153. El collar

Silvia Sobrini

 

Hace quince años, entre los papeles de un cajón, mi abuelo encontró su viejo collar de huesos. Me explicó emocionado que lo llevó siempre durante su periplo en Múnich trabajando como albañil en los años sesenta. Sus cuentas ejercían de singular regla nemotécnica que, al palparlas durante los típicos bajonazos del emigrante, trasladaban su mente a Andalucía, a la subbética cordobesa, de donde era originario.

Recordaba así que el acento es la estela que dejan las raíces al verbalizar los pensamientos. Y que el aceite de oliva, ligado a la esencia andaluza, lubrica nuestras palabras y elimina la fricción entre las letras, favoreciendo el ceceo, el seseo o la pérdida de consonantes finales, que resbalan en el olvido. Imaginar un vasto mar de olivos evitaba que se ahogase de la pena, manteniéndose a flote en oleosas islas más ligeras que la nostalgia.

Aquellas reflexiones no quedaron arrinconadas. Forman parte del valioso legado familiar que atesoro en la memoria. Sobre todo, ahora, que en breve cojo el vuelo hacia Frankfurt para trabajar como enfermero. Su collar de huesos de aceituna que llevo al cuello seguro que me ayuda a mitigar la melancolía del emigrante.

 

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