122. Forasteros y Caliches
Noviembre de 1942
La decisión
El invierno había sido suave y lluvioso, la primavera concedió cortos e intermitentes periodos de generosa llovizna, el verano se comportó como cabía esperar y un otoño que venía siendo templado y moteado de lluvias finas y esporádicas se estaba mostrando ahora frío, muy frío.
Sebastián temió que la climatología persistiese, o incluso empeorase, y una fuerte helada afectase a la aceituna. Hacía dos días, en su última visita a las olivas para revisar la evolución del fruto, había podido comprobar el excelente resultado de este año. Quizá el clima ha contribuido, pensó, o también el esmero y el mimo en el cuidado de la tierra y el olivo durante toda la temporada; quizá todo en su conjunto. Lo cierto es que la mera contemplación de la aceituna verde engrosada y los incipientes tintes violáceos invadiendo tímidamente algunos frutos infundió en él una profunda sensación de autocomplacencia, de merecida recompensa y buen augurio, levemente ensombrecida por el temor de que la imprevisible naturaleza le arrebatase lo que tanto trabajo le había costado conseguir.
Tomó entonces una aceituna entre sus gruesos y endurecidos dedos, sacó una navajilla del bolsillo trasero de su envejecido pantalón y, habilidosamente, realizó un corte circular siguiendo el perímetro de la oliva por su parte central. El hueso ofreció la resistencia que esperaba y la pulpa quedó dividida en dos, unida todavía al hueso. En una secuencia de movimientos rápidos y perfectamente coordinados, cogió una mitad de la aceituna con sus dedos índice y pulgar de la mano derecha y la otra mitad con los mismos dedos de la otra mano e hizo girar en sentido contrario cada una de las partes de la pulpa, como si estas estuviesen unidas a rosca. El hueso emergió limpio, verde y húmedo, desprotegido ahora, desnudo por primera vez ante el sol y el aire de los que lo resguardaba la tersa y verde pulpa. Decidió entonces que había llegado el momento de empezar.
La taberna
Era el tema de conversación más frecuente en la cueva del Tempranillo, donde Sebastián solía recalar cuando regresaba a casa las tardes que llevaba a la borrica a abrevar a la parte alta del pueblo.
—¿Cuándo empiezas tú? Los molinos ya están recibiendo, esperan un invierno largo.
—Mañana, Dios mediante. Ponme un vinillo para ir preparando el cuerpo —respondió Sebastián al tabernero, a quien apodaban el Tempranillo.
—¿Vas a ir con don José? Está pidiendo manos para recoger todo lo que se le viene encima este año —inquirió con interés el Tempranillo a la vez que, con ágiles movimientos armónicamente acompasados y sin dejar de mirar un solo instante a su interlocutor, alcanzaba con su mano derecha una botella transparente de boca ancha cegada con un corcho envejecido, recogía del estante —casi simultáneamente— un vasillo chato con su mano izquierda y, coordinando el vuelo de ambos brazos, vertía parte del contenido de la botella en el vaso antes de que este quedase definitivamente apoyado sobre la barra a disposición de Sebastián.
—Claro, cuando acabe con las mías me empleará don José; no me queda otra. Mi Francisco y mi Modesto me ayudarán, que mi Dolores no está para esfuerzos.
La taberna, que así llamaban a aquella cueva recuperada de las entrañas del monte en la ladera del cual se dejaba caer el pueblo, era oscura y fría —fresca en verano— pero albergaba la calidez que a un aceitunero, padre de familia numerosa, podía confortar. Sebastián siempre echaba un vistazo, antes de entrar, a los burros que había amarrados del dogal a las argollas para anticipar temas de conversación y prevenir estériles discusiones en las que nunca —o casi nunca— participaba. Era un hombre parco en la conversación, trabajador y tranquilo, aunque vigoroso en el obrar, algo rudo en el trato y, como tantos otros entonces, atribulado por tanta miseria que siguió a aquella maldita guerra que solo sirvió para desatar el odio contenido y que había imprimido a su carácter un modo de aflicción permanente que había traspasado su ánimo y se había fijado para siempre en su mirada.
