144. De regreso al olivar
Mi infancia son recuerdos de veranos que transcurrían entre naranjos y olivos. Los unos en la tierra de mi madre; en la de mi padre los otros. Durante los primeros años de mi vida, llegado agosto, nos subíamos a nuestro Seat 127 amarillo canario, sin aire acondicionado ni cinturones en los asientos traseros, y poníamos rumbo al sur. Nos íbamos al pueblo de mi padre. El mismo día que le daban las vacaciones salíamos de viaje, ansiosos por disfrutar de las mieles del asueto. Él se pasaba toda la noche conduciendo, ya haría la siesta cuando llegáramos a nuestro destino. Había que echar mano de todas las estratagemas posibles para darle esquinazo a la inclemente canícula.
Yo dormía tranquila en el asiento de atrás y sólo me despertaba cuando parábamos en algún área de servicio para repostar. Era entonces cuando mi madre nos daba los bocadillos que había guardado en una tartera y que, a esas alturas, ya se habían puesto correosos. El coche avanzaba lento y pesado porque lo cargábamos hasta los topes con todo lo que creíamos que íbamos a necesitar. Aún así, hacíamos casi setecientos kilómetros cuando el sol aún dormía.
Llegábamos por la mañana para pasar unas semanas en casa de la chacha Gregoria y el tito Lisardo. Allí siempre nos encontrábamos con alguno de mis muchos primos y tíos. Para no darles demasiado trabajo a los anfitriones, solíamos coincidir con ellos a lo sumo un par de días que siempre me parecían demasiados. Mis tíos tenían un montón de hijos, casi todos chicos, que estaban asilvestrados. Les recuerdo cortándoles el pelo a mis muñecas, emborronando mis libros o poniendo lejía en el agua de mis tortugas. Siempre intentaban hacerme rabiar y, a causa de esas experiencias, las relaciones familiares me parecían una verdadera tortura.
La chacha Gregoria era la tía de mi padre, una de las hermanas de mi abuela a la que nunca conocí. Era una mujer escuálida, casi etérea, con el cabello blanco y los ojos tan saltones que parecían querer salírsele del rostro. El tito Lisardo era su marido, un viudo pizpireto de casi ochenta años, que se mantenía en plena forma bebiendo vino peleón y fumando un tabaco áspero y amargo que él mismo cultivaba en el huerto que tenía en el patio. Era un anciano entrañable y divertido que siempre me hacía reír; me perseguía por toda la casa para hacerme cosquillas y me daba caramelos de miel que sacaba de su bolsillo. Cuando nadie la veía, la chacha me hacía beber una cucharadita de Kina San Clemente, porque mi madre se quejaba de que me costaba comer porque los alimentos se me hacían bola en la boca y no los tragaba. “Eres poco más que una mijilla”, me decía, “con esto vas a crecer un montón”.
La casa donde vivían los tíos de mi padre era enorme, o eso me parecía entonces. Al volver muchos años después tuve la sensación de que había menguado. Aún hoy puedo evocar en el recuerdo cada estancia con aquel aire de espacio que había quedado detenido en el tiempo, en la gloria de un pasado no muy lejano. Dormíamos en luminosas habitaciones cuyas ventanas lucían engalanadas con cortinones de terciopelo y visillos de puntillas. Las camas tenían durísimos colchones de lana y los cabezales de forja. La decoración era una nutrido repertorio de cuadros de santos, crucifijos y figuras del Niño Jesús.
La visita al pueblo de mi padre estaba llena de citas ineludibles. Había que pasarse a ver a los parientes de Orcera y Segura de la Sierra, además de visitar el pantano del tranco donde el primo de mi padre trabajaba como ingeniero. Lo primero de todo era hacer el recorrido para saludar a las vecinas de la tita. Las más cercanas eran Desideria y su hija Toñi, dos mujeres grandes y fuertes que tenían una espesa franja de vello oscuro debajo de la nariz y desprendían un fuerte olor como a campo que me gustaba mucho. Sabíamos también que, en algún momento de nuestra estancia, la chacha nos enseñaría su mortaja mientras nos explicaba, henchida de orgullo, que la habían confeccionado para ella con mimo y maestría las Carmelitas descalzas. Era un sencillo hábito de monja que casaba a la perfección con su alma de beata, pero que a mí me daba mucho miedo.
