208. Susurros del olivar

Manuel Crespo Bellón

 

La lluvia caía mansa riéndose de la noche, el aguacero se mitigaba y se tornaba en suave llovizna cuando la luz del día se convertía en sombras.

Las nubes de verano volaban en el viento y, poco a  poco, se fueron convirtiendo en densas nubes cárdernas violentas, presagiando la inminente tormenta.

Súbitamente un relámpago lo iluminó todo durante un instante y la culebrina cegadora del rayo se dejó ver iluminando las nubes silenciosas, invisibles en la oscuridad.

Tormenta inquieta, imponente que descargaba con fuerza sus pesadas gotas repiqueteando el follaje de nuestras ramas y el polvo de los caminos.

Después, cuando todo pasó, brillo la luna inmensa como metal entre las ramas y las veredas…

Al clarear el día, cuando desperté una excitación subió desde mis raíces hasta lo más alto de mis ramas. El acebuche que un día surgió de la Tierra de una forma natural e inesperada, ese pequeño olivo silvestre que tanta compañía me dio durante su joven vida, ahora yacía carbonizado; sus tiernas ramas aparecían dispersas y colgando, la savia se convirtió en vapor, su corteza explotó y en el suelo circundante quedaron zonas ennegrecidas por el intenso calor

Me quedé un rato en silencio, mi mirada no se podía apartar de aquel escenario, mientras mis pensamientos se perdían en la inmensidad de los olivares.

Ahora, en el silencio, empecé a tomar consciencia de que las tormentas no tienen motivo, ni explicación ni razón, y me daba cuenta de que este cúmulo de sinrazones me llevaba a lugares donde, de otra forma, no habría podido llegar.

Ahora, me vienen de forma viva nuestras conversaciones de tantas cosas en nuestros escenarios de los olivares de Jaén. Escenarios impregnados de sabrosa intemperie que se mezclan con las nieblas la cellisca y las friuras de los amaneceres.

Nos fundíamos con cada amanecer y con cada crepúsculo. Agradecíamos en nuestros troncos rugosos y en nuestras ramas las templadas lluvias de Abril y en otoño, la humedad de las lomas empapadas.

Disfrutamos de esa escenografía de la libertad de los campos donde todo estaba unido por el vínculo de su naturalidad.

Había muchas cosas que nos crecían muy hondo. Muchas veces nos perdíamos cuando nos asaltaban dudas y palabras desconocidas.

Otras veces nos contábamos sueños y recuerdos, compartíamos certezas y bellezas y también preguntas de esas a las que no le encontrábamos respuesta.

Han pasado muchos días desde aquella noche en que tantas cosas quedaron interrumpidas de una forma brutal. Cuando me despierto te busco, me vuelvo para mirarte y solo encuentro ese lugar que estuvo habitado durante tanto tiempo y que ahora está habitado por nadie.

La primavera se acerca y, con ella reviven de forma más intensa anhelos imperecederos, añoranzas inquietas, deseos intuitivos…sí, ya se empieza a notar la primavera, y todos los pensamientos y aspiraciones que el viento dispersa en miles de lugares lejanos, están hacinados en mí.

¿Quién demonios no es un soñador? Con estos pensamientos estaba cuando, entre las sobras del crepúsculo, me pareció ver algo que antes no estaba.

La presencia de aquello anunciaba un magnetismo silencios o todo parecía reunirse y cobrar sentido en ese lugar.

Durante toda la noche no dejé de mirar el lugar donde debías estar sacando conclusiones de que la naturaleza nos puede castigar de una forma irreparable, pero también nos puede dar vida donde creíamos que ya no será posible. También recordé muchas escenas que yo había presenciado, de la capacidad de regeneración que tenemos muchos de los que ahondamos nuestras raíces en esta tierra y que resurgimos cuando ya se nos daba por desaparecidos después de sufrir, en apariencia, daños irreparables.

En estos pensamientos estaba cuando las primeras luces del alba empezaron a iluminar los campos y, cuando ya no esperaba nada, un impacto intenso y repentino m sacudió desde mis raíces…., pero ¡no es posible!, ¡estás ahí!, parecía como si regresaras a tu infancia para nacer en otro lugar.

Yo sé que la naturaleza tiene sus ciclos de vida y de muerte y, me había dicho que una mañana no lejana te vería florecer. ¡Ya verás como tendrás más primaveras!

Y así fue. Un pequeño vástago, insignificante, pero verde y vigoroso, surgía de entre las piedras labradas por el rayo.

Yo te veía como a la Tierra, renovándote para seguir proyectando nuevas formas de existir.

