102. Raíces vivas

La niña Sofía

 

No tengo rostro, pero conservo memoria.

Mi origen es antiguo, tan antiguo que nadie sabe a ciencia cierta cuándo nací.

Fruto del olivo, pasé por muchas manos: desde fenicios a griegos, desde egipcios a romanos… He conocido las costumbres de múltiples civilizaciones, y todos me han venerado con el paso del tiempo.

Curé sus heridas en forma de medicinas y ungüentos sagrados. Iluminé su oscuridad, bañando mechas en lámparas y antorchas. Sacié su hambre en épocas de abundancia, siendo parte del pan, del queso y del vino; y fui codiciado en grises épocas de racionamiento.

En los primeros Juegos Olímpicos fui el premio de los ganadores, bálsamo para sus músculos fatigados, y las pequeñas ramas de olivo fueron símbolo de triunfo.

Durante el curso de la historia también cuidé de sus almas: ungí a reyes, faraones, papas y santos. Protagonicé nacimientos y fui compañero de viaje hasta en el último aliento.

Viajé por todo el mundo: desde las manos humildes de los agricultores hasta formar parte de las rutas imperiales de comercio. Desde vasijas, hasta ánforas o botellas de cristal, fluí libre, poderoso.

Viví en Hispania siglos de abundancia. El Al-Ándalus me vio crecer. Los extensos campos de olivares fueron el refugio de muchas tribus nómadas que buscaban la estabilidad y la paz.

Y mi verdadero hogar fueron las haciendas y los cortijos: mares de olivos que tiñen de verde la tierra. Copas frondosas y troncos centenarios extendiéndose por hermosos valles y llanuras.

Picual, Arbequina, Hojiblanca o Picuda… Me han conocido por mis diferentes variedades, pero siempre manteniendo mi propia esencia.

He sido testigo de tantas épocas y de tantas historias, que podría escribir mil relatos. Mas el que realmente marcó mi existencia merece ser compartido para que todos lo conozcan, y —lo único, y más importante— para que no caiga en el olvido. Porque, ya lo dijo en su día un gran filósofo: “El pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”.

 

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Ocurrió en un pequeño pueblo al sur de la sierra en Jaén.

Paloma y Miguel eran dos jóvenes enamorados que habían vivido allí toda su vida.

Él era aprendiz en la almazara, profesión que antes también habían desempeñado su padre y su abuelo.

Paloma era la hija de don Agustín, propietario del gran cortijo que era la segunda casa de gran parte de los habitantes del pueblo.

El cortijo disponía de una gran finca rural y, presidiendo el patio, se alzaba la humilde hacienda familiar, de arquitectura sencilla pero robusta. El blanco de sus paredes contrastaba con la madera de encina que decoraba puertas, vigas y ventanas.  Algunos cortijos estaban ocupados de forma temporal durante la recolección; sin embargo, don Agustín y su familia vivían allí todo el año, pues aquel había sido su hogar durante generaciones.

Alrededor del patio central, se encontraban las pequeñas viviendas de los trabajadores. Más alejados, los almacenes y las bodegas que se erigían delante de las cuadras y los graneros.

Jornaleros, pastores, cocineros, carpinteros, molineros… todos tenían cabida en la bulliciosa vida del cortijo de don Agustín.

Eran múltiples las labores que los mantenían ocupados durante todo el año: tareas cotidianas que llevaban a cabo de forma artesanal. El cuidado y abono de la tierra, la poda de arbustos y frutales —especialmente olivos—, la alimentación y limpieza de los animales, la organización y almacenamiento de productos recogidos en anteriores temporadas… Y por supuesto, los meses de cosecha, en los que el trabajo se duplicaba.

La vida era exigente, pero también estaba llena de tradiciones y momentos que daban sentido a cada día.

Paloma y Miguel eran felices y, a pesar de las duras jornadas de trabajo, siempre encontraban ese instante especial para estar juntos. Yo, testigo silencioso, los veía disfrutar de su amor entre los frondosos olivares o en la algarabía del patio central, compartiendo inolvidables momentos en fiestas y banquetes con sus familiares y amigos.

Fruto del amor, un día caluroso de otoño, al igual que nace la primera oliva, nació Claudia, su primera hija. Una niña sana y risueña que creció rodeada de alegría y naturaleza.

Claudia aprendió a convivir con la tierra, los animales, los árboles y el clima. Sus ojos curiosos aprendieron poco a poco el oficio de su familia, y sus pequeñas manos me mimaban con respeto, al igual que lo habían hecho antes sus ancestros.

 

Tras varias cosechas, llegó el día de su cumpleaños. Su padre, Miguel, la cogió de la mano y la acompañó a un claro justo detrás de la pequeña casa en la que vivían. Allí, le entregó un pequeño olivo y, juntos, lo plantaron en la tierra. Un legado que la acompañaría toda su vida, viéndola crecer y ofreciéndole el cobijo de su sombra. Un vínculo que uniría las raíces familiares del pasado, del presente y del futuro.

