127. El fantasma okupa

Jose Luis Torres

 

La señora Trinidad no tenía muy clara la decisión de comprar el olivar El Molino pese a la buena oferta hecha por su cuñada, Ramona, viuda de su hermano. La finca de olivos tenía unas cinco fanegas, colindante con otra de su propiedad y añorada durante décadas por tener acceso directo a la carretera, lo cual facilitaba la salida y entrada del tractor en la recogida de la aceituna. Poseía una casa anexa al molino ubicada junto a la ribera del rio que atravesaba la finca y transcurría de norte a sur.

– Si yo tuviera posibles, sin dudar, compraba la finca, Trini. Es una buena oportunidad y sin entrar en otras consideraciones, que nosotras sabemos, debes aprovecharla. Los olivos son los mejores de la zona, el rio pasa por ella; le das un arreglillo a la casa y al molino y te puedes ir allí los veranos a disfrutar del fresquito o alquilarla como Casa Rural.

– Mira, Eulogia, todo eso está muy bien, llevas razón, pero…  de lo otro ¿qué me dices? Yo no estoy dispuesta a que me culpen, como le viene ocurriendo a mi cuñada, de las embarazadas que produce la finca.

Llaman a la puerta, Trini se levanta y abre:

– ¡Pero qué sorpresa, pasa, Rosarito, pasa!, estamos de cháchara en el patio con mi amiga Eulogia. Bueno, tú también la conoces. Pero… ¿cuándo has llegado?

–  No me aturulles con tantas preguntas a la vez. Mira, llegué ayer noche y ¡claro que conozco a Eulogia!  A ti te veo igual que el año pasado, Trini. ¡Qué bien te conservas, pese a tus años.! Parece que el tiempo no te hace mella. ¿Dónde está Eulogia?

– Aquí me tienes, Rosarito. Ven, dame un abrazo.

– ¿Estabais criticando a la alcaldesa?

– No. Esa tiene lo suyo. Hablábamos de la oportunidad que me ha surgido de comprar la finca del Molino. – Comenta Trini. – Se murió mi hermano y la viuda, Ramona, me la ha ofrecido en buenas condiciones, pero yo no lo tengo tan claro, no me gusta el okupa que, dicen, anda por allí.

– Escucha, – le contesta Rosarito- yo no me creo lo del fantasma, eso es una mamarrachada que se han inventado para justificar lo injustificable. Ya se hablaba en el pueblo hace tiempo, aunque es verdad que más de una ha pasado por allí a ver si el fantasma le hacía un favor. Precisamente, hace unos días, fui a visitar a mi amiga Juana y la pobre estaba desolada. Me contó que su hija, salió a pasear, iba distraída con el móvil, se metió en la finca de tu cuñada y a los pocos días le dijo a su madre que no le bajaba la regla. Ahí está, ya de dos meses, llorando, sin saber quién es el padre, aunque ella diga que ha sido el fantasma.

– La verdad que me cuesta un mundo creerme lo del fantasma -dice Eulogia- ¿Cómo va a dejar embarazadas un fantasma, si debajo de la sabana no hay nada? Aunque hay que reconocer que algo raro pasa allí. Por eso no quiero insistirte Trini para que compres la finca, aunque yo sé que es una buena oportunidad, pero lo del fantasma hay que valorarlo, porque son demasiados casos de embarazadas que cuentan la misma historia. Entran en la finca sin darse cuenta y salen embarazadas, sin darse cuenta.

– Eulogia, ¿tú como sabes que no hay nada debajo de la sábana del fantasma? ¿Has tenido una relación con un fantasma? -Le pregunta Rosarito.

– No, pero eso se sabe. -Responde Eulogia. – Dicen que son energías o espíritus. Me lo contó Catalina cuyo marido es muy culto.

– No me digas eso Eulogia. Su marido se fue con ella de viaje de novios a Barcelona, a ochocientos kilómetros de aquí, y al salir, Catalina le dijo: ¡Ay, no cambies nunca, mi amor! Y él no cambió de primera y tardaron tres días en llegar. De culto nada de nada. Y si te cuento la última, vas a flipar. – Responde Rosarito.

– Ya que estamos cuéntanoslo. – Le contesta Trini.

– Os poneis tan pesadas y os lo voy a contar. -Dice Eulogia- Sabéis que adoptaron un niño chino de dos meses… sí, un niño de China. Pues el “culto”, como tu le llamas, se apuntó a una academia para aprender chino y enterarse de lo que pediría el niño, cuando hablara. ¿Qué te parece?

 

– Bueno, vamos con lo que nos interesa. -Dice Trini- Dejemos a Catalina y hablemos del fantasma. – Yo soy una mujer decidida y creo que estas cosas hay que resolverlas cuanto antes aunque nos dé repelús, pero si me acompañáis estoy dispuesta a ir y desenmascarar al fantasma, o lo que sea. Me llevo la escopeta de mi marido, que en paz descanse, aunque la dio de baja la Guardia Civil, pero de noche todos los gatos son pardos y comprobamos lo que ocurre.

