147. Recuerdos de oro

Jacobo Vieites Sánchez

El aroma del pan tostado y del aceite recién vertido invade toda la casa, como un perfume nacido del campo. Me hace sentir bien, como si fuera joven. Me gustaría disfrutarlo cada día, aunque no puedo recordar a qué olía ayer.

Desde la mesa intento recordar cuándo planté ese horizonte de olivos que se ven desde la ventana. Sé que son míos, aunque las fechas se esfumen de mi cabeza.

El pan llega bañado por un río dorado de aceite. Me lo llevo a la boca con manos temblorosas y, al morderlo, puedo sentir la tierra húmeda, el sol abrasador del verano, las manos manchadas de polvo mientras cuidaba el olivar. Todo eso tiene cabida en una gota.

Entonces una voz dulce que me llama “papá” me dice que, sin duda, Aitor ha heredado mi amor por el aceite. Yo sonrío y asiento, aunque soy incapaz de descifrar quién es ese tal Aitor. Mientras, un joven que observa orgulloso el brillo del aceite en mi plato, me devuelve la sonrisa desde la puerta. Tiene los ojos verdes como yo, y la sonrisa de un nieto que guarda, entre olivas y aceite, los recuerdos de su abuelo.

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