145. Lágrimas de oro

Maria Antonietta Vanacore

 

Había estado andando durante días, meses y años, y ahora por fin lo había encontrado.

«Busca el olivo» le había dicho su abuelo antes de morirse por el hambre y la sed. «Te dará una dulce comida y un licor divino».

Ella ahora estaba allí, delante de aquel viejo árbol, con la mirada fija en sus ramas secas, como todo lo que lo rodeaba. Ni una hoja, ni una aceituna, ni un hilo de hierba, solo gris hormigón que sofocaba sus raíces, y anónimos rascacielos, y espesas nubes de esmog a su alrededor.

Ya sin fuerzas, se cayó al suelo y empezó a llorar lágrimas de dolor por su mundo que estaba muriendo. Lloró y lloró y lloró, hasta que sus blandas lágrimas, cada vez más grandes, rompieron el duro hormigón y se hundieron en el suelo más hondo, bañando las raíces del olivo, que pronto se despojó de su manto de muerte y regresó a la vida.

Sus ramas se cubrieron de sabrosos frutos verdes, cuyas gotas amarillas mojaron el rostro de la niña, devolviéndole lágrimas de oro, que, resbalando sobre su piel aterciopelada, suavemente llenaron su boca.

Y fue el comienzo de un mundo nuevo.

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