156. ¿Quién hechizó las vocales del olivar?
Ya resulta bastante extraño que a un olivar le desaparezcan una vocal, ¿pero las tres al mismo tiempo? Eso sí que sería el fin del mundo oleo conocido. Pues, esta historia, va de eso. Nuestros protagonistas son tres primos que tienen como misión, rescatar las vocales “hechizadas” para que el olivar siga teniendo sentido para los abuelos. Sin la “o”, sin la “i” y sin la “a”, no hay olivar, sino lvr. ¿Y eso cómo se pronuncia? Tampoco habría aceite, sino cete; tendrían cetuns, en vez de aceitunas; y no tendrían molino para extraer el aceite de oliva porque en este mundo no podría existir la almazara. Ni hablar de dar una buena sacudida al olivo, porque no se podría dar un buen alvareón.
Trini, la más pequeña de los tres nietos, pudo notar en la última visita a los abuelos, que ellos no pudieron leer el folleto del olivar que su papá les llevó.
—¡Los abuelos han sido hechizados! —, les dijo a sus primos Fede y Cocó, gemelos de once años de edad, quienes eran sus cómplices de misiones imposibles. A ellos les divertía la imaginación flipante de Trini, y la apoyaban en sus delirios infantiles. Ella les contó sobre la cara de tristeza de su papá, al ver que los abuelos no podían leer olivar, aceite ni mucho menos aceitunas. No quiso molestar a su papá con la preguntadera de siempre, pero para ella, estaba claro.
—Los abuelos han sido hechizados, en esa casa donde están con esos señores raros. Si hasta hace poco nos leían cuentos en la casa del olivar.
Fede, que era un gran fabulador y le encantaba inventar historias para entretener a Trini, enseguida les propuso algo.
—¡Tengo una idea! Cada uno de nosotros tiene que inventar una historia donde todas las palabras se escriban con una misma vocal.
Cocó, cuyo talento estaba marcado por los lápices de colores, pero no por lo escrito en blanco y negro, quedó paralizado tratando de entender la propuesta.
—Es muy sencillo — prosiguió Fede—. Si todas las palabras están escritas con la vocal O, por ejemplo, los abuelos al leer aquello, sabrán que algo no anda bien, será como un choque de palabras que los hará volver a la realidad. ¿Entienden?
—No entendí mucho, pero vamos a hacerlo y después nos contarás donde aprendiste este método —, le dijo Trini, al mismo tiempo que regresaba con lápices y papel para todos.
El primero en estar listo fue Fede, anunció el título de su cuento y comenzó a leer.
—Fede, Trini y Cocó son tres chicos exploradores—, este va sin la letra «a», les aclaró antes de comenzar a leer con efectos de sonido y todo. Primero viento, mucho viento.
“Un mediodí_ ellos se meten en un sitio lleno de olivos. El sol no brill_, solo nubes grises. De pronto, ruido, mucho ruido; un vuelo roto, ojos rojos. Son murciél_gos enormes, con cuerpos mut_dos.
Revolotea por toda la sala emitiendo los chillidos agudos de los murciélagos. Trini se mete en la historia y trata de espantar al murciélago con un paño de la cocina.
—¡Corr_n— le dice Fede _ Trini, pero su voz tiembl_.
Ellos tres huyen, pero el suelo seco resuen_. Fede tropiez_, Coco lo sujet_. Trini exhibe un foco, luz tenue, que solo rebote en ojos rojos.
—El miedo es frío, profundo—, dijo Trini con mucho frio.
Sin rumbo, los tres siguen corriendo entre troncos secos. El sonido de los murciél_gos los persigue.
En medio del terror, los chicos unen puños. Su único deseo: no rendirse.”
—Tú eres muy vivo, por eso terminaste tan rápido. Según tu idea, era escribir evitando una vocal, no dejando un espacio en blanco. Así claro, es muy fácil— Protestó airosamente Cocó.
—Bueno, ahora voy con mi historia sin la letra E—, dijo Trini con voz acelerada.
—Trini, Coco y Fido (sí, ahora Fido, no “Fede”, porque no uso “e”) cruzan un sitio sombrío.
“Un lobo oscuro los mira. Ojos rojos brillan, colmillos largos, largos, largos.
Cocó susurra mucho susurrando:
—No corran, no gritan, chicos.
Trini toma un tronco, lo agarra duro. Fido busca un punto por huir.
