158. El primer olivo de California

Carolina Ramos Fernández

 

Hoy es un día especial: comienza la cosecha en la misión. Para celebrarlo, una Santa Misa al despuntar el alba, y un trozo de pan con aceite poco después. La liturgia de este año tiene un carácter diferente, recuerda a nuestro hermano fray Junípero Serra, de quien se cumplen siete años de su fallecimiento. A él le debemos la existencia de nuestro olivar. Un gesto con el que demostró que la fe no se somete a la ley humana, e hizo que las misiones de ambas californias fuéramos mucho más que bastiones fronterizos de un imperio en decadencia.

Para que su figura y su labor no se pierdan en el tiempo, he considerado oportuno dejar constancia de cuanto hizo en un manuscrito. Un texto que refleje el trabajo que desarrolló en esta tierra donde hemos conocido a tanta gente buena. Personas que espero nos recuerden con cariño, ya que, mucho me temo, las autoridades se ocuparán de que los cronistas lo expliquen en otros términos.

Emulando la labor que los santos apóstoles realizaron con el mensaje de Jesús, me he propuesto reconstruir parte del tiempo que pasamos en estas tierras. Espacios donde no solamente plantamos la palabra del Señor, sino que conseguimos que florecieran higueras, uvas, cereales e incluso olivos. Muchos, muchísimos olivos…

 

De San Blas a San Diego

Veinte días después de partir de la localidad mexicana de San Blas llegamos al puerto de Loreto. Era el primer día del mes de abril del año 1768, viernes Santo, y todos nos preguntamos si esta coincidencia no sería una señal que nos prevenía de la empresa que nos había sido encomendada: nada menos que continuar la labor evangelizadora que nuestros hermanos jesuitas. Un trabajo que habían realizado de manera encomiable durante décadas en Las Californias, y que habían abandonado de manera abrupta por razones que no entendíamos ni entrábamos a valorar. Al menos no públicamente, que era lo que nos recomendaba nuestro superior, el padre Serra, quien confesaba no estar convencido de que esa tarea no fuera otra estrategia de la corona española para desprestigiar a los religiosos que nos encontrábamos en el Nuevo Mundo.

Sea como fuere, ahí nos encontrábamos, orando sobre la cubierta de La Purísima Concepción, mientras el capitán fondeaba la nave en la Rada de Loreto. Una maniobra sigilosa que acompañaba el vaivén de las olas en una noche estrellada que iluminaba las plegarias de dieciséis religiosos. Hombres de fe que, por primera vez en su servicio, sentíamos miedo ante el devenir que los hombres de ley nos habían preparado.

Llegada la mañana, desembarcamos y alcanzamos tierra firme. En el puerto se encontraba una comitiva de bienvenida compuesta por el gobernador de la zona, don Gaspar de Portolá; y el padre Manuel Zuzaregui, máximo representante de los franciscanos de Jalisco. Junto a ellos, algunos soldados bien parapetados y gentes del lugar. Toda una muestra del poder de la corona en la zona que pronto se materializó en un amplio listado de indicaciones, órdenes y limitaciones. Instrucciones que debíamos seguir a pies juntillas si no queríamos seguir la misma suerte que nuestros antecesores.

Nada de lo que dijeron nos cogió por sorpresa, aunque no dejaba de asombrarnos tanto recelo hacia lo que pudiésemos hacer, pues conocíamos la extraordinaria labor que los jesuitas habían desarrollado desde su llegada a esta zona de Nueva España. Un trabajo que, meses después de llegar a La Alta California, cuando finalizamos nuestro desplazamiento a pie hasta San Diego, descubrimos que había sido completamente desmantelado.

 

La misión de San Diego de Alcalá

Cuando arribamos a la que debía ser nuestra nueva casa, la sorpresa fue inmensa. El lugar que se nos había asignado era la materialización de la pobreza más absoluta. No quedaba nada de cuanto nuestros hermanos habían construido años atrás. La tierra estaba abandonada, el ganado había sido sacrificado o vagaba como cimarrón sin vigilancia ni cuidados, los pocos edificios que habían albergado las misiones anteriores se encontraban en ruinas, y nada de lo que quedaba en pie parecía aprovechable.

