219. El olivo

Simone

 

A sus ciento ochenta y tres años, cuando solo se encontraba en su niñez, segaron su vida. Había sobrevivido a temporadas de duras sequías gracias a su fortaleza, aunque hay que decir que fue socorrido en muchas ocasiones, sobre todo, mientras era un pequeño mimbre al que azotaba el viento con violencia. Manos callosas se afanaban por acercarle un cántaro de agua para calmar su sed y esas mismas manos se preocuparon de darle una forma elegante y armoniosa. A esas manos grandes y duras, le sucedieron otras muy parecidas, y a estas otras, unas nuevas, aunque ya no tan pulidas por el tiempo y la tierra. Como agradecimiento, cuando llegaba el invierno, él llenaba esas manos de carnosas aceitunas. Ahora, arrancado por una fría y devastadora mano de hierro, muere este joven olivo y con él, la memoria de quienes lo cuidaron.

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