228. La aceituna ganadora
La cena comenzó a la hora de siempre para la familia Velázquez y todo estaba transcurriendo como de costumbre, pero era inevitable caer en el tema que tenía al señor Fabián y a su esposa Patricia sin conciliar el sueño desde hacía varios días: el pago de la hipoteca de la casa que poseían a las afueras del pueblo de Vernet. Las cosas no estaban andando muy bien desde el punto de vista económico y, aunque trataban de disimularlo antes sus dos hijos, la preocupación los hizo hablar.
Olivia y Silvestre, de 12 y 11 años, respectivamente, escucharon todo y, aunque no entendieron muy bien los detalles técnicos, se dieron cuenta de que sus padres necesitaban dinero y de manera urgente, así que cuando llegó la hora de dormir estuvieron charlando un rato al respecto y llegaron a la conclusión de que tenían que idear un plan maestro para ayudar a sus progenitores a salvar la propiedad por la que habían trabajado toda su vida.
En el patio trasero de la casa habían 3 árboles de olivo que tenían cerca de 38 años sembrados allí y anualmente regalaban una cosecha de unos 450 kilos de aceitunas, las cuales eran deshuesadas, rellenas con pimentones y metidas en frascos con salmuera para ser vendidas a los abastos de Vernet y de los pueblos más cercanos. A finales de Septiembre comenzarían a recolectar los frutos pero, según sus cálculos, no les daría tiempo de vender los, aproximadamente, 900 frascos para lograr pagar la hipoteca a mediados de Noviembre, como lo estipulaba el contrato.
Olivia y Silvestre tuvieron tiempo para tomar lápiz y papel y plasmar sus ideas con dibujos, números, mapas y palabras. Una vez listo el cronograma de actividades, escogieron como fecha de inicio el primer día después de la cosecha, ya que sería entonces cuando se comenzaría con el proceso de deshuesado y relleno de las aceitunas.
Para los padres de los muchachos los días transcurrían demasiado rápido y la fecha del pago de la hipoteca se acercaba cada vez más, como si fuese un monstruo hambriento que se los iba tragar sin siquiera masticarlos. Sus hijos, por su parte, estaban absortos en sus juegos y sus momentos de preocupación eran menos y más bajos en intensidad, lo cual era normal para la edad que tenían.
El día de la recolección llegó y, como siempre, fue recibido con alegría y agradecimiento. Como a las 7 de la mañana, los cuatros miembros de la familia se reunieron en el patio con sus varas y cestas de plástico y empezaron la faena. El señor Fabián estaba de buen humor y eso fue bueno porque con sus historias y chistes les brindó un rato de alegría a sus hijos y a su mujer. En horas de la tarde, se subieron a su viejo camión Mercedes Benz para ir a relajarse en las orillas de un rio que estaba a 15 minutos de la casa, allí comieron, se bañaron y pasaron un lindo rato. Al día siguiente, culminaron de cosechar y alistaron todo para iniciar el deshuesado y envasado de las aceitunas.
—Llegó el momento de empezar con nuestro plan, ¿ya tienes el diente en tus manos? —le preguntó Olivia a su hermano.
—Sí, ayer mismo lo saqué de la gaveta del armario de mi papá —dijo Silvestre con una sonrisa cómplice.
—Para verlo —le respondió Olivia.
El hermano menor se metió la mano en el bolsillo y sacó un diente de oro de 18 quilates. Ambos se tomaron unos minutos para observarlo y apreciar su reluciente brillo y su impecable textura.
—¡Pues, manos a la obra, es hora de salvar a nuestra familia! —exclamó la hermana mayor.
Todos los procesos del negocio familiar de la venta de aceitunas estaban regidos por métodos artesanales y se usaban máquinas manuales de bajo costo; además, todos los miembros participaban en cada una de las etapas. Los frascos de vidrio eran adquiridos al mayor en una distribuidora de la capital; lo mismo pasaba con las etiquetas, que eran compradas en una gran papelería. El producto final tenía una presentación muy agradable y un sabor exquisito.
Mientras rellenaban las aceitunas, los dos hermanos tomaron una y, en vez de colocar un trozo de pimentón en su interior, metieron el diente de oro. Luego, la guardaron cuidadosamente hasta que llegó el momento del envasado, cuando la colocaron junto con medio kilo del producto en un frasco esterilizado. Sin prisa, pero sin pausa, los frascos fueron empacados en cajas de cartón para su posterior distribución, la cual estaba a cargo del señor Fabián, quien ya contaba con la confianza de muchos comerciantes de alimentos en los pueblos cercanos. Lamentablemente, las “Aceitunas Artesanales Delicias del Valle” tenían que competir con las de la empresa líder en el sector de los alimentos del país y toda su maquinara publicitaria desplegada en los principales medios de comunicación, así como también en las redes sociales.