Al día siguiente, el júbilo se transformó en desdicha. Y aunque ninguno de los que habitaban aquella tierra la habían invitado, ella se presentó en sus vidas sin avisar.

Una guerra que separaba familias. Una guerra que mataba hermanos. Una guerra que sembraría una tristeza que perduraría por varias generaciones.

El aroma afrutado de las hojas de olivo fue sustituido por el olor de la pólvora.

El canto de los jilgueros fue silenciado por el ruido de los fusiles.

Y la inocencia en la mirada de Claudia fue apagada para siempre, al mismo tiempo que se encendía el fuego. El fuego que haría desaparecer su amado hogar y, con él, a don Agustín, que, apostado en primera línea, murió salvando los muros que le habían visto nacer.

Los militares que asediaron el cortijo reclutaron a todos los hombres que sobrevivieron al asalto, y estos fueron llamados a filas, arrebatándoles absolutamente todo, incluso la oportunidad de despedirse de sus seres queridos.

Muchas madres habían perdido a sus hijos; abuelas que ya no verían a sus nietos crecer, hermanas que crecerían siendo hijas únicas… Y, en medio de tanta desgracia, renació un poder más fuerte que la destrucción de la guerra: el coraje.

Las vecinas del cortijo no entendían de bandos, ni de ideologías, ni de política. Las mujeres del pueblo tan solo entendían de esfuerzo, de trabajo y de amistad.

Juntas levantaron piedra a piedra la mampostería de sus hogares. Juntas recuperaron la tierra y sus frutales. Juntas cuidaron a sus ancianos y criaron a sus niños y, juntas, consiguieron día tras día, seguir adelante.

Claudia, fue creciendo fuerte, al igual que el tronco del pequeño olivo que había plantado con su padre. Destacó por su entereza y por su disposición. Dedicaba sus días al trabajo, y tan solo yo era conocedor de las lágrimas que derramaba por las noches.

Un día de primavera, mientras regaba, la sonrisa de Claudia iluminó su rostro al ver las primeras pequeñas flores de su olivo, blancas, agrupadas en racimos. A ojos ajenos, iguales a las de los demás, pero para Claudia, eran las flores más bellas que había visto en su vida, ya que, si cerraba los ojos, su aroma le hacía sentir que su padre seguía a su lado.

Las flores dieron lugar a los frutos, y los frutos dieron lugar a las primeras cosechas.

Las mujeres recogían las aceitunas con sus manos endurecidas, protegiéndolas en mallas hasta depositarlas en la almazara.

Prensado y después embotellado. La vida seguía su curso, y yo volvía a resurgir gracias a su tenacidad.

Claudia me guardó en un lugar especial, resguardada de la luz, la primera botella: un símbolo de renacimiento y de superación.

Aunque nadie sabía con certeza lo que iba a ocurrir, ella, en su interior, sentía que su padre algún día regresaría y que su objetivo, ahora más que nunca, era que, cuando llegara, reconociera su hogar como si el tiempo se hubiese detenido.

Y, afortunadamente, ese día llegó.

Con las primeras luces del alba, más de medio centenar de hombres caminaron hasta llegar al pueblo.

El cansancio mezclado con la alegría. La fatiga mezclada con la ilusión.

No eran todos los que se habían ido, pero todos los que volvían, lo hacían para quedarse.

Claudia, resguardada a la sobra de los olivares, los vio a lo lejos, avanzando hacia el cortijo. Corrió tan deprisa como le permitían sus piernas. Los gritos de júbilo inundaron los campos.

Miguel cogió a su hija en brazos y la alzó en alto en el centro del patio. Se abrazaron fuerte, muy fuerte y, a su abrazo, se unió su madre, que lloraba por primera vez, pero ahora de alegría. Poco a poco, se fueron uniendo todos los vecinos del pueblo: primos, amigos, hermanos, tíos… y la fiesta duró hasta el anochecer.

Claudia le enseñó a su padre todo lo que habían hecho durante esos años. Él, orgulloso, la escuchaba con atención. Al día siguiente, le entregó la botella que había guardado con tanto celo. Su padre acarició la etiqueta y leyó, susurrando —Aceite, Raíces Vivas—.

Ese día, todo el pueblo se juntó nuevamente alrededor de la misma mesa, como habían hecho tantas otras veces antes: frutas, carnes, panes, dulces, vinos y quesos. Y, por supuesto, allí estaba yo, presidiendo la velada sin perder el más mínimo detalle.

Fue momento para recordar, para llorar, para compartir y, desde el más profundo respeto, para celebrar.

 

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Durante los siglos he sido fuego, alimento y cura.

Pero, al querido lector que ahora está leyendo mi relato, solo puedo añadir que nada me ha enorgullecido tanto como ser testigo de la bondad, del amor y de la familia.

Porque, aunque muchas veces la historia se repite, siempre hay manos que la reescriben y corazones que, incluso en tierra herida, hacen brotar raíces vivas.

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