214. El último oleólogo

L. Drusila

 

El viejo maestre oleólogo había perdido la vista, pero podía leer la historia del mundo en una gota de aceite. Reyes agonizantes acudían a su lagar en la montaña, buscando el veredicto final en el oro líquido.

Aquel día, el enviado del último monarca le trajo una muestra del olivar real. El maestre vertió una gota en su mano, la calentó con su aliento y sumergió en ella la yema del dedo. Luego, se llevó el dedo a los labios y cerró los ojos vacíos.

«Cuénteme», suplicó el enviado.

«Veo… un árbol joven, plantado con prisas para apaciguar al pueblo. Sus raíces son superficiales, temen la sequía de la verdad. El fruto fue recogido con miedo, no con respeto. Y en la molienda… escucho lamentos».

«¿Y el sabor?», insistió el hombre, pálido.

El maestre guardó silencio un largo momento.

«Sabe a hierro, a sangre seca en las piedras, al silencio que deja una batalla perdida».

El enviado partió con la sentencia. El maestre se quedó solo, limpiándose la mano. Su don no era magia, sino simple honestidad. El aceite siempre delata el corazón de la tierra que lo nutre. Y aquella tierra, como el rey que pronto caería, estaba podrida.

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