136. Victoria

José Ángel Parejo Medina

 

Con un grácil gesto de la mano, apenas el aleteo de una mariposa, La de ojos zarcos se sacudió la pátina de polvo que ensombrecía sus sandalias. Luego se irguió y alzó la barbilla, fatigada pero orgullosa, para contemplar la ciudad que se extendía al pie de la colina. Aquel había sido su triunfo definitivo sobre Poseidón: frente a la ferocidad del Egeo, su propio mar milenario y oleoso. Un océano infinito de hojiblanca y paz. En ese preciso momento supo que nada ni nadie podría destruir el regalo que había brindado a su pueblo. Ni las tormentas, ni las sequías, ni tan siquiera los mismísimos dioses.

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