117. Rehén
Isabel para el zumbido del despertador. Se levanta. Corre los visillos y abre la ventana como cada mañana. Una ligera brisa parece darle los buenos días. Descuelga el teléfono para llamar a su hermano.
Suena el teléfono en la finca olivar V. CASTRO en plena Campiña de Jaén.
─¿Diga?
─Vicente, felicidades, hoy cumples un año más.
─Sí, Isabel pero solo son 77 ─contesta sonriendo─. Ya sabes, la almazara me mantiene joven, aunque ahora es Álvaro quien la está impulsando internacionalmente. Hoy y mañana esta en Barcelona tenemos un stand en la Feria Alimentaria. Luego cogerá el Ave hacia Madrid para cerrar un contrato con una cadena de supermercados.
─¡Estoy orgullosa de mi sobrino! ¡Hasta pronto y cuídate! ─dice Isabel despidiéndose.
Son las 22: 35 h en Barcelona.
─¡Ahí está, ese es! ─dice Bruno al verlo salir del restaurante después de cenar.
─¿Estás seguro? ─responde Mario.
─Conozco a este cerdo hace mucho tiempo, ¡me ha despedido! y lo pagará caro, tiene mucha pasta, es el hijo de Vicente Castro, ya sabes la gran almazara.
─¡Rápido haz la señal! ─Bruno saca de su bolsillo la gorra blanca y se la coloca firmemente para alertar a la furgoneta negra aparcada a unos metros. Traspasan la calle y caminan tras él, que se detiene para encender un cigarrillo y tomar una calada. Exhala el humo hacia arriba cerrando los ojos, relajándose, a sido un día estresante. Comienza a caminar de nuevo hacia el hotel cercano sin advertir que lo están siguiendo. La calle permanece silenciosa a esas horas de la noche. Disminuye el paso al ver en la acera de enfrente un fox terrier parecido al suyo, marcando con su orina lo que cree es su territorio particular. Su dueño va unos pasos atrás con la correa extensible.
Al ver la señal de Bruno colocándose la gorra blanca, la furgoneta arranca el motor, enciende las luces y lentamente se acerca hasta situarse a su lado. Sin dar tiempo a que reaccione, Bruno y su compinche se abalanzan sobre él poniéndole una capucha negra y a empujones lo introducen en la furgoneta que chirriando los neumáticos arranca a toda velocidad. Con el forcejeo, el cigarrillo y el maletín caen al suelo sin que se percaten los secuestradores, excepto el fox terrier que lanza unos ladridos, su dueño se gira y ve alejarse la furgoneta a toda prisa. Al quedarse sorprendido se queda mirando y ve sobre el asfalto un maletín de cuero. Se acerca con curiosidad, al abrirlo encuentra información de la feria Alimentaria sobre aceites de oliva, varios presupuestos de compra, un billete del Ave a Madrid, una cartera con la documentación y ciento veinte euros que rápidamente se guarda en su bolsillo. Al seguir escudriñando todos los departamentos del maletín…
─¡Sorpresa! ─dice al encontrar un iPhone, que no duda en quedárselo. El DNI y el carnet de conducir los introduce en un buzón de correos, el maletín lo deja bien puesto sobre la acera y continúa el paseo nocturno con su perro.
En el interior de la furgoneta no cesan los gritos y pataleos.
─¡Nadie te va a oír! ─le dice Mario amenazándole─. Todo saldrá bien si tu familia colabora.
─¿Mi familia? ─grita desesperadamente─. ¡Qué pasa con mi familia! ¡Quienes sois! ¡Qué queréis!
Bruno permanece en silencio, no quiere que le reconozca la voz.
Mario le registra los bolsillos buscando su documentación sin encontrarla.
─¿Dónde tienes la documentación?
─¡En el maletín!
─¡Qué maletín! ─contesta furioso Mario
─¡El que se cayó al empujarme! ─Mario y Bruno se miran contrariados llevándose las manos a la cabeza.
─¡La policía lo encontrara! ─grita el rehén.
─¡Mejor te callas! ¡El plan continúa intacto! ─responde de mala gana Mario.
─¡Os habéis equivocado de persona! ─grita de nuevo.
─¿Pero entiendes de aceites de oliva, verdad? ─contesta Mario soltando una carcajada.
─¡Sí, pues claro! ¿Y qué tiene que ver esto? ─dice moviendo la cabeza de un lado a otro con intención de quitarse la incómoda capucha.
La furgoneta continúa el trayecto por las calles de Barcelona.
─¿Puedes ir más rápido? ─le dice Mario a Lucas el conductor.
─¡No querrás que me salte un semáforo! ─contesta refunfuñando.
─¡Pero a donde me lleváis! ─grita el rehén.
