206. Consejo comercial

Lisístrata

 

-Perdone, señorita, ¿Cuál de estos aceites de oliva me recomendaría?

Ya no le apetecía pensar. ¿Qué hora era ya? De repente, las luces del supermercado le parecían demasiado intensas y le dolían los pies. Los niños, nerviosos como ardillas, correteaban alrededor del carro. La reponedora era una chica joven con aspecto de deportista, fresca y juvenil.

– Pues verá, si es para ensaladas, cualquiera le vale.

María suspiró, resignada. Aquello no le ayudaba, y estaba tan cansada…

-Pero si quisiera que alguien dejara caer unas gotas en mi cuello, para que deslizaran culebreando caprichosamente entre mis pechos haciendo que se endurecieran ante el cosquilleo, que luego esas gotas escurrieran por mi abdomen mientras éste se contrae ansioso, y confluyeran en mi ombligo, de donde ese alguien pudiera libar parte de ellas con su lengua…, y después siguiera con su boca, provocándome escalofríos, a aquellas otras gotas que se derramaran hasta mi pubis… yo elegiría este, sin duda.

-Cariño, no eches de ese aceite a la ensalada. No, de ese no. Luego te lo explico, cuando hayamos acostado a los niños.

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