Sebastián tomó un trago largo de vino echando una ojeada a la taberna. Posó su mirada en Serafín, que estaba sentado a una de las tres mesas del local jugando al dominó. Sin soltar el vaso se acercó a él.
—Me dijo mi Dolores que tienes a la cría mala —le dijo Sebastián con expresión y tono que denotaban cierta preocupación y condolencia.
—Pues sí, ayer fuimos otra vez a Jaén y le hicieron más pruebas —con voz quebrada de dolor pudo continuar—. La semana que viene nos dirán algo más.
Serafín se levantó y cedió su asiento a quien quisiera sustituirle; nunca faltaban voluntarios para unirse a la partida. Se apartó unos pasos de la mesa cogiendo a Sebastián de su brazo derecho amigablemente, invitándole a separarse del resto para continuar la conversación.
—Otra vez vinieron ayer de madrugada —prosiguió Serafín casi susurrando y con una inflexión de voz que rezumaba, sin pretenderlo, fastidio, tristeza y preocupación.
—¿Les dejaste entrar? —preguntó Sebastián con impaciencia.
—No pude hacer otra cosa. Eran dos y estuvieron esperando a que encendiese la luz. Antes de empezar a meter la leña en el horno ya estaban llamando a la puerta, primero con golpes suaves y después aporreándola. Mis hijas y mi Consuelo estaban dormidas y tuve que abrir para que no las despertasen; imaginaba que eran ellos otra vez. Les dije que no entraran, pero me empujaron, se metieron dentro y cerraron la puerta.
—¿Y qué querían? ¿Otra vez comida y vino?
—Sí, entraron en la tienda y cogieron comida, agua y vino. Todo lo que pudieron meter en las bolsas que traían. Me dijeron que no querían hacerme daño, que ya les conocía, pero que necesitaban de nosotros para sobrevivir. También se llevaron el poco pan que había sobrado del día anterior.
Solo interrumpía su conversación con Sebastián para corresponder brevemente a las muestras de apoyo de algunos de los vecinos que se iban incorporando al vespertino calor tabernario; como ante el callado y sentido abrazo al que Serafín respondió con un «gracias, Jesús» sincero y entrecortado. Inmediatamente después, recuperando el aplomo con una profunda y lenta inspiración que inundó sus pulmones de aquel aire viciado de la cueva, retomó el tono de confidencia para dirigirse nuevamente a Sebastián.
—Les pedí por favor que no volvieran a venir, que me iban a buscar la ruina. Les conté lo que estamos pasando mi Consuelo y yo con mi pequeña; les dije que estábamos yendo a Jaén a tratarla y que no podía con más problemas.
—¿Y qué te dijeron?
—Que no lo sabían, pero que no me preocupara —respondió Serafín con una expresión que traslucía una incierta mezcla de alivio, resignación e impotencia.
—¿Los reconociste?
—A uno de ellos sí, se bajaron la bufanda dentro del horno. Era el hijo de Avelino, el mayor. Él fue quien me dijo que no me preocupara.
—A ver si entra en razón. Bastante carga lleva ya su familia con él… ¡Pobre Avelino!
La primera partida de dominó de la que se había ausentado había acabado y el nuevo jugador le preguntó a Serafín si quería recuperar su puesto. Mostrando una expresión de agradecimiento por la deferencia, Serafín miró al resto de jugadores y se disculpó por rechazar el ofrecimiento. Mudó nuevamente su expresión facial al recuperar la mirada de Sebastián y prosiguió adoptando cierto tono de súplica.
—Por Dios, Sebastián, no digas nada de esto a nadie.
—Confía en mí —respondió mientras le echaba el brazo izquierdo por encima de los hombros y le llevaba amistosamente hacia la barra para pedir dos vinillos más.