Un lobo gruñó, dio un brinco… ¡boom! Un tronco lo chocó.
Unos sagundos críticos, muy cortos, y los chicos usan su unión: corran, doblan, cruzan un río frío.
Un lobo nos siguió.
Grupo, sin luz, solos, continuaron su rumbo, con pulso rápido y sudor. Caminar, hablar, para los primos aparcar, den room con boom, de moto todos, toditos, todos. Mis primos primos bellos bellos, ku yo amo mucho todos días. Corran, corran, Fido, Cocó, nos buscan. vámonos”
—¡Ja, ja, ja, ja, ja! —, reía Cocó a más no poder—. Escribiste un montón de cosas raras, Trini; cosas que no se escriben así, que no sabemos que significan. Además, a ti te tocaba escribir una historia sin la letra I.
—¡Bueno, pero yo la hice sin la E, y no usé la E! Que era lo importante. Lo demás se entiende, no digas que no. En mi colegio, yo soy la que escribe mejor y la que está leyendo más rápido.
—Tranquila, Trini, ahora vamos a escuchar su historia, el relato del gran maestro Cocó, que todo lo critica—, dijo Fede invitando a su gemelo al “pódium”.
Cocó aclaró su voz con gran solemnidad, ordenó sus papeles y tomó un plátano de micrófono.
—El título de mi historia es: Super Géminis, el pretectur de Trini y Fede. Y esto va sin la letra O.
“Un túnel gris, sin salida visible, se alza enfrente.
Elles entran, sin pensar. El aire es rígidamente húmedex, un chillidex turbiex se cuela.
De la nada, surgen ratas gigantes, dientes afiladinchis, pelajes erizadis.
Trini grita:
—¡Rápidinchi, atrás!
Fede tira de ella.
Géminis (Yo, Coco, pero debo usar este nombre sin letra O) prende linterna. Una gran y brillante idea se le crea en la mente al gran Géminis
Un fulgir azul se refleja en metales del túnel.
Las ratas titubean, reculen para atrás.
En ese segundex, les tres chiques se escapan.
Salen cansadex, sudadex, peris vives, gracias al gran Géminis.
El túnel queda detrás, llenix de ratas, ruidexas ratas, extrañas y miedaxativas.
Fede, Trini y Cocó se sientan en el banco de piedra en la casa del olivar, mientras discuten sobre las historias. Trini todavía tiene el eco de los murciélagos y las ratas en la memoria, no para de hablar. El tema ahora no es el miedo, sino las letras.
—¡Pero si tu cuento es como las bocas de los niños de mi clase, llena de huecos porque le faltan dientes! —protesta Trini, señalando las páginas de Fede—. ¡Está lleno de esas rayitas, huecos donde deberían ir las letras “a”! ¡Eso es trampa! ¿Eso qué es? ¿Un cuento o un crucigrama de los que le gustaban al abuelo?
Fede se cruza de brazos, indignado.
—¡No! Yo fui fiel a mi idea. Quité toda “a”. Donde iba una, dejé un guion abajo. El lector entiende. Es mi estilo.
—¡Tu estilo es la flojera, hermanito repetido! En eso si no te pareces a mí —respondió Cocó entre risas—. Yo, en cambio, me inventé un idioma nuevo, purito, si hasta se parece a un idioma de extraterrestres.
Trini lo mira con ironía.
—¿Un idioma nuevo? Serán extraterrestres del planeta Tontorrón. ¡Tus palabras parecían los estornudos de mi gata Lily!
Cocó levanta la barbilla, fingiendo orgullo.
—Mejor eso que confundir letras. Tú tenías que escribir sin “I”, y lo hiciste sin “E”. ¡Así cualquiera! ¡Ay no, es que yo soy chiquita, yo todavía estoy aprendiendo! Mentirosa, sabes más que todos nosotros.
Trini se ruboriza y suelta una carcajada.
—Bueno, es que me emocioné. Sin “E” sonaba más simpático. En un mundo sin E, no existe René, el tonto de mi salón que siempre agarra mis cosas.
Se quedan los tres en silencio un instante. Luego, como si el viento mismo soplara un recuerdo, Fede les advierte.
—Igual, lo importante no es si seguimos las reglas. Lo importante es que los abuelos, al leer, recuerden esas vocales que a veces se les olvidan. O que, se pregunten que cosa es esa y quieran adivinar.