El reloj marca la 1.30 horas cuando la furgoneta se detiene en una estrecha calle del barrio de la Barceloneta. Mario abre la puerta lentamente mirando en todas direcciones antes de salir, nadie anda por ahí.
─¡Como grites te parto la cabeza! ─le dice al aturdido rehén entrándolo en el cochambroso local que tiene alquilado para sus trapicheos en el que ha habilitado una pequeña habitación. Un colchón en el suelo, una desangelada mesa con una botella de agua mineral, dos sillas de madera, una bombilla que cuelga del techo y un cubo metálico a modo de WC completan el mobiliario.
─Hasta mañana le dice cerrando la puerta. ─se hace el silencio y los tres individuos desaparecen con la furgoneta. Un rayo madrugador penetra por la reja de la estrecha ventana de la habitación despertando al rehén en su primer día de cautividad. Con un fuerte chirrido se abre la puerta, es Mario enfundado con un pasamontañas para no ser reconocido dejando en el suelo un plato con una triste madalena junto a un café en vaso de plástico. Sin dar los buenos días Mario cierra de nuevo la puerta.
─¡Todavía no sé por qué estoy aquí! ─grita desde el interior de la habitación dando golpes en la puerta con el puño cerrado.
Bruno sonríe al oír los gritos. Entrega a su compinche una cámara polaroid y el periódico del mismo día que traía en su mochila. Sin dilación Mario abre de golpe la puerta, el rehén, intimidado por su corpulencia va dando pasos hacia atrás hasta topar su espalda con la pared.
─¡Toma el periódico te voy a hacer una fotografía! ─le ordena Mario.
Con temor coge el periódico y se lo acerca al pecho, lo ha visto en las películas de secuestros.
─¡Súbelo un poco más! ¡Así está bien, no te muevas! ─Mario dispara la polaroid. A los pocos segundos sale la fotografía y lentamente aparece la imagen.
─Bien ─dice mirándola satisfecho─ el encuadre es perfecto, se ve bien la cara y la fecha del periódico, no hay duda ─concluye diciendo al salir de la habitación.
─¿Es un secuestro? ─grita de nuevo el asustado rehén.
A unos ochocientos kilómetros aproximadamente de distancia, el sol de primavera acaricia las extensas hectáreas de olivos de la finca V. CASTRO. Vicente está pletórico, está convencido que la próxima cosecha será prometedora.
─Hoy vienen los importadores japoneses a hacer una cata ─le dice a Carmen mientras se ajusta el nudo de la corbata sin mucho acierto. Carmen, sonriendo se acerca a él.
─¿No aprenderás nunca cariño? ─le dice enderezando con su mano el nudo y dándole un beso─ estas muy guapo, los japoneses se van a impresionar.
─Bueno, espero que les impresione más nuestro aceite. Por cierto ¿ha llamado Álvaro?
─Hoy no, está atareado en Alimentaria. Después cogerá el AVE a Madrid, tiene reunión con un centro comercial.
Mientras en Barcelona, Mario escribe con su torpe letra la dirección de la Hacienda V. CASTRO en el sobre que contiene la fotografía del rehén junto a una intimidante nota con indicaciones dirigidas a Vicente Castro.
─¡Ya lo llevo yo! ─dice eufórico Bruno saliendo a toda prisa en busca de un buzón de Correos, comienza el siniestro viaje de la carta hacia la hacienda de Vicente.
─¡Hasta cuando me vais a tener aquí! ¡Os repito que tiene que ser un error! ─grita el rehén desde el interior de la pequeña habitación. Mario enfurece abriendo de golpe la puerta y saca de su cartera una foto que le ha hecho Bruno disimuladamente al salir de Alimentaria.
─¿Este eres tú? ─le pregunta alzando su ronca voz y entregando la foto al asustado rehén. Las pupilas de sus ojos se dilatan como las de un camaleón al reconocerse en ella entre medio del público de la feria.
─Sí, soy yo… pero…
─¡Pues quédatela! ─responde Mario saliendo de la habitación frunciendo el ceño y dando un portazo.
En el interior de la estrecha habitación, el rehén se queda atónito mirando fijamente la foto y aumentando la confusión.
Vicente con el nudo de la corbata perfecto se enfunda la americana poco habitual en él. Los japoneses están al llegar y Carmen camina por el pasillo hacia el comedor donde está el teléfono para llamar a su nuera.
─¿Diga?
─Hola María, soy Carmen.
─Hola Carmen, ¿cómo estáis?
─Por aquí bien, Vicente está esperando a unos importadores japoneses que vienen a hacer una cata, ¡este hombre no para nunca! ¿Has hablado hoy con Álvaro?
