100. Pocas palabras

José Bronson

 

Nadie sabe cómo ocurrió exactamente. El apagón, digo. Pero no adelantemos acontecimientos. Antes de eso, tengo que hablar de mi abuelo y del pueblo de mi abuelo.

Era uno de esos pueblos que queda lejos de todo, no porque fuera difícil llegar —que también—, sino porque había que tener una buena razón para hacerlo. Las casas eran pocas, las calles polvorientas y, en verano, el silencio se acomodaba a la hora de la siesta bajo los aleros de los tejados y en los rincones umbríos de la cocina. Allí, en la casa que había levantado con sus propias manos, vivía mi abuelo Esteban, un hombre de pocas palabras, manos duras y espalda vencida, que todavía se empeñaba en tratar a sus olivos como a seres vivos cuando todo el mundo lo hacía como si fueran activos financieros.

Aquel verano, como los anteriores, mi madre y yo fuimos a pasar unos días al pueblo. Yo entonces tenía trece años, y en las fotos de esa época siempre aparezco con el pelo desgreñado, los ojos somnolientos y los dedos pegados a un teléfono. Recuerdo que, apenas bajé del coche, miré a mi alrededor, ofendido por el paisaje tan abierto y el cielo tan azul.

—¿Es que aquí no hay 5G? —le pregunté a mi abuelo.

Él respondió alcanzándome una naranja, porque era un hombre de pocas palabras.

—Mateo, no empieces —recuerdo que dijo mi madre—. Ya sabes que en el pueblo la conexión no va muy bien.

—¡Pues ya podían haberla arreglado desde el año pasado!

—Hijo, no te quejes tanto, que solo van a ser unos días.

Mi abuelo nos ayudó a descargar las maletas y nos hizo entrar en la casa, donde se estaba fresco, porque eran solo las diez de la mañana pero las chicharras ya cantaban enloquecidas. Yo debí bufar y gruñir algo antes de aovillarme en el sofá alrededor de mi teléfono.

Por la tarde, mi abuelo Esteban se empeñó en que lo acompañara a la loma, donde tenía sus olivos.

—Los olivos son como las personas —recuerdo que dijo—. ¿Sabes que tardan veinte años en hacerse mayores? Lo mismo que las personas.

Saqué una foto del olivo más feo y retorcido, uno que parecía un viejo espantajo con los brazos extendidos, y la subí a Instagram con un comentario sarcástico, algo como: «Mi abuelo cree que los olivos son personas».

No os llevéis una impresión equivocada: yo, por aquel entonces, no era un mal chico, solo un poco imbécil. Provenía de un mundo donde las cosas ocurrían de otro modo, a otro ritmo y con otro significado. Donde, por ejemplo, nadie tenía tiempo para esperar a que algo creciera, y menos un olivo, que tarda veinte años en hacerse mayor. ¡Veinte años! Veinte años antes ni siquiera existía Instagram.

Por la noche, sentados a la fresca en la puerta de la casa, mi abuelo me miraba de reojo, sin reprocharme nada, como se mira a un pájaro que no sabe que puede volar, y yo me desesperaba con mi teléfono.

—¡No hay manera! Me voy a quedar sin ver la nueva temporada de Motorheads hasta que volvamos a casa. ¡Si no se cargan ni los vídeos de Youtube en baja calidad, mamá!

—¿Por qué no coges un libro y lees un rato? —propuso mi madre, porque las madres suelen venir de serie cargadas de buenas intenciones.

—¡Buá! Mejor me voy a la cama.

Y así pasaron los días más tediosos de mi vida. Subía con mi abuelo a la loma dos veces al día: a primera hora y, otra vez, por las tardes, cuando el calor aflojaba y el cielo empezaba a ponerse rosa. El abuelo regó los árboles el segundo día y, la tarde siguiente, cuando vi que se olvidaba, le dije muy presuntuoso:

—¡Abuelo, que se te olvida regar!

Él, por toda respuesta, cogió entre los dedos una aceituna diminuta que colgaba de la punta de una rama y que parecía aún más pequeña en su mano de gigante. Yo no me había fijado hasta entonces en que los árboles estaban cubiertos por miles de esas aceitunas minúsculas como luces de Navidad.

