14. El cofre

Let Sabin

 

La respiración agitada le avisaba de que quedaba poco para llegar al páramo que acogía las extensiones de olivos entre las que había crecido y que tan lejos se le antojaban para entonces. 

Su hermano Pablo le conminó a recoger el cofre que se hallaba a los pies de uno de los olivos más viejos bajo el que, durante la adolescencia, compartían confidencias y fantaseaban con cambiar el mundo. La semana anterior y, tras su ingreso en el hospital en circunstancias poco claras, se despidió de él no sin antes revelar el escondite del tesoro de las clarisas.  

Desenterró la caja de plata y comprobó la presencia de la custodia del monasterio envuelta en un pañuelo blanco con una nota de felicitación de Pablo y una oliva del árbol custodio. De alguna forma, había adivinado que el tesoro sería encontrado.  

Corrió para dejarlo en el Monasterio antes de misa, asegurándose de portar la llave y de no ser visto. 

Agradeció a Pablo y al olivo más viejo del páramo la custodia del preciado tesoro y, lento, se dirigió hacia la plaza. Recordaría el sentido del humor de Pablo degustando algo de pan con el delicioso jugo ambarino.  

 

 

 

 

 

  

 

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