─No. Me llamó ayer al mediodía desde Alimentaria, está entusiasmado con los nuevos contactos, esta noche tiene una cena con su mejor cliente. El jueves a primera hora coge el Ave, lo espera en Madrid el director de compras de un centro comercial. Me llamará desde allí.
─Bien María, ¡ah, por cierto! ¿Cómo le va a mi nieta?
─A Marta le gustan más los edificios que los olivos, este ya es el último curso de arquitectura.
─Y… ¿Hay algún noviete a la vista? ─pregunta Carmen soltando una carcajada.
El mamarracho de Bruno, la estaba acosando y Álvaro no ha dudado en despedirlo porque además le gustaba más el vino que el aceite.
─Vaya… dime algo cuando llame Álvaro, adiós María ─dice colgando el auricular.
Vicente ofrece la copa de cata azul tapada con el vidrio de reloj a Hiroshi Hamasaki para que deguste su aceite virgen extra. Hiroshi calienta con su mano derecha la copa moviéndola para impregnar las paredes. El intérprete traduce las impresiones del japonés.
─Olor intenso al destapar… En boca, afrutado…hierba recién cortada… tomate…amargor leve… retrogusto picante medio y agradable…
Vicente se emociona al oír y ver la cara de satisfacción de Hiroshi.
Son las 16 horas. Carmen llama a su nuera.
─Hola María, ¿te ha llamado Álvaro?
─Todavía no, estará muy liado, lo llamaré cuando esté alojado en el hotel en Madrid.
─Bien María, ya me dirás algo cuando hables con él.
En Barcelona el rehén no da crédito a lo que está sucediendo. Continúa observando la fotografía con estupor dando pequeños pasos de un lado a otro de la estrecha habitación. Solo lo acompañan el graznido de las gaviotas que oye a través de la pequeña ventana inalcanzable por su altura, eso le da a entender que esta cerca del mar, quizá en la Barceloneta.
─¿Cuándo llegará la carta? ─pregunta nervioso Bruno a su colega.
─Calculo que quizá el jueves, pero no lo sé. ¿Estás seguro que pagará?
─¡Vicente tiene mucha pasta! ─responde.
Es jueves por la noche, Álvaro no llama. María un poco intranquila llama al hotel.
─Hotel Cuzco, dígame.
─¿Sería tan amable de pasarme con la habitación del señor Álvaro Castro?
─Ahora mismo ─contesta la telefonista. María espera un poco más aliviada, pasan unos minutos y Álvaro no contesta. La telefonista se pone de nuevo al teléfono.
─Disculpe la espera, el señor Castro no ha llegado. ─A María le da un vuelco el corazón.
─¿Cómo dice? ─responde alarmada.
─No se preocupe, quizás ha tenido un retraso con el vuelo, le dejaremos una nota, dígame su nombre.
─Soy su María, su esposa ─responde con voz temblorosa colgando el auricular.
─Hola mamá, ¿Te pasa algo? ─dice Marta al verla apoyada en el sofá con los ojos humedecidos.
─Tu padre tiene el móvil apagado y no ha llegado al hotel.
─Tranquila mamá, no ha habido ningún accidente aéreo. Se ha quedado sin batería y lo habrán entretenido, llamará cuando pueda.
Suena el teléfono. María se levanta del sofá como un resorte.
─¿Sí?
─Hola María soy Carmen ¿ha llamado Álvaro? ─María guarda silencio el pánico le impide hablar.
─María, ¿me oyes?
─Álvaro no ha llegado al hotel, y tiene el móvil apagado. ─Las dos mujeres enmudecen.
Mientras Vicente está en su despacho revisando el correo. Entre las cartas de los bancos, clientes y proveedores aparece un extraño sobre. Inca el abrecartas rasgándolo, saca una nota, la fotografía cae sobre la mesa, intrigado se pone las gafas. Un grito enorme resuena por toda la casa. Carmen sobresaltada corre hacia el despacho, Vicente está paralizado con la mirada perdida. Carmen mira la fotografía y se desmaya.
En Barcelona el rehén urga en los bolsillos de su arrugada americana, un bolígrafo Montblanc, cuatro tarjetas comerciales de él y un paquete de caramelos de menta. Es todo lo que tiene.
─¡Dios mío! ─exclama Vicente. Carmen se recupera lentamente.
─¡Hay que decírselo a María. ─Carmen con un hilo de voz responde:
─No puedo…
Vicente coge el teléfono para llamar a su nuera.
─¿Diga?
─María… han secuestrado a Álvaro… pero no te preocupes, pagaré el rescate y todo saldrá bien. ─Al otro lado del teléfono solo el silencio hace acto de presencia. Sin soltar el auricular Vicente llama al comisario Suarez de la policía nacional, amigo desde la infancia.
─¡Cómo dices! ─responde desde la comisaría─ ahora mismo me pongo en contacto con los Mossos d`escuadra.
