229. Los susurros de la almazara

Juan Jesús Muñoz García

 

Cuando el sol se despedía tras las colinas jiennenses, la almazara cobraba vida con un susurro antiguo, casi sagrado. Era la voz de las aceitunas, arrulladas por el viento y la tierra, que llegaban agotadas tras su viaje desde el olivar.

El aire se impregnaba del aroma intenso a fruto recién molido, a tierra húmeda y a historia viva. Don Manuel, guardián de la almazara, cerraba los ojos para escuchar esos susurros, sintiendo que en cada gota de aceite se guardaba la memoria de generaciones, el esfuerzo de manos que mimaron cada rama, cada hoja.

El aceite fluía lento y brillante, como un río dorado que atravesaba el tiempo. Era más que un líquido; era la esencia misma de la tierra, la luz que abrazaba el alma del olivar.

Al caer la noche, mientras el viento jugaba entre los olivos, un último susurro acariciaba la almazara, recordando que el ciclo continúa, que la vida vuelve al campo, y que ese oro líquido es un poema eterno que nunca se olvida.

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