269. Zumo de matemáticas

Jesús Alcañiz García

 

Aquel verano en el pueblo de los abuelos andaba amargado porque me habían quedado las mates para septiembre. Las tardes las pasaba con mi madre resolviendo problemas en lugar de bañarme en la piscina con mis amigos, a los que podía oír desde el jardín. No paraba de quejarme y andaba de mal humor, protestando por todo, insoportable.

Una mañana mi abuelo me llevó al olivar y me dijo que mordiera una aceituna recién arrancada del árbol. Lo hice y me sorprendió su horrible sabor, tan amargo.

—No hay quien se la coma, ¿verdad?

—No, ¡qué mal sabía! ¿Por qué me has hecho probarla?

—Acompáñame a la almazara y lo entenderás.

Cuando llegamos, me enseñó el proceso de extracción del aceite y, al final, me invitó a degustarlo: era el mismo de las tostadas del desayuno, de las ensaladas de verano, de los guisos de mi abuela. Una auténtica delicia.

—¿Recuerdas cómo amargaba la aceituna cuando te hice morderla? ¿Y cómo sabe ahora su zumo?

—Sí —le contesté. ¿Y bien?

—Aprende, hijo, que lo que hoy te amarga, mañana te aprovechará. Es cuestión de saber sacarle partido. Y me puso el libro de mates en la mano.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad