135. El hechizo de amor

Noel Rolan

 

Hacía tiempo que deseaba conocer el amor, no un amor cualquiera, no un sentimiento pasajero como el de las películas que se olvida con el correr de los días, sino un amor de raíz profunda, de tierra fértil y agua clara, un amor que fuese fluido como los ríos que buscan el mar, romántico como las caricias del sol al amanecer, de miradas dulces y sonrisas cálidas que se graban en la memoria.

Desde hacía meses mi vida giraba alrededor de la búsqueda silenciosa de esa vibración. Pasaba horas meditando en diferentes lugares, como si cada espacio guardara un secreto destinado únicamente a quienes supieran escucharlo. Me sentaba en la arena de la playa, sintiendo cómo las olas del Mediterráneo acariciaban la orilla, trayendo consigo los susurros de antiguas diosas y marineros que dejaron su aliento en esas aguas. También buscaba silencio en los parques, bajo la sombra de los pinos, entre la fragancia del azahar y el canto de los pájaros. Meditar era para mí conectar con las energías elementales: la tierra que sostiene, el agua que fluye, el aire que inspira y el fuego interno que arde en el pecho.

Estaba convencida de que el amor se encuentra cuando  estás lo suficientemente enamorada de sí misma. Cuando los poros exudan serenidad y el corazón late con gratitud, el otro, quienquiera que sea, no puede evitar percibir ese resplandor y sentirlo irresistible. Si alguien desborda amor, si vibra en esa frecuencia de ternura y confianza, es natural que invite a compartir esa sensación.

En uno de esos viajes que hago de tanto en tanto para nutrirme de experiencias, visité los olivares de Valencia, en una tierra donde producen la variedad Villalonga. Fue allí donde descubrí algo que me conmovió profundamente: el método con el que extraían las aceitunas. Vi cómo sacudían el árbol con manos firmes y técnicas ancestrales, y cómo las redes extendidas en el suelo recibían con paciencia el fruto que caía, como si se tratara de un ritual sagrado de cosecha. Me sorprendió la armonía entre el ser humano y el árbol, el respeto por ese trabajo que no es sólo productivo, sino también poético. El olivo no era simplemente un ser vegetal, era un anciano cálido, un guardián que entregaba lo más preciado de su esencia a quienes lo cuidaban.

En esa inmensidad de aprendizaje me sumergí. Lo viví como si fuera una revelación, tan hermoso, tan natural, tan conectado con el placer y el esfuerzo que definen al Mediterráneo. Allí comprendí que la vida se sostiene en esa dualidad: el trabajo duro y la dulzura del fruto; la paciencia de esperar y la explosión de gozo al recibir.

Movida por esa energía, decidí llevarme una rama de olivo a mi casa. No era un simple objeto, era un talismán cargado de historia, memoria y vida. Esa rama, verde y flexible, había crecido mirando el sol valenciano, bebiendo agua de las lluvias breves y alimentándose de la roca y la cal. Era un fragmento del Mediterráneo mismo.

Un viernes, día de Afrodita, con palabras mágicas y los ingredientes adecuados, construí mi hechizo de amor como una bruja medieval que conoce el lenguaje secreto de las plantas y las estrellas.

Un hechizo de amor, pensé, no puede carecer de ciertos elementos:

  • Dos ramas de canela, una en su forma de palo y otra en polvo, para despertar la dulzura y la pasión.
  • Dos estrellas de anís, para atraer el amor en pareja, la unión y la simetría.
  • Una rosa roja, símbolo del fuego, la pasión carnal, el deseo que enciende los cuerpos.
  • Una rosa blanca, que aporta paz, ternura y equilibrio, porque en toda relación el amor necesita tanto la llama como la calma.
  • Clavo de olor, compañero aromático, que abre caminos y dulcifica lo áspero.
  • Miel, dorada y viscosa, capaz de endulzar las heridas y amabilizar cualquier dolor.

Pero mi ingrediente secreto, el que otorgaba singularidad y poder al ritual, fue aquella rama de olivo que recogí con tanto amor en Valencia.

Cuando introduje la rama de olivo en mi altar improvisado, pronuncié en voz baja:

“Por el poder de la oliva, placer de los dioses, marca registrada del Mediterráneo, tú que brindas longevidad, tú que das amor exquisito a la tierra y a las costumbres. Tú, olivar que coronas de gloria la sabiduría de los griegos, tú que alimentas y nutres con tu aceite sagrado, esencia dorada, trae a mi vida el amor que merezco.”

Repetí mis palabras con fe, con el corazón abierto como una ventana al sol:

“Gracias, hecho está. Porque así es, y así será. Así lo merezco, así lo decreto.”