La casa
Eran ya pasadas las ocho de la tarde, noche cerrada y fría, cuando Sebastián llegaba a casa; una humilde edificación de tres plantas contenidas en una estrecha fachada. La puerta de entrada, de madera y de doble hoja, era lo suficientemente alta para permitir el paso del animal, que accedía a la planta baja salvando un escalón de irregular altura debido a la pronunciada pendiente de la calle. La borrica, que ya llevaba unos años formando parte de la familia, había aprendido a levantar más su mano derecha al entrar en la casa para salvar la mayor altura del lumbral en ese lado. La secuencia era una rutina invariable: Sebastián, sin soltar el dogal, abría las puertas de par en par, se situaba en la acera junto a la borrica y chascaba la lengua dos veces a la vez que golpeaba levemente la grupa del animal. Este iniciaba el paso y accedía al interior manteniéndose en todo momento sobre la estrecha hilera de baldosas centrales —diferentes del resto del pavimento— que conducía directamente al corral. Entonces Sebastián cerraba la puerta y la aseguraba con dos vueltas de llave. La llave, con empuñadura formada por tres pequeños aros unidos tangencialmente, ribetes y adornos gruesos, brazo largo de considerable calibre y paletón con múltiples muescas irregulares, la colgaba en una alcayata clavada en la jamba izquierda del interior de la casa.
La planta baja de la casa olía a animal, especialmente cuando la puerta que daba acceso al corral se quedaba abierta o cuando la borrica transitaba por ahí para entrar o salir. La estancia estaba dividida por una pared que separaba esa zona de tránsito de una pequeña sala de estar que se utilizaba como comedor familiar, aunque su insuficiente tamaño permitía con dificultad la permanencia simultánea de todos los miembros de la familia. Desde ese comedor se accedía a la habitación de Sebastián y Dolores.
La cocina, diminuta y atiborrada de los enseres necesarios para nutrir ocho —en breve nueve— estómagos, estaba situada fuera, en el corral. A lo largo del pasillo del corral también se accedía a la cuadra de la borrica, a un cuarto pequeño de aperos y a la letrina.
En la planta superior había tres cámaras. Una de ellas se utilizaba como dormitorio de los tres hijos, la otra era el de las tres hijas y la tercera, con una falsa ventana ubicada sobre el corral, se utilizaba como pajar. En esta última cámara estaba el sempiterno bidón que contenía el aceite de oliva de la cosecha del año, del que, con un recipiente metálico de menor tamaño emplazado siempre en el interior del caldero de la matanza colocado junto al bidón, se iba extrayendo el aceite para el uso cotidiano.
La familia
«Va a ser una mañana dura», pensó Sebastián. Eran las cuatro y media de la madrugada. El silencio dentro de la casa era absoluto, aunque en la calle se escuchaban algunas voces apagadas y el inconfundible sonido de los cascos de las bestias que ya iban de camino al campo.
—¿Avisaste de que Modesto no iría a la escuela en unos días?
—Sí, pasé ayer a decírselo a don Miguel cuando volvía de la comadrona.
Dolores era una mujer vivaz y resolutiva. De talle enjuto y mediana estatura, culminaba siempre el peinado de su fino pelo entrecano en un moño a la altura de la coronilla. El pelo tan minuciosamente recogido dejaba la totalidad de su rostro despejado, confiriendo un singular protagonismo a su nariz aguileña y a su característica mirada grisácea, firme y penetrante, que acompañaba a su mal genio sin desmerecerlo.
Su indomable dinamismo le permitía llegar a todo cada día, pero ahora su avanzado estado de gestación había ralentizado considerablemente su actividad. El parto estaba previsto para principios de marzo, según las cuentas que había hecho la comadrona, pero esta le había recomendado ya un poco de pausa y, por supuesto, no ir a recoger la aceituna este año.
Dolores colocó en el centro de la mesa camilla del comedor familiar un puchero humeante que desprendía un agradable olor a café, volvió a la cocina a buscar el pan y el cuenco con el aceite de oliva y se sentó a la mesa para desayunar con Sebastián. La gruesa y afelpada falda de la mesa camilla conservaba el calor atenuado del rescoldo contenido todavía en el brasero.
—Pues me dijo Consuelo que tiene el pálpito de que va a ser otra niña.
—En fin, ya veremos. No nos adelantemos. Sea lo que sea que venga bien —respondió Sebastián.
Desayunaron en silencio, compartiendo la hogaza que Dolores había traído del horno de Serafín y Consuelo la tarde anterior, cuando fue a buscar las brasas para el brasero. La miga de aquella hogaza, blanca y compacta, admitía y retenía todo el aceite de oliva que se vertiera sobre ella. En el silencio de la madrugada, compartiendo el café de puchero y buenos repizcos de aquel untuoso pan, Dolores rememoraba otras madrugadas en las que, como esta, se preparaba para empezar la recogida de la aceituna.