—La aceituna está para engordar, ¿lo ves? Hay que darle una regá, pero no más de una si el año viene medio bueno. Tiene que ser a tiempo, antes de que la tierra se quede como un tiesto. Si ves que el olivo está revirao, la tierra rajá y la aceituna chica, sin alegría… ahí es cuando hay que darle. Se le moja bien el ruedo, que chupe, pero sin encharcar. Le echas agua hasta que veas que la tierra ha calao hondo, que puedas meter el dedo y esté fresquita. Eso sí, ni antes ni después: si lo haces cuando la aceituna ya está parada, no sirve pa ná. Y si lo haces cuando no le hace falta, es gastar agua de balde. Pero haciéndolo cuando toca, la aceituna se pone gorda, con más zumo, y el árbol te lo agradece.

Así habló mi abuelo, a quien yo tenía hasta entonces por hombre de pocas palabras.

Lo observé trabajar un rato, aunque no sé cuánto, porque había en sus gestos lentos, casi mayestáticos, un no sé qué hipnótico que me hizo perder la noción del tiempo. De forma automática pensé que tenía que grabarle un vídeo para subirlo a TikTok y a mis stories de Instragram, pero deseché la idea cuando comprendí que la cámara digital del teléfono, a pesar de sus catorce megapíxels y su triple sensor de luz, sería incapaz de captar lo que estaba viendo.

En aquellos años, aunque yo esto lo averigüé mucho después, ya casi nadie cultivaba como mi abuelo. Los pocos agricultores que quedaban en la zona —la mayoría hijos de campesinos que se habían reinventado como tecnólogos rurales— lo miraban con esa condescendencia educada con la que se observa a los últimos cuentacuentos o a los que aún usan reloj de pulsera. Sí que me percaté, a pesar de que a mis trece años yo era, como dije antes, un poco imbécil, de que se burlaban un poco de mi abuelo, porque al volver de la loma lo mismo nos cruzábamos en la plaza con un par de gañanes y uno se sonreía y decía:

—¿Qué, Esteban? ¿Otra vez de hablarle a los olivos?

Y el otro se sonreía aún más y añadía:

—Si es que estás perdiendo el tiempo. Con un iPhone, una app de riego inteligente y un par de drones, podrías triplicar la producción sin mover un dedo y pasarte la mañana en el bar.

Y yo, aunque tenía trece años y era un poco imbécil, me daba cuenta de que eso a mi abuelo le fastidiaba; o, más que fastidiarle, le dolía, pero no como puede doler una muela o un dedo que te pillas sin querer al cerrar el cajón de los calcetines, sino de otra forma que yo entonces no sabía que existía pero que intuía que existía.

Pero los gañanes no exageraban. Sus fincas —lo sé, pues las vi con mis propios ojos más tarde, aquel mismo verano— eran como laboratorios al aire libre: los árboles, muy juntos para aprovechar el espacio al máximo, estaban alineados al milímetro, todos de la misma altura, podados por brazos robóticos con precisión quirúrgica. Tenían sensores en la corteza, en las raíces y hasta en el aire de alrededor; los sensores subían sus mediciones a la nube cada treinta segundos y el sistema decidía de forma inteligente cuándo regar, cuánto fertilizante usar o cuándo recolectar. Al lado de eso, el campo de mi abuelo parecía un jardín abandonado. Sus olivos crecían torcidos, cada uno a su aire, como si fueran personajes de una novela rusa y él mismo tenía el aspecto de un cavernícola surgido de una máquina del tiempo.

—Tus árboles están descompensados —le decía un vecino que venía cada tanto a enseñarle unos gráficos, creo que porque le habían ofrecido tres meses de suscripción premium a su app de gestión si conseguía invitar a un nuevo usuario—. Y ese aceite, tan amargo… Eso no se puede vender, la gente ya no lo quiere.

Mi abuelo siempre respondía con una frase que no era una respuesta, o a mí no me lo parecía. A lo mejor decía:

—Será que la aceituna ha dormido mal.

O decía:

—Más vale una rama en su sitio que un saco de abono.

O decía:

—El que planta olivos para hacerse rico ya puede ir sembrando paciencia.

Porque mi abuelo era un hombre de pocas palabras, y el vecino se marchaba meneando la cabeza como si mi abuelo estuviera loco.

