164. La diosa del olivar
Contemplo el cuadro con los ojos llenos de una melancolía que no termina de convertirse en lágrimas ni de diluirse en mis entrañas. He venido hasta Roma para admirar la pintura de Lavinia Fontana, para disfrutar del rostro de Minerva, la diosa que regaló a los mortales el olivo, sin el cual la humanidad no sería la misma. Seguramente habitaríamos un mundo más áspero y descolorido, un mundo insulso donde los grandes chefs nunca llegarían a estimular por completo nuestros paladares y la poesía tendría menos inspiración y altivez. Incluso la salud de las personas sería peor sin este precioso regalo.
Fuera de este pequeño, pero seguro refugio que me concede la literatura, no me atrevería a hablar de que conocí a una diosa ni del amor que siento por ella, capaz de alterarme el pulso frente a un cuadro. En el mundo real mi historia sonaría a delirio y me convertiría en objeto de burlas en mi entorno más cercano. Y, sin embargo, es la primera vez que me ocurre algo verdaderamente extraordinario. No soy más que un hombre discreto, de vida sencilla y aspiraciones modestas. Solo me queda intentar contar mi historia con la esperanza de que alguien sepa escucharme.
La conocí mientras paseaba por un olivar cercano a mi pueblo. Bañado por el aroma de las flores y con el zumbido de algún abejorro, caminaba con agradable parsimonia disfrutando de la vida que rebosaba a mi alrededor. Ella estaba sentada a la sombra de un ejemplar milenario de ramas fuertes y retorcidas, uno de sus favoritos, al que, según me dijo después, había dotado con el privilegio de la longevidad. El árbol majestuoso atraía las miradas del caminante que podía observar su tronco rugoso y escuchar el murmullo de sus hojas movidas por el viento. Ella desprendía serenidad y desplegaba su atractivo bajo la tibia luz de una tarde de primavera. Interpreté su leve pero intensa sonrisa y su mirada alegre como una invitación a conversar, así que, venciendo mi timidez, me acerqué a ella invadido por la curiosidad y atraído por la inquietante belleza de aquella mujer.
Desde la primera conversación me di cuenta de que sus palabras colmadas de sabiduría me alimentaban y sembraban en mi corazón un amor absoluto, una terrible atracción que remataba la perfección de su rostro. No recuerdo bien cómo supe que era una diosa; la mayoría de las mujeres ocultan una en su interior, por eso, cuando encuentras a una que no esconde su divinidad como Minerva, tardas un tiempo en darte cuenta. “Antaño los olivareros de la Bética me rendían culto”, me confesó con un poso de nostalgia que embellecía aún más sus facciones. «Desde sus campos partía el aceite que iluminaba y alimentaba a Roma. Poco a poco, se fueron olvidando de mí.» Lo decía sin rencor, solo una capa de tristeza parecía cubrir sus palabras.
Nunca llegue a rozar su piel, en ocasiones se acercaba mucho haciendo que mi respiración se contuviera o me susurraba al oído dejando en mi nuca una sensación electrizante y placentera. La voluptuosa inteligencia de sus palabras y la erótica suavidad de sus miradas colmaban mis expectativas de aquel amor inalcanzable e infinito. No necesitaba yacer con ella, sino su presencia. Escucharla en silencio y comprender sus emociones bastaba para elevar mi espíritu y saciar mi deseo. Sé que puede parecer una relación extraña en pleno siglo XXI, no necesito que nadie la entienda, me basta con relatarla, que de algún modo es como volverla a vivir.
Me veo como un turista del sentimentalismo. A mi alrededor, el resto de visitantes contempla el arte a través de la pantalla de su teléfono; otros caminan con la audioguía, en la mano. Yo, vasallo de mi corazón, me aferro a la contemplación desnuda, siguiendo el compás de mis propios latidos. El eco de los pasos resuena en las salas de la galería Borghese, mezclado con un murmullo que apenas roza mis oídos. Un haz de luz entra por la ventana para caer sobre el lienzo, dándole a la escena un aire de revelación. Frente a mí, Minerva está desnuda. Parece mirarme mientras sostiene sus ropas con calma desafiante, consciente de que exhibe algo más que un cuerpo: muestra el poder de una mujer dueña de sí misma. Dicen que es el primer desnudo pintado por una mujer, un gesto de audacia que ella hizo posible, posando para Lavinia en una época en la que estaba mal visto que las mujeres pintaran cuerpos desnudos. «A lo largo de la historia los hombres han puesto todas las trabas posibles para que las mujeres no pudieran sacar la diosa que llevan dentro», me dijo en uno de nuestros últimos encuentros, añadiendo con una chispa de esperanza en su mirada: «parece que lentamente esto va cambiando.» En el cuadro también aparece un olivo tras la ventana. Minerva, en su competición con Poseidón, tuvo la brillante idea de plantar el primer olivo. La inteligencia femenina venció a Poseidón, que en lenguaje actual sería un machirulo egocéntrico que solo se le ocurrió crear una fuente de agua salada. Como si eso sirviera de algo.
En una de nuestras conversaciones me habló de cuánto la enfadaba cada vez que vendían uno de sus olivos milenarios, los arrancaban de raíz para llevarlos a la mansión de un millonario; era una de esas pocas ocasiones en las que la percibía vulnerable y me entraban ganas de abrazarla para darle consuelo.
Las contradicciones que encerraba Minerva, lejos de alejarme, encendían aún más mi amor por ella. ¿Cómo podía una diosa de la inteligencia encarnar también la guerra? Como pacifista declarado, me resultaba difícil entenderlo. Pero entonces me explicó: mientras Marte, el dios de la guerra, representaba la fuerza bruta y el caos, ella suponía la estrategia, la prudencia y la razón en el combate. Minerva fue quien ideó el famoso caballo de Troya. «Los mortales también sois contradictorios; capaces de los mayores gestos de bondad y hermandad como de crueldad absoluta.» Me quedé pensando en que, si bien ella era la diosa de la guerra, la hoja del olivo simboliza la paz. Todo en ella era deliciosamente contradictorio.
No sé muy bien qué fue lo que ella vio en mí, también ignoro si me amaba, pero de entre todos los mortales me eligió a mí para dialogar y conversar, y a mí con eso me basta. Ni siquiera sé si una diosa se enamora, ni si tiene claro en qué consiste el amor romántico.
La inmortalidad supone conocer muchas generaciones de seres humanos. El concepto tiempo debe ser diferente cuando la muerte no te va a venir a visitar. Para ella debí ser algo parecido a la huella de una gaviota en la playa que se borra al primer golpe de marea. Supongo que mi insignificancia cargada de cotidianidad y mi afán por aprender debieron gustarle. Nuestras conversaciones eran desiguales, ella podía hablar de historias que abarcan siglos de pueblos ya olvidados y yo ¿De qué podía hablar yo?
Poco después del solsticio de verano dejé de encontrarme con Minerva, no se despidió de mí, simplemente dejó de aparecer a la sombra del olivo, dejando un hueco desolador, el árbol parecía con menos vida, como si la tristeza hubiera ralentizando su savia. No tenía forma de comunicarme con ella. En el recuerdo flota su beso. Antes dije que no la toqué y no es del todo verdad: una tarde acarició el dorso de mi mano y besó mis labios de manera muy ligera, pero provocando una fuerte impresión en mi ser; cuando despegó su boca de la mía estuve un rato sin poder dejar de temblar. Es imposible olvidar a una diosa y menos si de alguna manera está presente en los campos, en la comida, en la cultura de un pueblo.
No soy el mismo desde que la conocí; no sé qué derroteros tomará mi vida sentimental y afectiva. He intentado seguir con mi rutina, pero siempre que paso cerca del olivar me asalta la esperanza de verla aparecer a la sombra del olivo preciosa, radiante, locuaz e inteligente. Es difícil explicar lo que significa el duelo por la ausencia de una diosa; se parece más a un síndrome de abstinencia que irrumpe en los momentos más cotidianos. Basta un detalle mínimo, una tostada con aceite de oliva, por ejemplo, para que su recuerdo regrese con una fuerza desarmante y se incruste en el cerebro como una obsesión. Al abrir una botella de aceite o comer unas aceitunas vuelve su sensación de cercanía, como si estuviera a mi lado hechizándome con su mirada. Por las noches aparece en mis sueños para decepcionarme cada mañana, son las crueldades de Morfeo
—Do you like the painting? —me dice en inglés una dulce voz femenina.
Me giro, sobresaltado, y me pierdo en unos enormes ojos oceánicos, en una sonrisa apacible. El silencio nos abraza levemente. Pienso que quizá sea buena idea descubrir qué diosa se esconde tras esa mujer. Me limito a preguntar si le gustan los olivos, ella amplía su sonrisa y asiente con la cabeza. Quizá sea el momento de apartarse de los amores platónicos o de explorar las fronteras de los diversos tipos de amor.