Preparé una infusión con ese té cargado de hierbas, miel y el alma de la rama de olivo. Dejé que reposara, y con esa mezcla me bañé un viernes de luna creciente, bajo la promesa de que la luz que crece en el cielo también crecería en mi vida.

Después, simplemente lo olvidé. Sí, lo olvidé como se olvidan los sueños que parecen demasiado mágicos para ser reales. Seguí con mis días, con mis meditaciones, con mis actos de amor hacia los animales, las plantas y el universo. No estuve pendiente del resultado: confié.

Fue entonces cuando, en la cotidianidad más simple, ocurrió.

Aquel viernes fui al Mercado a comprar aceitunas, porque esa noche vendrían mis amigas a cenar y quería ofrecerles un picoteo digno: tomates frescos, quesos curados, pan con aceite de oliva y, claro, unas olivas exquisitas para completar la mesa mediterránea. Me encontré frente a la estantería de conservas, abrumada por la variedad. No sabía cuáles elegir: verdes, negras, rellenas, partidas, aliñadas.

Me giré para preguntar a la persona que tenía cerca, un joven que también miraba los tarros. Le pregunté con timidez si sabía recomendarme alguna. Fue entonces cuando sucedió: apenas me miró, no pudo resistir la risa. Una risa limpia, espontánea, luminosa. Yo me puse roja al instante, sentí cómo mis mejillas ardían como brasas, pero su sonrisa calmada me transmitió simpatía, un calor sereno que me obligó a sonreír también.

Me dijo, todavía con risa en los labios:
—Las mejores son estas, las hace mi familia.

Y señaló un frasco. Lo tomó con sus manos y me lo tendió como si me estuviera ofreciendo un secreto.

Yo casi morí de vergüenza, pero la ternura de sus ojos, tan tiernos y claros, y su sonrisa calmada, hicieron que mi corazón se abriera como un capullo en primavera. Fue un instante breve, apenas unos segundos en un supermercado iluminado con luces frías, pero para mí se convirtió en un recuerdo cálido, eterno, digno de un altar.

No lo volví a ver.

Pero nunca olvidaré cómo, en ese cruce de miradas, sus ojos me entregaron amor sin palabras y su sonrisa me regaló el placer de comer las olivas más deliciosas del mundo: las de su familia.

 

Desde entonces, cada vez que pruebo una aceituna, mi mente regresa a los campos de olivos. Puedo verlos extendiéndose como un mar verde sobre las colinas. Los troncos retorcidos parecen esculturas vivas, huellas del tiempo que resisten la sequía, la piedra, el viento. El olivo es la encarnación misma de la paciencia: tarda años en crecer, pero una vez arraigado, permanece siglos ofreciendo fruto.

Caminar entre olivares es caminar entre la memoria del Mediterráneo. Cada árbol guarda historias de generaciones, de abuelos que enseñaron a sus nietos cómo podar, de mujeres que recogieron aceitunas con las manos curtidas por el sol, de canciones entonadas al ritmo de la cosecha. El aire huele a tierra caliente, a hierba seca, a savia antigua.

El trabajo en el campo es duro: extender las redes bajo los árboles, sacudir las ramas con varas largas, recoger una a una las aceitunas que escapan al suelo. Pero al mismo tiempo hay belleza: las manos que trabajan con respeto, la tierra que devuelve en frutos el esfuerzo, la luz dorada que cae sobre todo al atardecer.

Y pienso que mi hechizo estaba escrito en esos campos, porque el olivo no es solo alimento, es símbolo. En la antigua Grecia era el árbol sagrado de Atenea, la diosa sabia. Los romanos lo veneraban como emblema de paz y prosperidad. Y en el Mediterráneo sigue siendo un puente entre lo humano y lo divino.

 

No sé si aquel encuentro en el supermercado fue fruto de mi hechizo o simple azar. Quizás Afrodita jugó con mi destino, quizás la rama de olivo aún guarda poder, quizás los dioses del Mediterráneo se rieron de mi timidez y me regalaron esa sonrisa como quien da un anticipo de algo más grande.

Lo cierto es que desde ese día siento que mi corazón late distinto. Tal vez el amor no llegue en un instante grandilocuente, sino en esos destellos pequeños: una mirada inesperada, una risa compartida, una rama de olivo que se convierte en talismán.

Cada noche, antes de dormir, vuelvo a agradecer:
“Gracias, hecho está. Porque así es, y así será. Así lo merezco, así lo decreto.”

Y mientras tanto, sigo bañándome en la dulzura de la vida, confiando en que el amor, como el olivo, requiere paciencia.

Porque el amor verdadero, ese que busco, es como un árbol: hay que sembrarlo, abrazarlo, cuidarlo, regarlo con gestos pequeños. Y un día, sin darte cuenta, florece y da frutos.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad