307. El olivo mi hogar
“El sol florece en las montañas para bañar el campo de historia griega, un lugar de honor regado cada día de cultura, sustento y sabor”.
Así nos decía mi abuela antes de cantar para hacerme dormir. Ella era quien salía a traer la comida a casa. Cuando crecí, entendí que los olivos son más que un proceso; son amor. A cada amargo fruto que traías, cada mordida que a la aceituna me dabas, jugoso manjar para fuerte crecer. Al comer bajo esas hojas duras que sombra nos regalaban, mientras el viento soplaba, donde comenzaba un olor inusual, no solo ácido, sino más químico, el que mucho más grande entendí lo que fue. Sin darle importancia o por plena ignorancia de que el peligro acechaba, relatabas aquellas leyendas. Un mantra para adorar a nuestra diosa Atenea, quien a Poseidón venció por su útil regalo, que no fue solo algo material que los gigantes podían usar, sino más bien un fruto sagrado que abundancia iba a dar. Así, nuestra divinidad nos dio vida con este esencial alimento. Mientras tanto, también reclamabas que debía siempre protegerme de aquellos que seguían a Aristeo, el que promulgaba cultivar. No estaban de acuerdo con lo “salvaje” de nuestro pueblo, que robaban y sembraban más hogares sin nuestros herederos dentro, que a nuestros bebés no querían y los matarían por ser plaga en su comida, tal como lo hicieron con mi madre y a tu hija te quitaron por darme vida constantemente. Después de todo eso, fue lo que por generaciones nos enseñaron nuestros ancestros para cuidarnos de los malos, pero muchas veces no pudimos lograrlo.
Aun así, un día personas invadieron nuestro hogar. Un sonido estruendoso antes de la hoja sobre la que dormíamos. De repente, colmaron nuestro bienestar, destruyeron lo que era nuestra familiaridad, gigantes que en sus cabezas colocaban nuestra identidad solo por un premio mundano ganar, nuestra esencia para sobrevivir. Para defender mi vida, esa sabia Lepidoptera, la dama de la noche, los enfrentó mientras yo escapaba donde mi abuela. Recién salida de la pupa, con alas nuevas, ahí estaba yo. Para protegerme mi madre se dispuso a ponerle fin a su vida, de un golpe mortal, llegó al suelo. La valentía no bastó, sus alas al final cesaron sin más. Mi madre, tu hija, que intentó darme una mejor vida, simplemente se entregó para salvarme y te dio a ti un regalo que cuidar. Gracias abuela por seguir aquí, por ser menos guerrera y más asustada, aunque el tiempo te pese, tu ingenio perdura. Ahora su nieta debe cuidar lo que para gigantes egoístas parece un simple día. Para nosotras, es un año. Aun así, jamás mi mamá paró de amar ese fruto de identidad, lo único que ahora disfruta en el final: el aceite de oliva que se ocupa para sanar.
Ese día de soledad, el sueño no pude conciliar. Con el recuerdo de sabores químicos y venenosos en mi paladar, mi abuela pedía que volará más lejos de donde crecí, del olivo donde nací. Esa noche, cansada, por un momento lo pude apreciar. Mi hogar; ese gran árbol de hojas verdes alargadas, duras, con pequeñas bolitas que se llaman aceitunas de diferentes colores que pasan del verde a la oscuridad total, que no solo a nosotras nos encanta. Ese tronco recto, sin más, ese es mi hogar, por siempre mi casa, desde la raíz en la tierra hasta la punta del estupendo nutriente que es la hoja, que incluye jugosa recompensa. Entendí que el olivo lo es todo y lo necesitamos para vivir y sobrevivir, que no es importante solo para nosotras.
De esa forma fue la primera vez que mi abuela me enseñó a llevar comida a casa. Sabiamente mencionó: “Como tu madre no está, no sé cuándo me pueda tocar”. Así fue una noche agotadora, aprendiendo a cómo recoger la hoja y cómo probar la aceituna, desde la más ácida a la más amarga, algo que los gigantes definían como “virgen y extra virgen”, escuchaba curiosa a veces. Otras rarezas sobre cómo nos definían a veces por nuestros gustos y nos clasifican como “Filófaga” porque les gustan las hojas del olivo, “Antófaga” cuando ponen sus huevos en las flores del olivo y las “Carpófaga” que son las que me encantan, para comer de la deliciosa aceituna. Sabía que no debía escuchar desde tan cerca que, a la menor oportunidad, ellos se desharían de mí.