La verdad es que no vendía casi nada. Eso lo sé porque, cuando murió, pude examinar su libro de cuentas, que era una libreta escolar donde apuntaba muy despacio, con su letra trabajosa, los números del olivar. Su aceite, espeso, oscuro y picante, ya no gustaba a nadie. Él lo llevaba a la almazara de siempre y luego se traía los bidones para embotellarlos en casa. «Ahora hay que andarse con mil papeles», decía. Años atrás, le compraban casi todo en un puesto del Mercado de San Francisco, en la capital, donde su aceite era muy apreciado, pero ahora lo malvendía con dificultad por los pueblos de la zona. Se había impuesto la moda del OleoVibe, ya sabéis, esa emulsión casi transparente que no manchaba, no amargaba y no picaba. En las revistas de cocina decían que era más «amigable con el paladar del consumidor global». En los restaurantes de moda lo servían en goteros sobre platos inmaculados y lo llamaban «esencia de oliva postorgánica». En la sección gourmet de los supermercados se vendía en botellas minúsculas con pulverizador y nombres comerciales como Smokless Gold o Single Estate EVOO.

A mi abuelo, una vez que probó uno de esos aceites, le dio la risa y acabó sentenciando: «Aceite que no rasca la garganta, no ha visto ni frío ni manta». No hablaba mucho de estas cosas porque era hombre de pocas palabras, pero, cuando lo hacía, se reía, aunque era una risa amarga, como su aceite.

Una tarde, al subir a la loma, se puso a acariciar los troncos ásperos y a mí, sin saber por qué, se me hizo un nudo en la garganta, porque me dio la impresión de que se estaba despidiendo de los árboles, como si supiera que ya no les quedaba mucho tiempo. Aunque solo tuviera trece años y fuera un poco imbécil, me impresionó verlo así, vencido, porque mi abuelo, para mí, era como sus árboles, viejo, contrahecho y un poco gruñón, pero también robusto, casi indestructible, como si tuviera unas raíces tan profundas que resultara imposible arrancarlo de la tierra.

Mi abuelo siempre fue un hombre más de silencios que de esperanzas, pero en aquel silencio me di cuenta de que, aunque aquel anciano nunca hubiera oído hablar de Atenas ni de Heródoto —yo tampoco en aquel entonces, claro—, sentía en los huesos que aquello que él hacía venía de muy lejos, de una época muy anterior a él, y muy anterior a la época de su abuelo y del abuelo de su abuelo, de un tiempo tan remoto que había que remontarse al principio de la historia, y aún un poco más allá, y que incontables generaciones habían visto a los olivos crecer lentamente, y lentamente dar fruto y lentamente morir mientras otros nacían, pero que le iba a tocar a él, a él precisamente y no a su abuelo ni al abuelo de su abuelo ni a ninguna de las incontables generaciones que habían visto a los olivos crecer lentamente, le iba a tocar a él, digo, ver morir a los olivos sin que otros nuevos nacieran. Y eso a mi abuelo le dolía, no como puede doler una muela o un dedo que te pillas sin querer al cerrar el cajón de los calcetines, sino de esa otra forma que yo entonces no sabía que existía pero que intuía que existía.

Por supuesto, yo no entendí todo esto en aquel momento, aunque pudiera barruntarlo sin palabras, como un malestar difuso aquí, en la garganta reseca. Me gustaría decir que, a partir de ese día, acompañé con gusto a mi abuelo en sus paseos melancólicos por el olivar, que aprendí a apreciar la aspereza de los troncos y el olor de la tierra, pero lo cierto es que solo tenía trece años y era un poco imbécil, y por eso seguía más preocupado por cargar el móvil y por encontrar la zona con mejor cobertura.

A pesar de todo, mi abuelo siguió haciendo lo que siempre había hecho: acariciar los árboles, esperar las lluvias, mirar el cielo con la frente arrugada como si leyera un periódico invisible. Se empeñaba en abonar con estiércol y no con polímeros inteligentes, en usar sus propias manos en lugar de sensores, en confiar en los vientos más que en la app del clima. ¿Qué otra cosa iba a hacer? Mientras tuviera fuerzas, seguiría regando con calma, cuando tocaba, podando con mimo y subiendo a la loma para caminar entre los olivos como quien visita a unos viejos amigos a los que ya no les queda mucho que decirse.

