150. Las raíces
Hoy es uno de esos días en los que el campo parece oler distinto, a una mezcla de tierra húmeda y aceituna madura que lo impregna todo. Las hojas de los olivos tiemblan movidas por la suave brisa, como si también ellas supieran de la importancia de lo que hoy se celebra. No hay tormenta, ni amenaza de lluvia. El cielo está limpio y azul. Todo parece dispuesto para que nada estropee el acto.
Me llamo Gabriel. Y soy dueño —aunque esa palabra me incomode— de “Las Raíces”, una finca de olivares heredada de mi padre, al igual que él la heredó del suyo. La palabra heredar suena a opulencia y comodidad. Pero en el campo, heredar también es recoger la tierra bajo las uñas, las deudas viejas, los secretos, y sobre todo, las expectativas.
Hoy presentamos al mercado nuestro aceite de oliva virgen extra de edición limitada, que alberga la historia de tres generaciones dentro de cada gota. Esta tarde haremos la presentación para distribuidores, prensa, compradores extranjeros e incluso políticos de todo tipo de esferas. Todo está preparado: las botellas limpias y alineadas, las catas dispuestas, la mesa larga en el patio. Pero yo llevo desde el amanecer caminando entre los olivos, como si el andar pudiera calmarme.
Antes de dirigirme a la nave principal, donde en unas horas comenzará el evento, me detengo junto a uno de los ejemplares más antiguos de la finca. Recuerdo a mi padre decir que ese olivo era ya viejo cuando él era niño. A veces pienso que este árbol guarda más sabiduría que todos los manuales que mi padre me obligó a leer de joven. Su tronco muestra el paso y el desgaste de los años, como las arrugas en nuestros rostros, pero no olvidemos que éstas también son señal de experiencia. Todavía soy capaz de recordar las de mi abuelo, tras una vida de dedicación al oro líquido. Sin su trabajo y determinación no estaríamos aquí, ni nosotros ni los olivares. Cuentan que siendo muy joven dejó la casa familiar para plantar este sueño, y la verdad es que dio su fruto. Aunque fue mi padre, quien heredó ese sueño, el que lo convirtió en algo realmente grande.
Él fue el verdadero impulsor de lo que hoy somos. Un hombre valiente lleno de ideas innovadoras. Guiado por su determinación construyó la primera almazara del lugar, convenció a otros agricultores para crear una cooperativa y abrió los primeros canales de venta fuera de la zona. Algunos decían que era un visionario, otros que su ambición lo hacía ser obsesivo e intransigente. Yo sé bien que ambas cosas eran ciertas. Nos inculcó su pasión y su conocimiento desde nuestra más tierna infancia, pero crecer a su sombra no fue fácil. Exigía en todos la misma perfección que buscaba en el aceite.
Cada decisión mía fue siempre medida, comparada, corregida. Aunque debo reconocer que, gracias a eso, reuní la fuerza para convertirme en el hombre que soy y soportar la pesada carga que conlleva portar su apellido y vivir con el eco de su presencia. Confieso que aún hoy, junto al viejo olivo, siento como si él estuviese aún a mi lado. Vigilando desde algún rincón invisible, observando el gran paso que estamos a punto de dar.
—Gabriel, ¿tienes un minuto? —Marta, la responsable de marketing, interrumpe mis pensamientos con su pregunta.
Asiento con una sonrisa. Ella me conoce bien. Sabe que estos días me cuesta dormir. El trabajo de los últimos años se muestra hoy al mundo. Y esto va más allá de un simple producto, de una etiqueta o una botella. Como Marta suele decir, no solo vendemos aceite, vendemos historia, vendemos sol, tierra, tradición… familia.
—Los obsequios para los invitados ya están preparados. Pero tendrán que ir en las bolsas habituales, ha ocurrido un problema con las nuevas. Varias estaban rotas.
Asiento y le respondo que no se preocupe. Siempre hay imprevistos y este no parece de los importantes. Tengo claro que por mucho que lo controles todo, con la vida o con el aceite, nunca sabes del todo lo que saldrá. Quizás por eso mi padre siempre probó los lotes de forma tan meticulosa. Tenía un paladar fino, casi intuitivo, y su personalidad lo llevaba a una búsqueda constante de la perfección.
Marta se va y yo sigo andando. Me cruzo con Antonio, uno de los jornaleros más veteranos. Lo contrató mi padre cuando era solo un muchacho. Hoy peina canas y camina con la espalda encorvada, pero conoce cada centímetro de esta finca como la palma de su mano. Me saluda con una sonrisa cansada. No hablamos. No es necesario. En su mirada hay un respeto que no proviene del dinero ni del apellido, sino de una dedicación compartida.
Entro en la nave. Reviso por última vez los discursos, el orden de los invitados, el brindis final. Todo está en orden.
Levanto la vista y, a través de la ventana, veo aproximarse los primeros coches. La gente empieza a recorrer la finca, maravillándose con el paisaje, con la historia, con ese romanticismo que muchos relacionan con el campo. Yo salgo a recibirlos como buen anfitrión. Sonrío, estrecho manos, escucho cumplidos sobre la calidad del aceite, sobre nuestro trabajo. Yo respondo con agradecimientos y halagos a todo tipo de autoridades a las que apenas conozco.