– Pero Trini -contesta Rosarito- no te enaltezcas tanto por lo que te dije cuándo te saludé. Con todos mis respetos, no estamos para que nos beneficie el fantasma, está claro que ya no somos jovencitas.

– Que sepas, Rosarito, más de uno está por mis huesos, y me tira los tejos cada vez que paso por la puerta de su tienda. No estaré tan mal, digo yo.

– No te pongas así -le contesta Rosarito- Hay que asumir que ya no somos mozuelas. Dice un proverbio Chino que hay que colaborar con lo irremediable y yo soy la primera que lo hago. ¿Que me sale una arruga?  Me la quedo. ¿Que me dan sofocos?, me abanico…

– Hablando de enfermedades, ¿os habéis enterado de lo que ha pasado en el funeral del cardiólogo? ¿No? – Pregunta Eulogia. – Pues os lo voy a contar. Como sabéis, a ese hombre lo quería todo el mundo y en especial sus pacientes, bueno, pues, cuando lo estaban arreglando para colocarlo en el féretro, llegó una comisión de vecinos y empezaron a ponerle corazones y más corazones, después, lo sacaron a la calle y lo llevaron en andas hasta la Iglesia y todo el mundo aplaudía a su paso, igual que en la procesión de San Benito. Ha sido muy emotivo.

– Contesta Trini- Está muy bien, pero… cuando se muera el ginecólogo, ¿qué le van a poner? Me digo yo.

– Trini, le pondrán flores u…otra cosa, no seas mal pensada. -Responde Rosarito.

– La gente es muy exagerada – dice Trini. – Me contó Dolores lo que le pasó en su última visita al ginecólogo. Escuchad: resulta que le habían dicho que a veces vale más un abrazo que el dinero, ella, inocente, cuando terminó de explorarla le dio un abrazo y éste le pidió los 150 euros de la consulta. ¿Qué os parece el maleducado ese?

– Trini, tendrá que comer ese hombre. Los abrazos están muy bien pero no va a vivir de los abrazos. Ese es su trabajo. -Responde Eulogia.

– Ya, ya, pero a ver si ese es el fantasma del Molino que las embaraza para que luego tenga que atenderlas en su consulta. A mí me dan un abrazo como el de la Dolores y me echo a llorar de emoción.

– Tú es que eres muy sentimental. – afirma Eulogia. – ¡Venga!  Vamos a lo nuestro. La visita al fantasma, ¿sí o no.? Tú que dices Rosarito.

– Yo… que sí. Me llevo la garrota de mi marido y a ver si se atreve a atacarnos.

– ¿Cómo te va a atacar a ti con sesenta años más los que te quitas? – Le responde Trini.

 

Después de una larga discusión decidieron, de común acuerdo, ir esa noche al encuentro con el fantasma.

Trini, armada con la escopeta, cuyos orificios en el cañón la hacían inservible como arma, Rosarito con la garrota de su marido y Eulogia, con una sábana sobre la cabeza, con dos agujeros para la visión y cogida al moño con imperdibles.

El plan trazado era entrar a la finca siguiendo el curso del rio para atacar al fantasma por la espalda, porque lo más probable es que estuviera en la parte alta, junto a la cancela de entrada, esperando la visita de una incauta mozuela.

Andaban jadeantes entre los olivos por la dificultad que suponía la inclinación del terreno. Entre ellas se animaban, quizás para aliviar el miedo que las atenazaba.

Cuando estaban a punto de abordar el último tramo de la cuesta, acordaron distanciarse una de otra diez metros aproximadamente.

Eulogia, que no llevaba sus gafas, le pareció ver una sombra sentada sobre un pretil, sin pensarlo dos veces, se acercó y de un brinco se colocó frente al llamado fantasma, extendiendo los brazos, cual molinillo, éste, asustado, salió corriendo, con la desgracia de encontrarse de frente a Rosarito, quien ni corta, ni perezosa, levantó la garrota y le arreó un mandoble que lo tiro al suelo.

Las tres heroínas se situaron en corro para ver al yacente fantasma. El pobre no paraba de gemir, balbuceando socorro y lanzando improperios a diestro y siniestro. Eulogia, se quitó la sabana que le cubría el cuerpo, tomó el móvil y dirigiendo la luz de la linterna sobre el caído, gritaron al unísono: ¡Oh, no puede ser!

Rosarito, se agachó y llorando le pidió perdón, al tiempo que le reprochaba su comportamiento. Él, con la boca torcida por el mamporro y la nariz sangrante, indignado, le dijo:

– ¡He venido a cazar conejos porque hay Luna llena.!

– ¿Pero, tú no eres el fantasma? -Le pregunta Rosarito.

– ¡Noooo. Soy tu marido! ¡Te dije que me iba de caza!

Y ella, con voz trémula, le contestó:

– Es que yo de noche no veo bien.

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