Pero, hablando de redes sociales, Olivia y Silvestre, a su temprana edad, ya eran expertos en el tema y fue precisamente en ese terreno en donde comenzaron a dar la gran batalla. Lo primero que hicieron fue contactar a las pequeñas tiendas de comida y restaurantes de Vernet y de los pueblos aledaños para ofrecer su producto; pero lo más importante vino luego, cuando enviaron un pequeño anuncio a las redes sociales de los principales grupos comunitarios, como asociaciones de vecinos, juntas de condominio, clubes deportivos, colectivos universitarios, etc. El anuncio en cuestión decía algo como esto: “Para estos meses de Octubre y Noviembre, Aceitunas Artesanales Delicias del Valle les ofrece una gran promoción: al comprar un frasco de 500 gramos tendrán la oportunidad de encontrar el famoso diente de oro del Tío Oliver; un diente de oro de 18 quilates que ahora podrá estar en sus manos por el precio de un frasco de aceitunas. Recuerda: entre más frascos compres, más oportunidades tendrás de ganar. ¡Compra, disfruta y gana con Aceitunas Delicias del Valle!”.
Lo que más impacto causó de este ardid publicitario fue el video subido en el que los muchachos aparecían mostrando el diente oro, introduciéndolo en una aceituna y luego colocando la misma dentro de un franco etiquetado, el cual se selló con una máquina de precintos termoencogibles.
La voz se corrió rápidamente ente las amas de casa, cocineros, jóvenes y gente del pueblo de Vernet y sus alrededores. Las ventas de Aceitunas Artesanales Delicias del Valle se incrementaban considerablemente y todo apuntaba a que se agotarían a tiempo para poder pagar la hipoteca de la casa de los Velázquez. El señor Fabián y su esposa Patricia estaban gratamente sorprendidos, pero no dejaban de preguntarse el motivo de aquella subida en las ventas. Olivia y Silvestre querían darles la sorpresa y esperaron a estar reunidos en el almuerzo para soltar la bomba; al hacerlo, ambos padres se quedaron paralizados con la boca abierta, mostrando lo que estaban masticando. Los muchachos no dejaban de sonreír esperando una gran felicitación, pero lo que escucharon también los sorprendió:
—Está bien que hayan tratado de salvar nuestra casa, pero ahora soy yo el que les tienen una sorpresa —dijo el señor Fabián mientras retomaba el aliento—. Ese diente de oro no es cualquier diente de oro; le perteneció al gran cantante de rock James Hudson y puede costar una fortuna. Lo tenía guardado en caso de una súper emergencia y vale mucho más que la hipoteca de la casa.
—¿Y cómo llegaste a conseguir ese diente? —preguntó Silvestre con curiosidad.
—Yo trabajaba como chofer de uno de los transportes del hotel en donde se alojó James y su banda “Draxter” cuando vinieron a nuestro país. Una noche, los estaba llevando de vuelta luego de una gran fiesta que tuvieron en un local nocturno. Estaban muy borrachos, por no decir otra cosa. Cuando James bajó las escaleras del autobús, se cayó y su boca fue a dar directo al pavimento. Yo bajé inmediatamente y lo ayudé a levantarse, puse su brazo sobre mi hombro y lo llevé hasta su habitación, en donde lo ayudé a sentarse. Luego, revisé su boca y llamé al doctor del hotel, el cual lo atendió debidamente. Cuando regresé al autobús, pude ver que muy cerca de una de las ruedas había algo que brillaba, así que me agaché a recoger el extraño objeto, que resultó ser el diente de la estrella de rock.
—¡Increíble papá! ¡Conociste a James Hudson!, ¿y qué hiciste después? —interrumpió Olivia con asombro.
—Bueno, al día siguiente, toqué la puerta de la habitación de los rockeros para entregarle su diente a James. Él ya estaba mucho mejor y me atendió con mucha amabilidad. Me dijo que pasara y me ofreció un trago, luego me dio las gracias, me dio un abrazo y me dijo que me quedara con su pieza dental. Después, nos tomamos unas fotos mientras mostrábamos su diente a la cámara y me dio un papel escrito a mano en el que certificaba su autenticidad. El diente tiene sus iniciales grabadas, por lo que se puede reconocer con facilidad.
