162. Memoria del tiempo

Antonio Olmos Belmonte

 

Ah, los siglos… He sentido la caricia del sol de mil primaveras y el peso helado de inviernos que parecían no tener fin. Mis raíces han atravesado piedras y secretos olvidados, han escuchado susurros de amantes y gritos de soldados. He visto aldeas levantarse de la nada y luego desaparecer entre polvo y humo, y aún así mis ramas han seguido creciendo, sosteniendo el cielo y la memoria del tiempo.

Mis hojas han bailado con el viento que traía perfumes de mercados lejanos y rumores de coronas que caían en manos equivocadas. He sentido la lluvia como lágrimas de siglos, y el rocío como un guiño tímido de la mañana. He observado insectos, aves y hombres pequeños, cada uno creyéndose el centro de algo, y yo, testigo paciente, los he dejado pasar, con la calma de quien sabe que todo es pasajero.

He aprendido a esperar sin prisa, a mirar sin juzgar, a escuchar sin intervenir. He sentido la poesía de la vida y la tragedia de la muerte, y he entendido que nada de ello me pertenece. Y realmente, sin saber muy bien por qué, todo me resbala.

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