132. La pequeña aceitunera
Del pasado siglo veinte eran los años sesenta, los derechos de los niños no se tenían en cuenta.
“Sin duda, eran otros tiempos. “Tiempos de penuria” sobre todo en los pueblos pequeños, donde no había industria. Donde el jornal del hombre, que era el único que trabajaba fuera de casa, era escaso, para mantener a la familia.
Aquellas familias con seis o siete hijos, donde la madre, cuyo título era, ser ama de casa pero era la madre, la consejera, la costurera, la enfermera, cocinera y aunque fuese con las manos y saliva, te curaba, los arañazos, los rasguños, y hasta contándote un cuento, también se iba el dolor de cabeza. Con esa prole, cuando en Baeza, llegaba el tiempo de recoger la aceituna, iba el padre, la madre y la hija o hijo, mayor de diez años, todos para entrar en casa algo más de dinero. Los pequeños quedaban al cuidado de la abuela.
Once años cumplirá, la pequeña aceitunera, de esta historia.
Al alba ya se levanta, cruza olivares y lomas sube escarpadas veredas,
“La pequeña aceitunera “Camina más de una hora, tras una recua de mulas.
va al ritmo de los mayores todos motivados, todos a una andan rápido para que el día tenga alas, y mitigar el frío.
Era larga la caminata, haga frio, lluvia, viento eso no la paraliza en esos años de crisis, el año se hace muy largo. Muchos estómagos que alimentar, ropa, zapatos, que comprar y guardar algo de dinero, por si llega una enfermedad.
En los años cincuenta, y sesenta, no existía como actualmente, hay, está la seguridad social.
“La pequeña aceitunera” también lleva el dinero a casa. Al comenzar la faena ayuda a cuidar y armar y encender la hoguera. Recoge, hojas y ramas, caídas de los olivos, las que van cayendo al suelo de la criba, todo lo amontonaba y con papel de estraza, de lo que se va quedando de envolver el pan y las viandas que metieron en la capacha del día anterior, todo ese papel, pringado de la grasa del chorizo, de la morcilla, con un misto, o cerilla, los papeles, esas hojas se prendía la hoguera.
A veces, las mujeres, metían pequeñas patatas en las ascuas de la hoguera, para asarlas y simplemente con un poco de sal, se comían. También metían pequeñas piedras, para que se calentaran y cuando estuvieran templadas, calentarse las manos. De vez en cuando, Pepi, ayudaba con más palos pequeños, y más hojas, vigilando, que no hubiese grandes llamaradas, que no se incendiara lo que no tenía que arder, pero que no se apagara la hoguera.
Los hombres, empezaban a varear las olivas, de una en una, con grandes mantones, cada uno por un lado, mínimo iban tres o cuatro, al terminar de varearla, recogían el mantón, se llenaba grandes espuertas de esparto y la llevaban a cribar; que era quitar las hojas y ramas pequeñas que hubiera y todas las chinas o piedrecitas que pudieran saltar entre las aceitunas.
Las mujeres de rodillas con las manos ateridas cogiendo las aceitunas del suelo, cada una llenaba una espuerta y rodeaban la oliva, en el suelo no tenía que quedar ni una, si estaba un poco clavadas en la tierra, porque el día anterior hubiera llovido, tenían con el dedo índice, que escarbar y sacarlas.
Su cintura cimbreaba “La pequeña aceitunera” cogiendo las salteadas.
Y la voz del amo gritaba: No puede quedar ni una !coger negras y moradas!
Ya se animaba la jornada, a media mañana, el sol tibio, aparece y el aire es menos gélido, algunos hombres contaban chistes, las mujeres también se animaban.
Hay cante y chascarrillos, y para entrar en calor al aire, va una coplilla, soleá
y también una taranta. “La pequeña aceitunera” algún chiste ya contaba, era espabilada. De oír a los mayores, con sus gracejo, ella, también contaba.
