega a las penas para que no canten por las noches». Y así estaba hasta que, en una tarde cualquiera de abril y con un ritual sin normas, lo desataban de la cama, le ponían unas manoplas para que no se comiera la tierra y lo bajaban al patio para hacerle un lavado de estómago y otro de cabeza.

Cuando Prudencio llegaba al patio a finales de abril, solo tenía ojos para la mujer que estaba  cosiendo en el borde del arenero. Aunque  le  buscaba el pasado en los gestos de las puntadas, el amor en las cicatrices de los besos del cine, y la pasión en   los tatuajes de las caricias; no sabía quién era hasta que ella misma le  decía:

-¡La vida es una historia bonita, Prudencio, lo que pasa es que no se entiende hasta el final!

Prudencio intuía   que aquella   era la voz que le susurraba en el cine, la que se llevaron las aguas, la voz del cuarto azulón. Lo adivinaba, pero  no solo porque le hiciera llorar lagrimones de piedra pómez, sino  porque, cuando la escuchaba, le salía un hueco en el centro de la memoria para que ella se lo rellenara con piezas prestadas.

Y eso pasaba. En el arenero, hablándose solo con gestos de matrimonios gastados, los dos se quedaban días y días en silencio, hasta que ella le preguntaba que si todavía le salían lombrices con los calcetines de hilo,  y que  si los pantalones de loneta le seguían dando ardores; pero   él  solo se encogía de hombros porque esa parte de la memoria estaba en los cuartos de colores. Sin embargo, cuando le preguntaba que si los olores de las almazaras le seguían aguando la sangre y que si el tacto de las hojas de  olivo le seguía dando ganas de ser hombre, ponía los ojos de lechuza con los que llegó a la Casa y  decía:

-No me queda otro remedio, tengo que subirme a los olivos para no ahogarme porque no sé nadar.

Era en esos momentos cuando ella asumía el mando de todos los desvaríos; era entonces cuando, con la liturgia suave de todos los años le quitaba las manoplas, le vendaba los ojos y con una voz de felpa caliente lo llevaba hasta la única tabla  a la que Prudencio sabía agarrarse para subir:  los olivos de la rotonda.

Y así, con un desdén calculado,   aquella voluntaria disfrazada de costurera, era capaz de hacer que Prudencio volviera a Granadilla, que  escuchara cómo las campanas caídas anunciaban la salida de la procesión, que viera cómo la  plaza arrumbada se llenaba  de farolillos para la verbena y que  comprara dos entradas para  la sesión de esta noche en el cine desmantelado. Prudencio se creía aquel álbum hablado de fotos antiguas, aceptaba como suyas vivencias inyectadas, las ordenaba por colores para visitarlas en  verano y buscaba, con los brazos abiertos y con los ojos vendados, el pegamento de las hojas  de los olivos para  fijarlas a la memoria.

En cuanto a Prudencio le  daban las hojas en la cara, sentía  encontrase con todo lo que se llevó el pantano. En ese momento se le secaban los inviernos, se le retiraban las aguas;  y  allí, abrazado a aquellos olivos urbanos de  rotonda,  le emergían el olivar ahogado de su padre, le volvía el olor a escabeche de su madre, y le aparecían por el rabillo de la memoria los cuartos de colores.

Y de esta forma, aquella niña capaz  de sentir el peso  de  la pena en otras espaldas,  le inyectaba al pobre Prudencio recuerdos y vivencias prestadas hasta  que le volvían a brotar las  ganas de asaltar diligencias, de atracar bancos,  de volver a ser hombre, de revolcarse en el arenero,  y de llamar a la costurera por su nombre de pila:

-Lucía, hay recuerdos tan grandes que  cuando no caben  en  los cuartos de la cabeza, se meten en el corazón.

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