257. Los recuerdos de la Infanta Margarita

Esther Bengoechea Gutiérrez

Le cuesta respirar. Le doblega el cansancio. Siente la mano de su marido y tío, Leopoldo I, aferrada a la suya, asiéndola para que no le abandone. De pronto, la habitación huele a infancia, a hogar, cuando el médico le acerca una cuchara de aceite de oliva para aliviarle el acuciado dolor de garganta. Y ella viaja desde Austria hasta el Alcázar de Madrid, hasta sus amplios pasillos, hasta el estudio de Diego Velázquez. Cada mañana, antes de posar para él, comía pedazos de barro. ‘Para que estés más guapa’, le repetía su madre, inmersa en la moda de la bucarofagia. La infanta Margarita no se veía más bonita, sino más pálida y débil. Antes de que le diesen los trozos de barro, corría a hurtadillas hasta la cocina y tomaba aceite de oliva. Así le pesaría menos la barriga y lograría permanecer inmóvil ante el maestro, inmerso en su obra detrás del caballete.

Lejos de los suyos, deja de respirar. Tras haber asumido su papel de reina y tenido cuatro hijos consecutivos en busca de un heredero, fallece el ojito derecho de Felipe IV, con tan solo 21 años, rememorando su niñez a través del aceite de oliva.

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