104. Futuro incierto

Vicen Sánchez Guerrero

 

Un atardecer cualquiera. No presagiaba nada bueno. El aire seco, opresor. El suelo asustado y reseco.

Con sus cabezas hundidas, se rendían en silencio. Esperaban un milagro del cielo. De repente, un crepitar intenso quebró el silencio. Ya estaba allí. Había llegado: el FUEGO.

En segundos se esfumó el olor a hierba, el rugir de la garganta, el aire de la tierra. Un humo negro y voraz cubrió sus cabezas, comiéndose sus hojas como vil culebra.  Ciervos y gacelas huían de la espeluznante y dantesca escena.

Enraizados a la tierra, majestuosos, longevos y altivos, soplaban y movían sus ramas: los OLIVOS.

¡Qué triste final tendrían los que tanto sustento habían dado! En cenizas se convertirían tarde o temprano. Enfurecidos, soplando sobre las brasas, a morir se resistían.

-¿No ha de venir nadie en nuestra defensa?

-Agachaos y resistid -gritaban los más viejos-. Vienen a protegernos hombres humildes y valientes. Traen palas, cubas y mucho afán para degollar al maldito FUEGO.

En primera línea de batalla: alcornoques, cerezos y fresnos soportaban las embestidas de tan endiablado FUEGO. Mientras tanto, los más jóvenes, las raíces protegían con sus cuerpos. Ellas serían testigos y vástagos de un futuro incierto.

 

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