—¿Y qué vamos a hacer ahora? —preguntaron los hermanos, ya con un sentimiento de culpabilidad.
Su padre los miró con amor y firmeza y les respondió sin dudar mientras se levantaba del asiento:
—¡Pues, tenemos que recuperar ese diente en donde quiera que esté! ¡¿Están conmigo?!
—¡Claro!, ¡sí!, ¡a rescatar ese diente!, ¡cuenta con nosotros! —fueron las respuestas que sonaron en el aire.
El problema ahora era por dónde empezar. Eran 900 frascos repartidos en Vernet y en 3 pueblos cercanos. ¿En qué pueblo, en qué tienda, en qué repisa y en qué frasco estaba el fulano diente? El padre les preguntó a sus dos hijos si tenían alguna pista, si recordaban algo.
Silvestre y Olivia siempre supieron en qué caja estaba el frasco ganador y recordaron muy bien que fue transportada al pueblo de San Eufrasio y que fue vendida a un pequeño abasto llamado “El Cactus Sonriente”.
—¡Terminen de tragarse la comida, porque salimos inmediatamente para San Eufrasio! —dijo en definitiva el señor Fabián.
El viejo camión Mercedes Benz dejó las ruedas marcadas en la tierra cuando arrancó a toda velocidad. Durante el viaje, cada uno de los miembros de la familia se imaginaba una escena diferente; por ejemplo, la señora Patricia era un poco pesimista y pensaba que ya habrían vendido el frasco; Fabián se aferraba a la idea de que podría negociar con el dueño de la tienda para que les vendiera de vuelta toda la mercancía; Olivia se veía a sí misma en frente de una repisa que sólo tenía un único frasco de aceitunas: el frasco ganador; por su parte, Silvestre se imaginaba que si el dueño no quería devolverles la mercancía, tendrían que atarlo y amordazarlo para poder recuperarla.
Durante el camino, la señora Patricia y su esposo acordaron que, en el peor de los casos, tendrían que comprar a crédito todas las cajas de aceitunas al precio que el dueño de la tienda las estuviese vendiendo al público. Al escuchar la conversación, Silvestre interrumpió con una noticia:
—Cuando agarré el frasco que íbamos a usar para meter la aceituna con el diente, se me cayó al piso, y cuando lo levanté noté que el fondo perdió un pedacito de vidrio, muy pequeño…
—Entonces, el fondo está astillado, ¡ese es el frasco que debemos encontrar! —exclamó el señor Fabián—. Yo voy a hablar con el dueño de la tienda mientras ustedes van revisando… ¿ok?
La familia Velázquez llegó al local y el encargado de la tienda no pudo evitar notar un comportamiento sospechoso en ellos.
—¿En qué los puedo ayudar? —preguntó con amabilidad.
El jefe de familia se acercó para preguntar por el dueño del negocio mientras que los otros tres empezaban a revisar los envases. El encargado le explicó que el propietario de la tienda estaba de viaje y que iba a tardar una semana en volver. Tratando de no mostrar su angustia, el señor Velázquez le explicó que los niños habían escondido el diente de oro de su difunta madre en una de sus aceitunas y que quería recuperarlo por motivos sentimentales (obviamente, no le iba a revelar que se trataba del diente del gran James Hudson). El joven respondió que no podía tomar ninguna decisión si no hablaba primero con su jefe. Fabián lo convenció de que lo llamara, pero nadie contestó el teléfono.
Durante esos momentos de estira y encoge, una viejita entró a la tienda y con su lento caminar llegó hasta la repisa en donde estaban las aceitunas, tomando un frasco ante los ojos atónitos de la señora Patricia, quien inmediatamente la siguió hasta la caja en donde estaba el encargado. Mientras se preparaba para pagar, Patricia le hacía señas a Fabián y luego le preguntó a la doña:
—Señora, ¿podría revisar su frasco de aceitunas?, es que estoy buscando uno en particular.
La anciana agarró el envase con su mano huesuda y arrugada y, señalando hacia las repisas, le dijo casi gritando:
—¡Allá hay muchos frascos, vaya y busque el suyo, este es mío y no quiero que lo toque!
La anciana sacó unas monedas del bolsillo de su ancho vestido de algodón, las puso en el mostrador y se fue refunfuñando sin esperar el cambio ni la bolsa. Tratando de disimular, el señor Fabián fue hasta donde estaban sus hijos y poniendo las manos sobre los hombros de Silvestre, le dijo:
—Necesito que sigas a esa vieja, y que no se dé cuenta. Averigua a dónde lleva el frasco.