A todo ello había que añadir que las posesiones de nuestros hermanos jesuitas habían quedado confiadas a antiguos soldados y a otros empleados de la anterior misión. Personas que vigilaban cada decisión que tomábamos cuestionando cada paso e impidiendo que accediéramos a fondos con los que poder adquirir materiales o animales. Por lo que para poner en marcha la misión no contábamos con más recursos que aquellos que nos habían acompañado en nuestra travesía por el mar. Un punto de partida humilde que dictó la manera en la que debía ser el arranque de nuestro trabajo en la zona: despertar a la tierra del letargo en el que se encontraba y, con ella, a las gentes del lugar.

Fray Junípero Serra, que lideraba nuestra empresa con determinación, consideró oportuno comenzar nuestra labor evangelizadora presentando a los nativos los alimentos relacionados con las sagradas escrituras. Por lo que lejos de plantar los productos que el pueblo kumeyaay comía, optamos por cultivar los que conocíamos. En concreto, las semillas de los alimentos que habían viajado con nosotros desde Nueva España: higos, almendras, uvas, limones y aceitunas. Con estas últimas debíamos tener especial cuidado pues, aunque a los frailes se nos permitía comerlas, no podíamos emplearlas para conseguir ejemplares de olivo.  Como el resto de la población que se encontraba en tierras de la corona española debíamos someternos a la ley que Felipe II había promulgado en 1585. Un texto en el que se prohibía plantar olivos en las colonias para proteger las cosechas de la metrópoli, y donde, además, se ordenaba la destrucción de todos aquellos olivares de los que se tuviera constancia. Una norma que siempre consideramos equivocada, pues en nada promovía el conocimiento de nuestras costumbres entre las nuevas gentes; y que fray Junípero trasgredió haciendo que uno de los huesos fuera el arranque de un olivar que nos permitiera contar con aceite de oliva para el desarrollo de nuestros sacramentos. “Ya que no podemos comprarlo tendremos que fabricarlo”, nos repetía a modo de consigna.

La bondad del clima y la calidad de los huesos de nuestras aceitunas, hicieron que, a finales del mismo mes de julio de 1769, contáramos con nuestro primer germen de olivo. Un ejemplar que, una vez que tuvo un palmo de altura, plantamos entre la maleza para que los soldados del penal con los que compartíamos el edificio principal, no lo descubrieran y arrancaran aplicando el precepto real.

Para que nuestro olivo creciera fuerte y sano, uno de nuestros hermanos preparó una pequeña balsa de agua cubierta de tierra que recordaba a las chinampas de los indios de Xochimilco.   Un espacio que rodeamos de hierbas y plantas salvajes y en torno a la cual establecimos turnos de riego y rondas de vigilancia que nos permitieron observar la manera en la que nuestro pequeño vástago se iba desarrollando.

Sin embargo, no fueron los soldados los que pusieron en peligro la vida de este pequeño olivo. Pues poco después de llegar a San Diego, los kumeyaay comenzaron a atacarnos. Nos acusaban de haberles contagiado de una enfermedad que mermaba sus poblados, por lo que atacaban nuestra misión para acabar el mal sobrevenido. Un remedio que en un primer momento se materializó en ataques con piedras para seguir escalando en belicosidad hasta herir de gravedad a algunos de los hermanos o a los indios que se habían instalado cerca de la misión. Aguantamos esta situación durante años, hasta que se hizo insoportable. Especialmente, cuando los nativos comenzaron a utilizar el fuego en sus ataques. Lo que hizo que muchas de nuestras construcciones o cosechas se perdieran y provocó que nuestro hermano Vallespir sugiriera desplazar nuestras instalaciones a otra zona. En concreto a una ubicación que se encontraba cerca del río San Diego. Un punto estratégico que nos facilitara el acceso al agua, y que fuera más fácil de defender por los soldados que teníamos asignados. Un número que nunca superó la decena de hombres.

Preparando el cambio de emplazamiento tuvimos que decidir qué hacer con nuestro amigo. Un olivo que ya no era aquel plantón quebradizo, sino un ejemplar lozano que había logrado abrirse paso en la zona con fuerza. Con tanta que ya superaba los seis pies de altura. Un hecho que nos llenaba de orgullo y que hacía que no estuviésemos dispuestos a abandonarlo bajo ningún precepto. Por lo que sin necesidad de mediar debate alguno, ideamos la manera en la que llevar a cabo su traslado sin que el ejemplar sufriera ningún percance. Una tarea compleja en la que tuvimos que ser extremadamente cuidadosos. Así, para no dañar las raíces que lo sostenían decidimos cavar con nuestras propias manos alrededor de su perímetro, lo que nos obligó a sacrificar buena parte del agua dulce que almacenamos para el viaje. Teníamos que lograr que la tierra fuera más fácil de excavar o, de lo contrario, no habría manera de procurar su supervivencia. Una vez que alcanzamos suficiente profundidad el árbol se desprendió hacia un lado con delicadeza, momento que aprovechamos para envolverlo con un hábito mojado y meterlo en un saco donde, a efectos oficiales, se encontraban las posesiones de la hermandad. Pero que, en realidad, albergaba nuestra esperanza en forma de árbol. Ni que decir tiene que los platos, vasos y algunas piezas de mantelería que se supone iban en ese saco las escondimos entre nuestras ropas para evitar suspicacias una vez que llegásemos al nuevo espacio y tuviésemos que usarlas.