Cocó agrega.
—Sí, que recuerden pronunciar las vocales de OLIVAR.
Trini completa
—…ACEITE…
Y juntos susurran, casi como un conjuro.
—¡ACEITUNA!
Las letras, al final, los unen más que las reglas. Los gemelos cargan en brazos a Trini, haciéndole una silla aérea. Van cantando una canción improvisada con las palabras que les va diciendo Trini.
Con sus papeles arrugados y las voces todavía encendidas por la renovada discusión de las vocales, Fede, Trini y Cocó llegan a las oficinas del olivar. En el portal, el papá de Trini —que también es tío de Fede y Cocó— los espera con una sonrisa cansada, como quien conoce secretos más grandes que los de las vocales hechizadas.
—Papá —dice Trini, alzando sus cuentos—, inventamos estas historias sin vocales. Sirven para que los abuelos recuerden las letras, ¿sabes? Las de olivar, aceite y aceituna.
El hombre toma los papeles, los hojea despacio. Ríe bajito al ver los guiones de Fede, las palabras torcidas de Cocó, las travesuras de Trini. Luego suspira.
—Es hermoso lo que hicieron. Muy hermoso. Solo que, el olvido de los abuelos, es un hechizo muy fuerte. No se rompe fácil.
Trini mira a los gemelos. Fede y Cocó se miran sabiendo lo que quiere decir el tío. Cocó, decide seguir el juego con su tío para alimentar las fantasías de Trini.
—¿Un hechizo? —pregunta Cocó, guiñándole un ojo al tío.
El tío asiente.
—Sí, un hechizo que hace que la memoria se esconda, como los murciélagos en la cueva. A veces se deja ver un instante, y luego huye otra vez.
Trini baja la mirada. El papá le acaricia el cabello.
—Pero cada palabra que ustedes inventan es como una linterna en la oscuridad. Tal vez no disuelva el hechizo, pero sí ilumina el camino para que los abuelos no se sientan tan solos.
El silencio que sigue no es triste, sino profundo. Los tres niños entienden, a su manera, que escribir no solo era un juego, sino un acto de amor.
Al otro día, todos fueron a visitar a los abuelos. Los tres niños entraron al salón donde los abuelos dormían en sus sillones. Afuera, el olivar que les habían dibujado, se movía con un viento suave, como si la tierra misma susurrara. Trini, Fede y Cocó se acercaron con mucha alegría, llevando en las manos sus cuentos torcidos, llenos de juegos y errores, pero también de cariño.
—Abuelo… abuela… —susurró Trini—. Venimos a leerles lo que hicimos.
El abuelo abrió los ojos lentamente, como quien despierta de un sueño largo y pesado. La abuela giró apenas la cabeza, y sus labios temblaron en una sonrisa pequeña, frágil, pero real.
Fede comenzó a leer su cuento sin “a”, con los huecos que parecían dientes faltantes. Luego Trini siguió con su historia sin “e”, graciosa y un poco absurda. Cocó, orgulloso, recitó sus invenciones, palabras que nadie entendía pero que sonaban llenas de música.
Por un instante, todo pareció quedarse en silencio. Entonces, la abuela alzó la vista. Sus labios, como si buscaran entre recuerdos escondidos, balbucearon una sílaba clara.
—Ol…
Los niños se quedaron quietos, con el corazón latiendo fuerte.
—O…li… —intentó ella, y el abuelo, con un esfuerzo semejante al de quien levanta una piedra enorme, completó en un murmullo.
—Olivar.
La palabra quedó suspendida en el aire, como una campanada de mediodía. Los tres niños se miraron, maravillados. El hechizo, aunque no roto, había cedido un instante. El papá de Trini, que observaba desde la puerta, sintió que los ojos se le humedecían. No dijo nada. Solo dejó que los niños disfrutaran ese milagro breve.
La abuela cerró de nuevo los ojos, el abuelo apoyó la cabeza en el respaldo. Pero la palabra seguía vibrando en la sala, flotando como una luz.
Trini susurró:
—¿Lo ven? Sí recuerdan.
Y aunque los tres sabían que tal vez mañana el olvido volvería a cubrirlo todo, también comprendieron que cada cuento, cada vocal, era un puente diminuto hacia la historia eterna.
El viento sopló entre los olivos dibujados, y las hojas respondieron, repitiendo suavemente:
—Olivar, olivar, olivar.



