121. Oro en ruinas

Bernie TGN

 

Hoy el universo, en un alarde de sadismo, me pasó factura con intereses. La mañana arrancó con mi mujer, solemne como actriz de tragedia griega, declarándome que “necesita tiempo”. Tiempo, claro… para salir corriendo con sus maletas.

Camino al trabajo, un atasco colosal: patrimonio nacional de la desesperación. Allí, entre cláxones histéricos, un iluminado estrenó mi parachoques como si fuera atracción de feria. Y cuando por fin alcancé la oficina, mi jefe me comunicó mi despido: con mi sueldo, dijo, mantienen a dos becarios y aún sobra para el café. Magistral cátedra de economía carroñera.

Busqué refugio en la amistad, pero mis amigos parecían novicios en un monasterio de silencio perpetuo. En su lugar apareció mi madre, oronda de convicción, para anunciar que abandona a mi padre y se instala conmigo, armada con chantajes emocionales de calibre nuclear.

De regreso a casa, derrotado, hallé mi salvación en lo único incorruptible: pan crujiente y AOVE de Jaén. Oro líquido, bálsamo contra la mediocridad, dios embotellado que ennoblece hasta la miseria. Lo degusto en mi terraza madrileña y descubro la revelación definitiva: todo se desmorona, sí, pero con aceite hasta la más obscena catástrofe resulta deliciosamente soportable.

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