154. Un legado de raíces

Carla Osuna Rovira

 

El aroma amaderado del pueblo me recordó que algo en mí se había marchitado en la ciudad. Allí tuve todo lo que siempre soñé: ropa limpia, zapatos sin barro, cafés perfectos y luces que nunca se apagaban. Pero nunca encontré la paz.

Mi abuela no estaba. Su casa, antes llena de risas y tostadas de aceite caliente, ahora solo guardaba polvo y silencio. Me detuve ante mi cuadro favorito: ella y el abuelo, orgullosos junto al olivar. Quería volver, de verdad lo ansiaba, pero aquí solo quedaban recuerdos empolvados.

Salí a caminar. Minutos, horas tal vez. Los olivos se extendían como brazos verdes, rozando mis recuerdos y acariciando a la niña que fui: la de las ramas enredadas en el pelo y el cesto de aceitunas… la feliz.

Estaba en casa. Mis raíces latían bajo ese paisaje. La tierra en mis manos olía a vida, y el aceite calentaba el corazón. Los olivos susurraban el recuerdo de quién fui aquí. Me senté a la mesa y sonreí. Allí estaba la paz que siempre había buscado: en la niña de las flores en el pelo.

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