123. Óleo

Justo de la Cruz Palacios

 

El dolor le quemaba las entrañas. Los médicos le habían dicho: «Solo unos días… ». Entre jadeos, sus dedos temblorosos buscaron la Biblia. Las páginas se le resistían, como si el tiempo mismo le escatimara segundos de vida.

Hasta que un pasaje lo detuvo:

La paloma regresando con una hoja de olivo. (Génesis 8:11).

Un escalofrío le recorrió la piel. El olivo. El mismo árbol que acompañara a Cristo mientras rogaba: «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa… » (Mateo 26:39).

—Cristo… Ungido… Aceite —musitó, mientras la revelación le iluminaba la mente como un relámpago.

Con un esfuerzo sobrehumano, arrastró su cuerpo hacia la cocina. Allí, entre vinagres y especias, brillaba una botella de aceite de oliva virgen extra, regalo de su madre fallecida. «Para lo importante», le decía ella.

Las lágrimas nublaron su vista cuando hundió el índice en el líquido dorado. Era espeso como la fe, cálido como una promesa. Dibujó la cruz en su frente, diciendo:

—En el nombre del Ungido, del que aplastó la serpiente, del que venció la muerte…

Entonces, el milagro lo alcanzó: se vio en Tierra Santa vistiendo túnica. El AOVE salva algo más que el cuerpo.

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