Carlos, el único chico que iba, buscaba a la chica y un beso quiere robarle.Hay flirteos en estos día. Cuando suben el camino, de su vera, no se separaba. En tiempos de la aceituna, salen amores aceituneros, después, puede ser un romance, o no llegar a nada.
De nuevo, esta niña, llamada Pepi, tiene otra vez que atizar la hoguera, las manos están heladas. El reloj marca las tres, el dueño o el encargado, coge su capacha, se va acercando a la hoguera, el estomago sonaba. Ya pasó media jornada. Todos, cerca de la hoguera a comer.
“La pequeña aceitunera” abre su nueva capacha, hay chorizos, hechos hace pocos días en la matanza”.
La matanza, que resultaba como una fiesta familiar en casa y toda la familia ayudaba. Muchas familias, criaban un cerdo pequeñito, hasta que estaba grande y gordo, cuando llegaba la fecha de la matanza, alrededor del día de san Martín, a primero de noviembre. En estos días era cuando se empezaba la matanza del cerdo. Después pasaban unos días, para que se ahumarán todas las piezas de embutido y se fuesen secando y así , cuando empezaba la temporada de recogida de aceituna, que solía empezar el día nueve de diciembre, en esa fecha, ya estaban los chorizos, las morcillas, el lomo, y el tocino para poderlos comer durante la temporada.
Del cerdo se come todo y en el campo sabe a gloria. a esto se añadía, el tomate frito, que las mujeres en verano habían conservado. el carruecano, ese que el abuelo criaba en la huerta, pues eso básicamente, era la comida en el campo.
Después, de comer, los hombres liaban tabaco y fumaban un poco luego, iban a cribar la aceituna sacos y capachos se llenan limpios de hojas y tierra, y van cargando los burros, y las mulas, u otras bestias de carga.
Aún largo rato queda y cuando suena las cinco, “La pequeña aceitunera”
piensa el dinero que lleva. No es mucho, pero en su casa, como el agua de mayo, lo esperan, junto con el de sus padres, en la despensa se notará.
Cuando llega a las murallas, después de andar una hora, acompañada de las mujeres mayores y su enamorado, el chico iba a cumplir catorce años, ya casi un hombrecito, siempre que podía iba a su lado, susurrando o silvando alguna canción. Andando el camino se hace de noche, les recibe las estrellas, mientras las mujeres pensando, como continuar, por dónde empezar, los pequeños como estarán, cuanta faena les queda.
Y al entrar en su casa seguirán con la rutina…
Los niños, la cena y más. Así un día y otro día, ellas poco descansan.
“La pequeña aceitunera” también tiene que estudiar los deberes de la escuela…
Los hombres van al molino con los burros y las mulas cargadas con aceitunas
las pesan y las descargan y será el “oro liquido” y el sustento familiar, gran pilar, el aceite, es mucho más. Sirve de medicina, de cosmético, o para engrasas alguna maquinaria.
“La pequeña aceitunera” Otro día, le toca madrugar, si no lleve, suspira de cansancio un día más, ganará dinero y verá a su pretendiente.
Cada día ganaba cincuenta pesetas sabañones en las manos y en la cintura agujetas.
Más días de trabajo si hay buena cosecha, se prolongarán las jornadas,
llegará hasta la primavera habrá días soleados, y calurosos.
“La pequeña aceitunera” tiene las manos cansadas, y arañadas.
Como ayer, otro día, más, hoy da el sol de cara “Febo todo lo alumbraba”.
No hay puertas ni resguardo ¿Quién cerrará las ventanas, quien dará sombra
en la inmensidad del campo en fatigosas e inagotables y largas jornadas,
tiempos que no volverán pues con los años llegó los tractores y llegó la maquinaria, y poco a poco, la escuela obligatoria para todos los niños y niñas.
Cuanto ha cambiado la vida, mirando hacia atrás.
Al menos en países, mal llamados del primer mundo, los niños, y niñas, obligatoriamente, van a la escuela primaria, después secundaria y ya depende de la familia y las capacidades de cada persona, podrán seguís estudiando, hasta obtener un titulo superior o una carrera.
