112. Un pausado y gozoso contemplar

Pedro Antonio Herreros Rull

 

La canícula se esfuma. Ya llega el petricor. Un agradable viento agita, antes quieto, el doblado ramal.

Pareciera la campiña desperezar y exhibirse perenne bajo una sucesión de incontables y ondulados pentagramas repletos, ahora, de semiredondas verde-plata. Y sus gentes, tanto señoras como señores, todos barítonos y tenores, engalanados y dispuestos a entonar en coro una melodía: la armonía de las olas, la sinfonía del plateado y machadiano mar. Olas, que no son olas, porque no hay orilla, ni barcos para navegar en el inmenso olivar.

Nadie en su sano juicio podrá negar la sinestesia y la belleza del paraje, como tampoco que merece un pausado y gozoso contemplar.

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