El niño siguió a la señora dejando una buena distancia entre ambos. La anciana caminó hasta la parada de autobuses y esperó hasta montarse en el que la llevaría hasta la cercanías de su casa. En los jardines de la vivienda, Silvestre vio a un grupo de señoras que preparaban un banquete para una feria de oleoturismo que se llevaría a cabo al día siguiente en la plaza central del pequeño pueblo. Al caminar entre ellas, vio varias mesas con algunos platillos ya listos, como tortas decoradas, dulces, panes, etc. También vio a otros niños jugando y se les acercó. Luego de jugar con ellos durante unos 15 minutos, tuvo la oportunidad de asomarse por la ventana de la cocina y vio a tres mujeres (incluyendo a la “adorable” viejita) elaborando unos tamales. Entre los ingredientes del relleno estaban: carne de res y de gallina, alcaparras, trozos de verduras y, por supuesto, una jugosa y suave aceituna. Las cocineras también estaban haciendo una rica ensalada aderezada con aceite de oliva y otros deliciosos entremeses.
Luego de un rato, una de las mujeres salió a tirar la basura en un gran container que estaba a orilla de calle, así que Silvestre esperó a que entrara de nuevo a la casa para revisarlo.
Los padres del niño estuvieron esperándolo en frente del Cactus Sonriente hasta casi el anochecer. Silvestre llegó sucio y apestando a desperdicios, pero traía algo importante en su mano: el frasco con el fondo astillado, ¡era el frasco ganador! También se había informado sobre lo que acontecería al día siguiente en la plaza, así que los Velázquez decidieron convertirse en unos de los turistas que llegarían al festival a conocer sobre el oleoturismo y a degustar los deliciosos platillos preparados con el fruto del olivo.
El Festival comenzaría a las 11 de la mañana, pero el Señor Fabián, Patricia, Olivia y Silvestre ya estaban en el área desde las 9:20 a.m. y se apostaron en lugares estratégicos. Poco a poco, observaron como iban instalando las pantallas y los equipos de sonido. También vieron como decoraban las mesas y acomodaban sobre ellas las distintas exposiciones; por ejemplo, había una con varios tipos de aceitunas: la Manzanilla, tradicional en España; la Kalamata, popular en Grecia, etc. También había una mesa con varios tipos de aceites de oliva, entre ellos, el aceite de oliva virgen extra, muy apreciado por su intenso sabor y aroma. Otra exposición mostraba más productos que se obtienen del olivar, como el alperujo usado en la alimentación de animales, huesos de aceitunas para biocombustibles, cosméticos hechos con aceites de oliva, entre otros. En un rincón habían unos porrones sembrados con algunas de las más de 1.000 variantes de olivos que existen; ese lugar fue escogido por Olivia para esconderse y poder observar mejor los alrededores.
Cuando el festival comenzó, los Velázquez comieron tantos tamales como pudieron a fin de encontrar la aceituna ganadora, pero no tuvieron éxito. Silvestre se le acercaba a cada persona que estaba comiendo uno y le pedía que, por favor, le regalara la aceituna. Así que poco a poco fueron descartando las opciones y, cuando ya se estaban dando por vencidos, Olivia divisó a un jovenzuelo rubio y obeso sentado en una mesa a punto de comerse un tamal. Ella caminó hacia él y se paró a su lado, se arregló el cabello y sonriendo le preguntó:
—Hola, me llamo Olivia… ¿Me regalas tu aceituna por favor?, la necesito para un experimento.
—¡No! ¡Tengo mucha hambre y me lo pienso comer todo!, ¡así que lárgate niñita estúpida! —respondió el maleducado infante.
Olivia apretó un puño y cuando estaba a punto de darle su merecido, el gordito lanzó un grito de dolor y llorando dijo:
—¡Ay, mi boca! ¡Mi diente! ¡Me partí mi diente!
Olivia puso la mano extendida en frente de su cara y le dijo:
—Escupe aquí, seguro mordiste un huesito que estaba en la comida.
El niño le llenó la mano con una mezcla de comida, saliva y sangre. Ella revisó lo que había y regresándole el diente roto, le dijo:
—Aquí está tu diente, toma… ¡Hasta nunca bobo! —y se fue con el diente de oro hacia donde estaban sus padres.
Finalmente, y gracias a las ventas de las Aceitunas Artesanales Delicias del Valle, la familia Velázquez logró reunir los 4.070 euros que faltaban para pagar la hipoteca y pudieron conservar el diente de oro del famoso rockero James Hudson.