La escarcha en la superficie de la tierra crepitando a cada paso bajo las albarcas, las voces de la gente del campo acompasando movimientos, el sonido seco e intermitente del vareo, el goteo constante de la aceituna al caer sobre los mantos, los dedos ateridos, el oleoso aroma del fruto, el tacto áspero del esparto, los rebuznos de queja destacando sobre el monótono sonido del arrastre de los fardos, capazos, espuertas, sacos y aperos, el golpeo metálico de la criba… todo eso que ahora resuena en su conciencia con tintes de inconfesable remordimiento cuando piensa en su Modesto.
Aniquilando el silencio y arrebatando la atención de Dolores de forma súbita, Sebastián se puso en pie como un resorte y espetó:
—Despiértales ya mientras voy preparando la borrica y los trastos.
La recogida
La borrica enfiló la calle abajo con la mirada fija al frente y las orejas erguidas, atenta a la tensión del dogal que sostenía Sebastián y afianzando sus manos en cada paso para contener el efecto aumentado que la pendiente de la calle provocaba sobre el peso que cargaba en su lomo.
Las alforjas, en las que se amontonaban espuertas, sacos, fardos, varas y víveres necesarios para la tarea que les esperaba, cubrían en su totalidad el lomo de la borrica y parte de su grupa. Sentado sobre la mantilla, agarrado a las crines, la espalda apoyada sobre la carga y mecido por el vaivén armonioso del andar lento y cauto de la borrica, Modesto se sentía mayor por primera vez, sin saber demasiado bien cómo se recogía aquel fruto que había defendido con su tirachinas en tantas ocasiones de la voracidad de los zorzales.
Ni rastro del amanecer todavía cuando Sebastián, Francisco y Modesto, este todavía sobre la borrica, pasaban entre las casas que flanqueaban la última calle del pueblo. Justo ahí, cuando tomaron la carretera del cementerio dejando atrás la última casa, se unieron a una fila de borricos y mulos, con sus lomos apretados por la carga, guiados también por aceituneros. Junto a ellos recorrerían el largo trecho que aún quedaba hasta alcanzar aquella casi inaccesible ladera que Sebastián había recorrido ya mentalmente en varias ocasiones desde que se despertó esa madrugada.
El Martillo
Al abandonar el trazado de la carretera, la querencia conduce a la borrica a un abrevadero construido en el margen de un camino ancho que lleva a un cortijo. Sebastián suelta el cabo del dogal sobre el lomo de la borrica, ayuda a Modesto a bajar y, con una palmada cómplice sobre su grupa, concede al animal el momento que este reclama, antes de enfilar la empinada vereda que acomete sin rodeos el desnivel que todavía les separa de las olivas.
Esa vereda les conducirá a la linde del Martillo, que así llaman a las setenta y seis olivas viejas que ocupan un escarpado espacio en la ladera de un cerro anónimo.
—Ya estamos, Francisco. Quítale el peso a la borrica y prepara todo. Vareamos tú y yo, tu hermano recogerá la aceituna —dispone Sebastián mientras se aleja unos pasos ladera arriba hasta alcanzar la cota más alta del Martillo.
Permanece allí, inmóvil y solo, casi ajeno al discorde sonido —levemente atenuado por la distancia— de las voces infantiles debilitadas por el rumor del lento y dificultoso arrastre de los aperos. Yergue ligeramente la cabeza y dirige la mirada hacia la finísima y tenue línea de luz que aparece ya definiendo tímidamente el horizonte y que, paulatinamente, esclarecerá y alineará las onduladas, verdes e infinitas hileras de frondosos y fecundos olivos cuyo fruto, como cada año, proporcionará el único sustento seguro, testigo siempre fiel de la precariedad y escasez de esta severa y cruel posguerra.
Francisco se acerca a Sebastián despacio, respetuosamente. Alza su mirada sumisa y se dirige a él con cierta prudencia.
—Ya está todo preparado, padre.



