221. La próxima cosecha

Ocrán Sanabú

 

Antes de marcharse, Manuela dejó un olivo minúsculo junto al balcón. Al principio estaba muy dolido y lo ignoré, pero a los pocos días me acerqué como el que se acerca a un buen recuerdo y empecé a regarlo. Poco a poco me sorprendía regresando a casa deprisa para cuidar a mi olivo, a primeros de año lo podé con más amor que pericia, los meses siguientes lo aboné con cuidado y a principios de verano vi, lleno de felicidad, cómo aparecían en sus ramitas las primeras aceitunas, pequeñísimas, que fueron creciendo lentamente hasta septiembre cuando la recolección fue toda una fiesta. Convertir las olivas en aceite supuso todo un premio, el resultado de un proceso intenso cercano a la sanación personal.

De todo esto hace más de un lustro, Manuela no ha vuelto, ni sé nada de ella, pero cada día sé más de horticultura, y de aquel primer árbol han salido otros olivos, y mi casa, poco a poco, se ha convertido en un enorme olivar donde trabajo cada mañana y donde duermo cada noche junto a sus raíces, lejos de los recuerdos, pensando sólo en cómo será la próxima cosecha.

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