Esos niños y niñas, pueden seguir de mayores, trabajando en el campo con las labores del olivo, si eso es lo que le gusta y puede ser su medio de vida .
Así lo hizo Carlos, el enamorado de Pepi, la pequeña aceitunera . Con los años volvieron a encontrarse. Habían tomado caminos distintos, Él seguía con las labores del campo, con su maquinaria nueva, un tractor y un cariño especial por trabajar con los olivos, veía amanecer entre las ramas de los olivos.
Había heredado de su tío Carlillos, hermano de su padre. Al morir este, como no tenía hijos, le dejó a Carlos, que era su ahijado, más de tres mil olivos, y con su trabajo, esfuerzo y las buenas cosechas, le iba muy bien.
La hermana mayor de Carlos, también se había casado con un agricultor, un hombre que formaron con otros socios una cooperativa. Cuando Carlos cumplió veinticinco años, y ya libre de la mili, entró de socio en la cooperativa, pidió un préstamo en el banco, modificó alguna maquinaria, seguía trabajando. A veces se acordaba de aquella pequeña chiquilla, que a él tanto le gustaba, y quería sentarse a su lado. A veces la acompañaba y le ayudaba a llevar las espuertas llenas de aceitunas para cribar, comprendía que él era más fuerte y se sentía bien ayudándole.
Pero, después de dos temporadas que se veían aproximadamente durante dos meses, casi todos los días recogiendo aceituna. Se distanciaron.
Pepi, se fue con sus padres durante varios años a Jaén, empezó a estudiar, después trabajó como administrativa, tenía amigas, conocidos, pero también se acordaba de Carlos, no tenía teléfono y tampoco vivía en la calle donde ella sabía que era su dirección. Pasaron varios años y en una feria de san Lucas se vieron. Una sorpresa para los dos. Pero ambos corazones, saltaban y vibraban, ambos sentían mariposas en el estómago. Reanudaron la amistad, se escribían casi a diario.
Carlos, con otros amigos, había empezado a conocer chicas de su ciudad, Baeza y algún pueblo de alrededor, eran chicos jóvenes y con coche, visitaban en verano las piscinas, y las ferias por la noche, tenía amigas. Pero seguía acordándose más de aquella niña, La pequeña aceitunera.
Un día se declaró y le confesó que se acordaba más de ella que de otras chicas, con ella estaba más contento, el tiempo a su lado, era más amen. Quería hablar con su padre, para empezar una relación seria. Tu me gustas mucho, no te olvidé, le decía, eres mi princesa, mi sueño.
Al año de ser novios formales, Carlos y Pepi, se casaban en Baeza, junto a los familiares y amigos, en la parroquia de san Andrés, delante de la Patrona, La Virgen del Alcázar, de dieron el Si quiero.
Después de cincuenta años juntos, de haber criado y educado a cinco hijos,
siguieron con la cooperativa, también abrieron una tienda de regalos con aceite y productos derivados y elaborados con el aceite de oliva de su cosecha. Casi todo de la variedad Picual.
Tenían una pequeña producción de buen aceite, lo embasaban ellos y vendían en su tienda.
Pepi, siempre contenta de ser autónoma y tener su propia tienda, y colaborar con su marido y su hijo mayor, Manuel, es el hijo, que continua con la tienda. Más de cincuenta años juntos, ya felizmente jubilados, solo van a visitar las olivas alguna vez, a recordar cómo se conocieron y las penurias de aquellos años y como ha cambiado sus vidas.
Recordando, como en aquellos años tan difíciles, empezó su amor, a la sombra de un olivo. Ese que produce el oro liquido.
Da de comer a muchas familias y a otras, les da abundantes beneficios.
La provincia de Jaén con tantos millones de olivos, como decía Miguel Hernández, No vayas a ser esclava, levántate.” Lucha por lo tuyo”.