La tarde ha caído sobre la finca. El cielo parece querer inspirar lienzos, sin una sola nube, con un azul intenso. Algunos ya han probado el nuevo aceite y asienten entusiasmados. Otros se dejan impresionar más por la historia y el relato de la tradición, que tantas veces he repetido. Y algunos simplemente parecen más interesados en rellenar sus copas con vino.
Durante la cata, una periodista joven me pregunta por el sabor a hoja verde y almendra. Le explico que se trata de uno de nuestro sellos de identidad, y le hablo del proceso. Ella toma notas para una noticia que, espero, ocupe el máximo espacio posible en su medio.
La ceremonia avanza. El ambiente es festivo, y yo reparto sonrisas como si me pagaran por ello. Hasta que lo veo. Al fondo, entre los invitados, con camisa blanca y vaqueros desgastados. Él también me ve y se acerca con paso lento.
—Gabriel —me dice con voz familiar—. Enhorabuena, es un logro fantástico. Tienes que estar muy orgulloso.
—Gracias, inspector. Me agrada verle aquí.
—No podía perdérmelo después de todo lo vivido en los últimos tiempos. Además… —se detiene a mirar alrededor— este sitio es especial.
En mi papel de anfitrión tomo un par de copas de vino de la mesa y lo invito a caminar un momento lejos del bullicio, como dos viejos amigos. Nos alejamos unos pasos, hasta llegar a los pies del viejo olivo.
Entonces vuelve a tomar la palabra.
—Sé que este no es el mejor momento. Pero me han informado esta mañana y quería decírtelo en persona. Vamos a archivar el caso de tu padre. No hay pruebas nuevas y seguimos sin contar con ninguna pista sobre el paradero de tu hermano. Han pasado ya tres años, y aunque yo no me voy a rendir, la situación no nos deja otra opción si no aparece ningún nuevo indicio.
En su mirada puedo ver reflejado un sentimiento de pena, casi como de vergüenza y decepción. Como si fuese en parte culpable del fracaso de la investigación. Su voz tiembla levemente:
—Lo siento mucho. Estoy seguro de que si tu padre pudiera verte estaría orgulloso de lo que has hecho aquí.
De repente siento una punzada en el estómago, derivada de la noticia y del recuerdo de mi padre. Pero me mantengo firme. Él me enseñó a no mostrar nunca debilidad. Me recompongo, respiro hondo e incluso me permito ponerle una mano en el hombro al apesadumbrado inspector.
—Gracias. Sé que ha hecho todo lo que ha podido. Se ha implicado en cuerpo y alma y se lo agradezco de corazón.
En ese momento, mientras la sombra del olivo nos envuelve, me doy cuenta de que en toda la jornada no he escuchado ninguna pregunta sobre mi padre y mi hermano. La atención de la gente parece haberse diluido. Y la constante insistencia de la prensa ha dejado de acompañarnos en nuestro día a día. Nadie pregunta ya, como si evitaran reabrir las heridas de nuestra familia. El tiempo ha hecho su trabajo.
Supongo que para la mayoría resultó más fácil culpar a mi hermano. Imaginar que tras cometer un crimen tan horrendo huyó. Al fin y al cabo todo indicaba que había sido así. Quizá incluso ayudó su forma de ser, por esa ambición y frialdad, tan similares a las de nuestro padre. Bastó con eso. Un hermano desaparecido, la sangre de un padre cuyo cadáver nunca se encontró, y un hijo menor abnegado que heredó sin pedirlo tras semejante suceso.
Me despido del inspector con cortesía. Él regresa al patio, donde el vino sigue corriendo y las risas estallan entre brindis. Yo me quedo unos minutos más, a solas con el árbol.
Me agacho y paso la mano por el suelo. Mis dedos se manchan un poco y huelo la tierra. Huele igual que aquella noche en que todo cambió. Y su aroma evoca todos mis recuerdos. Los del borrador del testamento en el que dejaba todo a mi hermano mayor, los del goteo de la sangre al derramarse, y los del aliento entrecortado de mi padre al caer.
No tuve más remedio ¿Qué era yo? ¿Un peón más en su finca? No podía permitirlo. No después de todo lo que había entregado.
Después solo tuve que entrar en la habitación de mi hermano. Fue más fácil de lo que imaginé, bastó su almohada y un agujero más profundo.
Me levanto, regreso al presente, y me sacudo la tierra de las manos. Es hora de volver al evento, ya están sirviendo el postre. Algunos me preguntan si aumentaremos la plantación, si hay planes de exportación, si mantendremos el proceso artesano. Les respondo amablemente, de uno en uno, siendo lo más encantador posible. Y mientras hablo, mi voz se mantiene firme, con la seguridad del que es capaz de hacer lo que sea necesario.
Porque esta es mi finca. Mi aceite. Mi legado.
Y mientras todos celebran, yo alzo mi copa y miro al horizonte, donde los olivos brotan del sacrificio de mi familia. Ellos lo saben. Ellos lo guardan.
Y nunca hablarán.