Los guisos que comíamos mientras estábamos allí tenían un sabor diferente aunque los ingredientes fueran más o menos los mismos que hacía servir mi madre en casa. Mi padre presumía de que era por el aceite de su pueblo, oro líquido lo llamaba, que a veces me daba para merendar empapando una rebanada de pan y espolvoreándola con azúcar. Tal vez también tuviera algo que ver que la chacha cocinara en cazuelas y sartenes de cobre o a lo mejor era porque aquellos guisos sabían a vacaciones y a verano, a nostalgia y a tradición. Algunos vecinos nos traían cosas de sus huertos o huevos de sus gallinas y nos invitaban a tomar el café en sus casas. Siempre a una hora prudente porque el calor hacía que fuera imposible salir a la calle antes de las seis de la tarde. Por eso allí siempre se hacía la siesta. Aquellas horas diurnas de sueño me parecían una pérdida de tiempo, así que las aprovechaba para jugar con mis muñecas o para leer algún cuento.
A veces íbamos de visita a los cortijos de algún familiar o conocido. Aquellas casas de campo de un blanco reluciente solían estar a las afueras de los pueblos aunque no demasiado. Llegábamos allí a través de caminos rurales que transcurrían entre enormes extensiones de olivos. Hasta donde alcanzaba la vista, troncos retorcidos y hojas de un verde ceniciento. Nos bañábamos en albercas junto a ranas, renacuajos y zapateros; recorríamos los olivares y, a veces, dábamos un paseo en burro.
Durante la hora de la siesta, cuando nadie podía verme, me dedicaba a explorar aquellas casas o me escapaba en busca de aventuras aprovechando que los mayores dormían. Mi radio de acción era limitado, pero mi imaginación desbordante hacía de las suyas. En mis paseos podía encontrarme con restos arqueológicos, secuestradores y asesinos o duendes y hadas dependiendo del día. Una tarde, cuando me disponía a escabullirme, me sorprendió mi padre que se había levantado para ir al baño.
—¿Qué haces despierta? —preguntó.
—No me podía dormir —mentí.
—Concéntrate y verás cómo te entra sueño. Te aconsejo que cuentes ovejas.
—Es que me aburro… —revelé finalmente.
—¿Quieres que juguemos a las cartas? ¿Que veamos la tele?
—No, eso también es muy aburrido… Prefiero salir a dar una vuelta.
—Pero hace un calor de mil demonios… A estas horas no se puede estar en ningún sitio.
—Ya lo creo que sí…
Algo en mi cara me delató.
—O sea, que no es la primera vez que te escapas mientras los demás dormimos.
Sonreí tímida pensando que se avecinaba una buena reprimenda.
—La verdad es que a tu edad yo también odiaba hacer la siesta. ¡Con la cantidad de cosas divertidas que hay por hacer!
Me tranquilizó comprobar que mi padre me entendía.
—Entonces, ¿puedo ir a dar un paseo?
—¿Tú sola?
Asentí.
—¿Quieres que te acompañe?
Asentí de nuevo. Mi padre se vistió y juntos nos encaminamos a la puerta. Mi madre, que nos había oído hablar, le preguntó si pasaba algo.
—Tranquila, no pasa nada. Puedes seguir durmiendo.
En la calle nos recibió un sol de justicia que hacía resplandecer aún más el encalado de las casas. En aquella quietud de las tardes del mes de agosto en el sur solo parecían estar vivas las moscas. Comenzamos a caminar sin rumbo con los ojos entrecerrados por los rigores del astro rey. Mi padre se dejaba guiar y yo le conduje hasta adentrarnos en los campos de olivos que nos rodeaban. Supongo que, agobiado por aquel calor insoportable, se le ocurrió que podíamos sentarnos a la sombra de uno de aquellos árboles centenarios. Al amparo del olivar la temperatura era algo más agradable.
Mi padre se dejó caer sobre la tierra reseca apoyando la espalda contra el grueso y retorcido tronco, y con las manos me hizo una señal para que me sentara recostada contra su pecho. Si mirábamos hacia arriba podíamos ver la frondosa cúpula de hojas estrechas y puntiagudas, su brillante haz y su plateado envés.
