298. Coleccionista de lágrimas

Ernesto Pérez Esteve

 

Hoy me ha visitado una amiga. ¡Todavía se acuerda de mí!

Esta vez ha acudido a mí tras otro traspiés amoroso. Y van…

—¡Me ha dejado! ¿Te lo puedes creer?

Es lo que me ha soltado nada más llegar, antes de sentarse a mi lado. Mientras me lo decía, ha alzado la vista y ha mirado mi cuerpo, gordito y algo retorcido, lo reconozco.

Sus visitas empezaron en su más tierna infancia. Que sus padres que no la dejaban hacer esto o aquello, me decía. Luego, los conflictos con sus amiguitas se convirtieron en un clásico. Y ahora, en plena adolescencia, ya aparecen los vaivenes con los chicos.

—Ay, ¿otra vez? Venga, no te preocupes. Dame un abrazo —le susurran mis hojas al tiempo que la estrecho con mis ramas mecidas por una suave brisa.

Llevo enamorado de ella desde que me visitó por primera vez; y ella, como si nada. Sólo me busca después de sus desengaños. Y, como siempre, mi belleza y mi fragancia, parece que la consuelan.

Creo que en el fondo me quiere. Al menos, A mi tronco, un auténtico coleccionista de lágrimas.

¿O será mi aceite, con el que su madre sazona sus guisos?

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