Y entonces ocurrió lo que nadie imaginaba que podría ocurrir: vino el apagón. Quizá no lo recordéis, porque hace mucho tiempo, pero después de los primeros días se empezó a hablar de un cataclismo de dimensiones cósmicas, como si el meteorito de los dinosaurios se nos hubiera venido encima de nuevo. Algunos dijeron que se trataba de un ciberataque, otros hablaron de tormentas solares, de sabotajes industriales, de inteligencia artificial desbocada. A estas alturas no creo que vayamos a conocer nunca la causa exacta, así que a mí me gusta pensar que no fue por nada de eso, sino porque, simplemente, todo era excesivo. Demasiada velocidad, demasiada dependencia, demasiada histeria.

El caso es que, una mañana, las máquinas dejaron de funcionar. Todas. Los sensores, los drones, las aplicaciones de riego, los tractores autónomos, las plataformas logísticas, los algoritmos de predicción: todo colapsó como un castillo de naipes.

Los vecinos que antes se reían de mi abuelo empezaron a venir, uno por uno, con el gesto torcido y las manos vacías. Primero fue el de los gráficos, luego el de los drones, luego otros que ni siquiera vivían en el pueblo. Sus cultivos de plástico empezaban a marchitarse al sol y todos le preguntaban lo mismo:

—Esteban, ¿qué hacemos?

Y mi abuelo, que era un hombre de pocas palabras, no tenía una respuesta. Solo les ofrecía un poco de aceite, espeso y picante, que ahora les parecía un milagro, y les mostraba cómo se toca la tierra, cómo se observa el color de las hojas, cómo se predice el tiempo en el viento.

De la capital llegaron unos tipos con traje arrugado y ojos desorbitados por el calor y la desesperación de vivir sin instrucciones. Querían una receta para la existencia sin internet en diez sencillos pasos, como si eso fuera algo que pudiera descargarse en un PDF. Mi abuelo los escuchó en silencio, les sirvió pan con aceite y les enseñó los olivos.

Yo, por mi parte, me encontré de pronto sin teléfono, sin conexión, sin distracción posible. Durante un par de días anduve como un sonámbulo, mirando mi reflejo en la pantalla negra del móvil como quien espera una aparición. Y luego, poco a poco, empecé a mirar hacia afuera.

Así vi a mi abuelo trabajar por primera vez. Quiero decir: ya lo había visto antes, claro, pero siempre como a trompicones, echándole miradas fugaces mientras esperaba que se cargara un vídeo o el siguiente nivel de un videojuego. Observé, porque no había otra cosa que hacer, sus gestos pausados, la forma en que doblaba la espalda, el modo en que sus manos recorrían los troncos y las ramas con el respeto que se le debe a los cuerpos envejecidos. Vi su cuerpo fundido con en el paisaje y sentí, por primera vez, envidia de mi abuelo porque mi abuelo tenía un lugar en el mundo y eso era algo que casi nadie tenía. Y, aunque empecé a observarlo porque no había otra cosa mejor que hacer, al poco continué observándolo porque era lo que me apetecía hacer, lo que necesitaba hacer, no sé si me explico.

El tiempo se volvió más lento, más espeso, casi como el aceite de mi abuelo, y las horas y los días comenzaron a tener otra textura.

Nos quedamos en el pueblo de forma indefinida, porque la situación en la ciudad era caótica. Mi madre, como muchos otros, perdió el trabajo cuando su empresa cerró y tuvo que malvender el piso para ir tirando. Por suerte, la vida en el pueblo era mucho más barata y ese otoño arregló el patio y plantó una pequeña huerta que en primavera empezó a dar tomates, lechugas y calabacines. Me matriculé en el instituto del pueblo de al lado y, poco a poco, el mundo fue retomando una nueva rutina, más pausada y menos histérica que la anterior.

Y un atardecer, a primeros de marzo, después de ayudar a mi abuelo con la poda, aparté una rama recta y sana, agarré su vieja azada y caminé hacia la linde del olivar sin decir nada a nadie. Y allí, donde ya no había árboles, cavé un hoyo profundo, y enterré la rama en el hoyo, y luego apreté la tierra alrededor y regué generosamente, y murmuré: «Si agarra, este olivo no se muere ni con una sierra». Y observé la estaca, que sobresalía dos cuartas del suelo, y pensé que tardaría veinte años en madurar y dar fruto, y que para entonces mi abuelo ya no estaría.

Y mi abuelo, que me miraba desde la sombra del emparrado, asintió levemente sin decir nada, porque era un hombre de pocas palabras.

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