131. El regalo

Mercurio

La señora Eugenia corta las zanahorias con más saña que de costumbre. Cuando abre el bote de las olivas, la tapa sale volando y cae al suelo. Se agacha, la limpia bien con jabón. Los ojos se le van todo el tiempo a la botella de aceite de oliva a medio usar que le ha traído el del quinto antes de subirse a la furgoneta. Enciende el televisor buscando ruido de fondo. Está nerviosa, o más bien irritada, y no entiende por qué. Ya era hora de que el vecino se mudase. No tendrá que volver a subir de madrugada para gritarle que apague la música, ni tampoco apartar con asco del tendedero los calzoncillos que el muy guarro nunca cuelga bien. Después de tantos «que me deje tranquila» y «que se largue», la señora Eugenia debería estar eufórica; pero el caso es que no lo está. El hombre del tiempo, con la mano todavía apuntando a las Canarias, se inclina ligeramente hacia delante y le susurra (solo a ella):

Es que el chico es guapo, ¿eh?

Cállate —gruñe la señora.

Apaga la tele y echa un chorro de aceite largo, quizás melancólico, sobre la ensalada.

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