En Barcelona el rehén solo ve a Mario dos veces al día, cuando le trae la comida y la cena, sin apenas mediar palabra alguna. De vez en cuando lanza un grito por esa pequeña ventana a lo alto de la pared con la esperanza de que alguien le oiga. Entonces se le ilumina la cara con la idea de escribir en una tarjeta: ¡Auxilio estoy secuestrado en este local! Le hace unos pliegues para lanzarla por la ventana, tras cuatro intentos fallidos la tarjeta aterriza en la calle. No se conforma solo con una y repite con las tres que le quedan.
Son las 21:14 h. En el informativo televisivo, irrumpe una impactante noticia de última hora: El importante productor olivar, Álvaro Castro, ha sido secuestrado.
Bruno se frota las manos al ver la noticia en el bar que están cenando los dos delincuentes.
─¡Lo ves! ¡Lo tenemos!
Son las 10:23 h del día siguiente, suena el teléfono en casa de María, lo coge aterrorizada.
─¿Sí?
─¡María! ¡Soy yo! ─Ella da un grito ¿Te han soltado?
─¿Soltado? Todavía estoy en el hospital, el taxi esquivó a un peatón al salir del aeropuerto, nos estrellamos contra una farola, perdí el conocimiento y el coche se incendió, quemándose mi documentación por eso lo te llamaron.
María con un cúmulo de emociones le dice que Vicente acaba de pagar el rescate.
─¿Qué rescate? ─responde Álvaro sorprendido.
─¡Cariño, voy a llamar a tu padre! ─le dice María colgando el teléfono.
─¡Está en el hospital!
─¿Quién está en el hospital? ─responde Vicente.
─¡Álvaro!
─¡Cómo! ─exclama Vicente. Carmen a su lado le hace gestos de interrogación.
─¡Álvaro está en el hospital!
A Carmen se le abren los ojos como platos y va corriendo al despacho a coger la fotografía que mandaron los secuestradores. Con la mano temblando se fija detenidamente, y comienza a recordar.
─¡Maltita zorra! ─Vicente al oír el grito corre hacia el despacho.
─¡Tu hermana! ¡Tu hermana! ─grita desesperadamente Carmen a su marido.
─¡Que pasa con Isabel! ─responde aturdido Vicente.
─¿En qué hospital di a luz?
─En el Virgen del Rocío ─contesta cada vez más confundido.
─¿Y quien me atendió en el parto como comadrona?
─Isabel, claro.
─Venían gemelos, tu hermana dijo que uno falleció por una parada cardiovascular, nunca nos lo dejó ver porque tendríamos un mal recuerdo. Hubo la sospecha en aquel entonces de tráfico de bebés. Este de la foto ¡es el hermano gemelo de Álvaro!
Mientras en Barcelona a un mosso d`escuadra fuera de servicio le llaman la atención unas tarjetas arrugadas esparcidas por la acera. Al leer una de ellas, alza la mirada, una pequeña ventana sin cristal le hace sospechar. Saca un silbato de su bolsillo y emite tres pitidos. El rehén al oírlos grita.
─¡Auxilio! ─El mosso no duda en pedir refuerzos, dos coches patrulla no tardan en llegar casualmente cuando los dos delincuentes estaban abriendo la puerta del local. El rehén continúa gritando y dando golpes en la puerta de la habitación. Bruno y Mario son retenidos mientras entran dos mossos al local alzando la voz.
─¿Dónde está? ¿Me oye? ─.Una voz se oye al final del local.
─¡Aquí! ¡Aquí!
Los mossos no dudan en derribar la puerta.
─¡Muchas gracias! ¡Muchas gracias! ─repite el rehén al salir acompañado de los dos mossos.
En la calle por primera vez, ve a los dos delincuentes cara a cara. Bruno ya esposado se le acerca diciéndole:
─Perdona Álvaro, perdona…
El rehén se le acerca violentamente gritándole.
─¡No soy Álvaro… soy Enrique! ¡Pedazo de idiota! ─Al oír esto Mario enfurece gritando:
─¡En qué lio me has metido, te voy a matar!
Bruno desconcertado se queda mirando al rehén preguntándole:
─¡Qué broma es esta! ¿No me conoces? ¿Me quieres tomar el pelo? ¿No dijiste que entiendes de aceites de oliva?
─¡Por eso estaba en la feria! ¡Tengo un restaurante en Madrid! ¡No te he visto en mi vida! ─contesta el rehén gritando.
Mientras los mossos introducen en el coche a los dos delincuentes, Vicente entrando en cólera, llama a su hermana gritándole: ─¡¡ISABEL QUÉ HICISTE!! ¡¡QUÉ HICISTE!!



