205. El olivo del abuelo

Melmoth

 

Los primeros días de septiembre, antes de terminar mis vacaciones, mi abuelo me pedía que fuera con él al olivar.

—Hay que pedir a los árboles su fruto—decía, mientras revisaba las ramas cargadas de aceitunas que pronto habría que varear.

Yo lo seguía a regañadientes, pensando en estar con mis amigos, en la ciudad a la que pronto regresaría, en la vida que tenía lejos de aquel mar verde interminable.

Con el tiempo, entendí que en esos paseos él me estaba dejando su legado: el aroma del aceite recién exprimido, el susurro del viento entre las hojas, el silencio denso de la siesta bajo la sombra.

Cuando mi abuelo nos dejó, regresé triste y solo al olivar. Acaricié el tronco del olivo más viejo como tantas veces había hecho, pero esta vez sentí una repentina presión en el pecho.

—Ahora te toca a ti —susurró una voz que parecía proceder del propio árbol.

Retrocedí asustado y miré a mi alrededor. No había nadie.

Desde entonces, cada otoño vuelvo al olivar. Ya no me quejo. El abuelo sigue allí, esperándome, convertido en árbol.

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