201. Lágrimas de aceite

Labriego

 

Para aligerar la carga, mi abuelo y yo nos quedamos en el cortijo. En el carro no cogía ni una aceituna más. Después de colocar los ocho serillos, mis padres y mi abuela se encaramaron encima. A la voz de arre, la mula salió resoplando a querencia del molino.

Aunque no había luz eléctrica y se dormía sobre un poyo de piedra, me apasionaba pasar la noche en aquella casa. Al calor de la lumbre, los cuentos de mi abuelo cobraban un encanto especial. Había pasado el día recogiendo suelos con mi abuela y tenía deshollejadas las rodillas, pero eso era de valientes.

Para cenar, sacó mi abuelo un cacho de queso de la talega.

—A mí no me apetece queso, abuelo, prefiero un huevo frito.

—Muy bien. Ahora mismo te lo frío.

Pero cuando echó mano a la alcuza, no quedaba ni gota de aceite. Fue tanta mi desolación, que no pude contener el llanto.

—No llores, mi vida, que tendrás tu huevo.

Cogió el candil y fue a la habitación de al lado. A los pocos segundos volvió con unas lágrimas de aceite en la sartén, y con ellas me hizo una sabrosa tortilla francesa.

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