—¿Sabías que para los antiguos griegos el olivo era un árbol sagrado? Dicen que fue un regalo de la diosa Atenea a la ciudad de Atenas y que por eso lleva su nombre.
Aquella revelación me pareció una verdadera maravilla y le pedí que me contara más. Él me habló de lo que simbolizaba aquel árbol: longevidad, inmortalidad, resistencia, renovación, prosperidad, fertilidad… la paz. También me contó que fueron los fenicios quienes lo trajeron a España o que aparecía representado en los frescos que había en las paredes de algunas tumbas egipcias. Me habló del olivo que creció en la tumba de Adán, de cómo una paloma con una rama de olivo en su pico anunció el nuevo mundo a Noé o de cuando a Jesús le recibieron con hojas de palma y ramas de olivo a su llegada a Belén.
Recuerdo aquel día con cariño. Escuchar a mi padre hablar recostada contra su pecho, aspirando su aroma a jabón Magno y sintiendo el latido de su corazón.
—Sabes, —me dijo— siempre he pensado que, el día que yo muera, me gustaría volver a estos olivares. Descansar para siempre aquí.
Oírle hablar de la muerte me dio miedo. Más miedo que ver la mortaja de la chacha Gregoria. Sentí una presión en el pecho y una desolación que nunca antes había sentido. Nunca había pensado que mis padres se fueran a morir. Había oído comentarios sobre gente que se moría y hasta había visto muertes en las películas. El perro de Mariana se había muerto, igual que estaban muertos los conejos o las perdices que nos regalaban algunos vecinos para que los cocináramos. Pero mis padres no, ellos no podían morirse. Al notar mi zozobra él me abrazó. Me sentí reconfortada pero aquel sentimiento de tristeza y angustia no me abandonó en todo el día.
Con el paso del tiempo dejamos de ir al pueblo de mi padre. Cuando yo tenía nueve o diez años empezamos a pasar los veranos en una casa entre alquerías y naranjos. Había mil mundos por descubrir, ahora un poco más lejanos porque había aprendido a ir en bicicleta. Un día me asusté pensando que un partidor de riego era una lápida funeraria y comencé a pedalear sin freno. Otra vez encontré una camada de gatitos que alguien había abandonado en medio del campo para dejarlos morir. Seguía creciendo y aprendiendo y con el paso de los años comencé a buscar mis propios destinos de vacaciones, casi siempre en países lejanos, ya sin mis padres.
También con el tiempo llegó el momento del que mi padre me había hablado aquel día de hacía mucho tiempo al amparo de un olivo centenario. Fue todo muy rápido, como por sorpresa, aunque él ya tuviera casi noventa años. La muerte es así, siempre nos pilla desprevenidos, aunque un diagnóstico haya servido de sentencia. Aunque sepas que indefectiblemente va a suceder. Pese a que sabemos que nacer es empezar a morir de a poco. Ver morir a mi padre me causó un estupor desconocido. Su llama se apagó en menos de una semana. Sentadas a los pies de su lecho de muerte, una fría cama de hospital, mi madre y yo vimos cómo exhalaba su último aliento.
Meses después regresé a aquella tierra de olivares de mi infancia. Los lugares se habían trasmutado aunque eran los mismos. Algunas personas seguían allí, otras se habían ido; las que quedaban ya no eran las mismas, se habían hecho mayores y habían envejecido. Sólo el olivar seguía igual, imperturbable, acogedor y eterno como el abrazo protector de una madre.
Tal y como mi padre me había pedido, me dispuse a esparcir sus cenizas bajo uno de aquellos árboles centenarios, uno cualquiera que podría haber sido aquel en el que él me contó cosas fascinantes sobre los olivos. Volví a sentarme sobre la tierra árida y a recostar mi espalda contra el tronco retorcido. Miré hacia el cielo cuajado de verde ceniciento. Respiré la débil brisa que era incapaz de hacer danzar las hojas del olivo. Mi padre había vuelto al olivar en el que había crecido. La tierra que le vio crecer le acogía solícita. El ciclo se había completado. La vida seguía su curso.



