341. El murmullo del olivo

Mariana Fernanda Andrade Lizarazo

 

Dicen en el pueblo que el olivo del barranco tiene alma. Nadie lo corta, nadie osa talarlo, porque al caer la tarde su tronco susurra. Algunos aseguran que es el viento, pero yo lo escuché una vez, y juro que eran voces humanas.

Eran hombres y mujeres que ya no están, jornaleros de manos encallecidas, abuelas que recogían aceitunas como si fueran perlas, niños que aprendieron a caminar entre raíces retorcidas. Cada rama era una memoria, cada hoja un nombre.

El molino del tío Carmelo lo confirmó: cuando prensaron las aceitunas de ese árbol, el aceite lloró. No era un líquido dorado, sino un canto: un murmullo antiguo que llenó la almazara. Quien lo probó sintió que bebía sol y lágrimas al mismo tiempo.

Ahora cada vez que alguien visita el pueblo y pregunta por el olivo del barranco, yo lo llevo allí. No siempre habla, pero si apoyas la frente en su corteza y cierras los ojos, quizá lo escuches. Quizá descubras que el aceite no es solo alimento: es la memoria líquida de todos los que vivieron en esta tierra.

 

 

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