Ahora puedo entender mejor como yo, centenario olivo, con mis enormes troncos rugosos ennegrecidos por las muchas intemperies, con mis ramas dobladas por el peso de mis abundantes frutos, con mi porte desafiante…, y tu recién nacido acebuche, que un día surgió de la Tierra de forma natural, a saber de done vino la semilla que el viento trajo hasta aquí; con tus todavía débiles ramas y, esperando el casi milagro de  alguna improbable acebuchina…., tu acebuche y yo olivo centenario, somos un símbolo de armonía, somos resistencia y esperanza. Entre estos mares de olivos se esconde algo más que el fruto que ofrecemos.

El espíritu del olivar es un regalo, es un ambiente laborioso, somos un repertorio de tradiciones y, cuando me comunico contigo, siento una sensación de calidez.

No somos sólo un conjunto de árboles, somos una estructura viva con una capacidad de respuesta para afrontar cambios.

Tu, joven acebuche, superas los obstáculos prácticamente insalvables, y accedes de esta forma a los recursos que la naturaleza te ofrece y que te son necesarios para mantenerte erguido.

Después de nuestra dura experiencia, en cierto modo, me relaja contemplar como aún sigue vivo sin explicaciones aparentes.

Quizás tus raíces se han expandido por los alrededores hasta enzarzarse con las mías y, de este modo, compartimos esos nutrientes tan necesarios para nuestra supervivencia y, probablemente, nuestra conexión albergue una dependencia entre nosotros y nos ayude a recuperarnos ante las amenazas externas que la naturaleza nos tiene reservadas, ya que estamos constantemente expuestos a fenómenos imprevisibles.

Ya están empezando las canículas. Un sol de justicia hace abrir la boca al lagarto, las amapolas están empezando a cansarse de su color y la machacona chicharra no deja de saludar al verano.

El tiempo se ha quedado asentado de calores, aunque sopla el relente en los atardeceres y son frescas las amanecidas.

Hoy el sol alumbró con ganas y cuando llegó el atardecer soltó unos lagrimones que apelmazaron el polvo de los caminos.

El chaparrón vino al pelo para ablandar un poco la tierra.

Me deleita este olor del agua y este suave murmullo de las hojas estremeciéndose

Después empezó a dejarse ver la compañera de las noches hermosas, la luna, una ancha luna enteramente redonda que se elevaba suavemente.

Podía decirse que los olivos dormían. ¡Sueña, sueña, que yo te lo impediré!

La naturaleza no se está quieta. El verano empieza a anunciar su final, las temperaturas comienzan a descender, los días se acortan y las noches se alargan

Las nieblas y las brumas que nos aportan humedad empiezan a ser frecuentes, y, desde la lejanía llegan hasta aquí los ecos de esa habla popular que mezcla vientos, nubes y promesas con las cabañuelas agostizas.

Pronto llegará otoño y, nos empezará a evocar que se acerca la época de recolección, a la vez que nos mostrará la belleza que entraña esta transformación.

Escucha, viejo centenario, creo que ha llegado el momento de que yo también te hable: siento deseos de comunicarme contigo, pero es que tu sabiduría me deja en un estado de escucha del que me es difícil salir. Miro tus troncos que me hablan de historia y tus ramas que guardan vivencias de muchos años.

Me quedó atónito cuando voy descubriendo tu sabiduría y me haces sentir la vitalidad que escondo.

Haces que renazca en mí la fuerza que necesito para lograr la promesa de mis ramas.

Soy muy pequeño a tu lado pero comparto contigo el amor por esta tierra y tus razones son una guía para mí.

Te miro y se despiertan en mí fuerzas que estaban dormidas y que me ayudan a salir airoso de los peligros que entrañan las estaciones cambiantes.

Pues creo que te entiendo bien, incipiente acebuche.

A veces, me asalta la duda de si no me estaré asilvestrando, ya que parece que estoy desarrollando algunas características similares a las tuyas

Estamos lejos de ser insensibles, tenemos muchos sentidos para percibir lo que sucede en nuestras cercanías, nos hemos adaptado a nuestro entorno respondiendo a estímulos y amenazas.

Escuchamos la lluvia, escuchamos los granizos, escuchamos el viento…, todos nos hablan.

Tenemos nuestro sistema activo de comunicación y ya hemos comprobado que somos capaces de reconocernos y adaptarnos para comunicarnos e intercambiar recursos y señales.

No somos pasivos, sabemos ayudarnos mutuamente. Esta tarde percibo de una forma especial la belleza de nuestro clima y la fertilidad d nuestros suelos.

Hoy quiero terminar aquí.

Estamos entrando en un estado de olvido. Poco a poco perdemos influencia sobre el presente.

¿A dónde se están yendo los susurros que surgían en estos olivares?

Solo es una reflexión. Para mi es suficiente con que estés ahí.

Un día el pasado nada tendrá que decir al presente, la historia quedará dormida y finalizará la loca aventura de vivir en este mundo.

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