125. Cinco sentidos

Tres Tristes Tigres

 

En aquel amplio salón, de entre tanto manido clavel bermellón en la solapa, quien destacaba, sin duda, era él, con su ramita de olivo en el ojal de su chaqueta.

Sin artificios ni postureos, se mostraba natural, y en estos tiempos de maravillosos empaques, pero envoltorios vacíos, aumentaba más aún su sincero atractivo.

Cuando sus miradas se cruzaron, sus ojos color oliva irradiaban tal pureza que hizo estremecer todo su cuerpo y, sin miedo a admitirlo, se supo rendida a sus pies.

Desde aquel preciso momento sólo deseó una cosa: que la envolviera entre sus brazos mientras degustaba el sabor de su boca…, quizás frutado…, tal vez picante…, quizás amargo…

Ensimismada en sus anhelos más atávicos, no se percató de su proximidad hasta que su fragancia, ese olor fresco, suave y delicioso, la devolvió de sus ensueños.

Estaban tan pegados que el único movimiento que cabía era un abrazo, así que se dejó llevar y se fundió con él apasionadamente.

Cuando a la mañana siguiente despertó en la habitación de aquella antigua almazara convertida en hotel rural, escuchando los sonidos de los olivares cercanos, se sintió dichosa y sorprendida: nunca imaginó que aquella experiencia de oleoturismo pudiera elevarla tan alto.

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