 

De nuevo, el miedo

Las dos leguas que recorrimos desde San Diego hasta la nueva misión de Nuestra Señora del Pilar nos parecieron un calvario. El calor nos acechaba, la falta de agua hacía estragos en nuestros cuerpos, y el temor a volver a ser atacados nos hacía percibir el peligro tras cada sonido que nos salía al paso. Por lo que, de nuevo, el miedo salió a nuestro paso.

Una vez instalados en el nuevo terreno tuvimos que localizar un emplazamiento para nuestro olivo. Un espacio que estuviera cerca del río para que pudiera saciar su sed, y que contase con vegetación suficiente para que pudiera pasar desapercibido. Lo encontramos sin mucha dificultad dada la rica flora que se había desarrollado en esta zona, así que llegada la noche y, con la excusa de salir en santa compaña a dar gracias al señor por llegar sanos y salvos a nuestro nuevo hogar, cargamos con nuestro pequeño amigo y lo devolvimos a la tierra para que siguiera desarrollándose de manera clandestina.

Poco duró la tranquilidad en la nueva misión, pues a pesar de confraternizar con los líderes kumeyaay, y de bautizar a más de trescientos de sus integrantes, las condiciones a las que les sometían los representantes de la corona provocaron nuevos ataques hacia la misión. Esta vez alcanzando niveles de violencia que nunca habíamos visto, incendiando los edificios que habíamos levantado pocos meses antes y atacando a los integrantes de la fraternidad, incluido nuestro hermano Vallespir, que trató de calmar los ánimos de los participantes de la revuelta llevándose como recompensa su propia muerte.

A pesar de la capacidad destructiva de esta incursión indígena, nuestro olivo no sufrió percance alguno. En buena parte, gracias a que se encontraba retirado del enclave principal; algo que, por otra parte, sabíamos que lo exponía a su furia y que era cuestión de tiempo que nos descubrieran cuidándolo para convertirlo en el nuevo objetivo de su venganza. Así pues y con idea protegerlo, decidimos trasladarlo de nuevo. Queríamos tenerlo cerca, tanto como pudiéramos. Sin importarnos las consecuencias que aquello pudiera acarrearnos con las autoridades.

Hicimos el cambio de ubicación durante la reconstrucción de los edificios perdidos. Una labor que dio como resultado una renovada misión que volvimos a bautizar como San Diego, y en la que el olivo ocupó un lugar central en el santuario. Ahora estaría a la vista de todos, incluso de quienes decían que era un árbol prohibido. Queríamos que aquel olivo simbolizase nuestra resiliencia a tanta ira como nos habíamos encontrado desde nuestra llegada a la Alta California. Y así fue. Incluso para los nuevos soldados que se incorporaron años después a la edificación que nunca hicieron observación alguna acerca de su existencia o de su ilegalidad.

 

Un Camino Real de aceitunas

Hoy, casi veinte años después de tantos acontecimientos, aquel primer olivo -y un buen puñado de herederos que nos ha ido entregando en este tiempo- nos han regalado una excelente cosecha. Olivas de gran calidad que celebramos con alegría y que consagramos a nuestro señor en el altar de nuestra iglesia, así como en las casas que ocupan los indios cristianos que nos acompañan. Mujeres y hombres de bien que cultivan la tierra y pastorean con los animales en los cincuenta y cinco acres que rodean nuestra misión. Un amplio territorio donde se cultivan trigo, cebada, maíz, frijoles y, por supuesto, olivos. Muchos, muchos olivos. Todos, hijos de aquel hueso que un día nos dio la gracia de la vida como si de un milagro se tratara y que han ido llenando de aceitunas cada una de las misiones que componen el Camino Real de Las Californias.

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