“El olivo se extiende por diferentes naciones y continentes, de norte a sur, de este a oeste, como una pequeña semilla que se masifica con una intensa sazón.” Sigue tu voz dándome fuerzas, extendiéndose en la acidez del viento por sus largas y verdes hojas, para llegar cada mañana a cuidarte, a llevarte parte de este aceite, luchando contra los pesticidas que destruyen nuestra existencia. Si ellos supieran que gracias a nosotras continúan sus siembras, si tan solo se dieran cuenta que compartir no es malo y los ayudamos a sus cultivos, que no es necesario matarnos para poder seguir con este elixir tan deseado. Así aprendí que, al sentir un ácido distinto en mí, debo huir. Cuando escuché un sonido de río suspendido, debo volar para dejar a salvo mis antenas. Cuando los olivos se agiten a lo lejos, es momento de no enfrentar, solo dejar. Esas maquinarias pueden destruirte sin preguntar, sin siquiera intentar. Esos químicos son los que destruyeron a mi mamá mucho antes que ese golpe mortal. Abuela, me enseñaste bien a prevenir un peligro que pronto vendría. Hojas limpias todavía quedan en la inmensidad, aunque en constante cuidado me debo conservar para cuidar a nuestra familia. El olivo es nuestro principio y final.
De esta forma, cada noche daban vueltas en mi cabeza tus palabras: “Donde en el oriente nació, donde a lo largo de un país del sur surgió. Hace más de 2000 años logró cautivar más allá de su sabor, te envuelve en su bienestar, te sana e ilumina tu vida para consolarte en tu lecho. Al viajar, la cultura te conocerá. Este elixir estará siempre en todo el mundo, siempre será parte de todos”. Tus palabras traídas por el verde del viento me hacen preguntarme si lo ideal sería dar una heredera que continúe el legado de honrar esta planta de vida o simplemente debería morir en la melancolía de tu recuerdo, un sueño, un absurdo deseo. Abuela, dame la respuesta al saborear el fruto de vida y del amor. ¿Debería sembrar en esta flor de aceituna? ¿Debería continuar? o solo quedarme sin más y dejar de la vida arriesgar.
En este tiempo, algo diferente ha traído el aliento del olivo mismo. Gigantes sin necesidad de todo arrancar, sino más bien otros que solo buscan mirar, que no quieren atacar. ¿La paz llegará? Solo observan la inmensidad de nuestro hogar y saborean como nosotras cuando intentamos alimentarnos. Es curioso y raro, pero no me desagrada. Una pequeña esperanza se extiende mientras otros gigantes siguen esparciendo el veneno para deshacerse de muchos de los nuestros. Estos humanos ven el proceso que los malos hacen como espectadores del sufrimiento. Solo se quedan parados, sin tocar, solo con sus sonrisas disfrutan y prueban.
Abuela, con cada inhalación del veneno, algo en ti cada vez más enfermaba. Siento no haberte protegido más, abuela, siento no poder estar siempre a tu lado pidiéndote volar para alejarnos de la cruel matanza del veneno que se esparcía en lo que fue nuestro hogar. Un cultivo a mano armada que cambiaba. También sé que ahora no te acuerdas del todo, pero a tu memoria quiero traer, con cada diferente sabor de lo que te encantaba como “Carpófaga”, la aceituna. La esencia de la misma, con diferentes grados de acidez y amargura, distintas categorías y nombres extraños que los humanos le dan a nuestra esencia. Tal como tú y yo, saboreamos para sobrevivir cada vez que el sol se esconde al volar. Así es como cada noche, esta vieja plaga de olivos Prays oleae recuerda las canciones y la historia de una polilla con historia milenaria, tanta como el olivo, su fruto, sus flores, sus hojas y raíces.
Después de tanto pensar, de tanto recorrer y guerrear, vieja sabia, debo confesarte que continuaré tu legado de canciones, arrullos del viento verde, historias de protección y leyendas con la cultura de nuestra existencia. Se lo contaré cada día al despertar, como tú lo hacías, a mi pequeña oruga de muchas patitas con ojos redondos y profundos como las aceitunas, que se devora el mundo como me enseñaste a morder de a poco, desde la esquina alargada hacia el centro. Además de las hojas de olivo, cada día y cada noche se está convirtiendo en una pupa, en cada tela de seda para su cama de crecimiento, para alcanzar sus alas y volar donde el viento la lleve a devorar la aceituna y esparcir la semilla por el mundo, como me enseñaste, abuela. Aunque no puedas verla porque tus alas se cansaron de luchar, aunque tu aliento dejó este plano astral, seguiré viviendo moviendo mis alas para cuidar a este bebé con tu sabiduría.



