200. Una aceituna con alma

Sonia Rodríguez Gómez

 

En mitad de la campiña, el sol acaricia las hojas plateadas y antiguas plegarias resuenan en un olivar. Se extiende como un patriarca venerable, amplio en raíces que tocan lo que no vemos y ramas alzándose con presencian secular. Cada tronco guarda la memoria de la lluvia, las sequías, de los pasos y el silencio que ni el viento perturba. Entre ellos, el más viejo se alza con autoridad discreta, engrosado por innumerables años, capaz de apaciguar en su sombra los días y el hondo palpitar de la tierra.

En sus ramas nacen, año tras año, millares de aceitunas. Pequeñas esferas verdes que cambian con las estaciones, engordando lentamente mientras la savia circula desde las raíces hasta cada hoja, cuerpos que apenas se mueven pero que sienten el mundo a su modo. Cada aceituna se deja mecer por el aire, golpear por la lluvia, picar por sol, cumpliendo un ciclo que reconocen: crecer, madurar, caer, transformarse.

Todas siguen el mismo destino. Todas excepto una.

Entre la multitud de frutos una oliva diminuta y brillante, con un verde intenso prevalece. No responde a los temblores de la rama ni al empuje de la vara. Su ser invisible, refleja en profunda sincronía el alma del árbol. Un conciencia, que no se conforma con la rutina de la cosecha. Que vive en cada pulso del árbol, cada trazo que diseña una hoja, cada temblor que vibra en las raíces.

Mientras las demás aceitunas se dejan hacer sin resistencia, ella se obstina. Hoy es la hoja, el crujir de la madera, la corriente de la savia, y se resiste a caer. No es fruto que espera convertirse en aceite. No será moldeada por manos. Su existencia aguarda un territorio más amplio, donde el tiempo y la materia son el marco que sostiene su latido.

Cada día el olivar es un mapa de sombras y luces. La oliva acepta el dorado del amanecer en su frágil estructura que cambia con la brisa, doblegándose a un ritmo creciente. Se alimenta de la memoria del olivo, de la vida que les rodea. Y mientras lo hace, se fortalece, distinguiéndose del resto, elevándose a un renacer propio, sin condición.

El rudo olivo la sostiene sin esfuerzo. La pequeña oliva confía en sus ramas blandiendo la prolongación de su alma. No hay prisa, no hay temor; solo la eternidad misma.

Las estaciones avanzan. El calor del verano llega, y la oliva se engrosa con cada rayo de sol. El aire, aroma de tierra, se mezcla en la imperceptible vibración del crecimiento. Sabe que está viva de un modo que excede su carne y su piel; que hay un pulso que la atraviesa y la conecta, al que no quiere renunciar.

A medida que septiembre se aproxima, las aceitunas comienzan a engordar y oscurecerse. La mayoría, acepta la próxima cosecha como el cierre natural de su existencia. Pero ella permanece, terca, se aferra. Su pequeña alma conoce ya otro destino bien distinto: no será aceite, no será consumida. Madura un secreto en armonía con la huella del olivar y la espera.

El sol sigue girando, las noches comienzan a helar. Cada hoja que cae, cada brizna de hierba es una lección silenciosa. Su conciencia se vuelve más profunda. No hay miedo a la muerte; solo certeza.

El invierno llega, cubre la campiña con un manto de escarcha. El olivar se vuelve lento, sus ramas crujen y la luz del sol apenas logra atravesar las hojas que escasean. La pequeña oliva, todavía se aferra a la rama, siente cada cambio recorriendo su cuerpo. Su piel se arruga, y su color se oscurece hasta volverse casi negro, pero su espíritu sigue luminoso y firme.

El mundo es más silencioso, no importa. La hierba se inclina al rocío de la mañana, la tierra se vuelve dura, y los pájaros buscan refugio. Cada latido del árbol se pausa, acunando a la oliva en su particular ciclo. Todo se llena de peso y significado bajo este sol de invierno.

No teme a la caída, aunque ya la calcula. Sabe que el momento de separarse se acerca, lo acepta, es un canto a su naturaleza de aceituna marchita. Su resistencia ya no es obstinación, sino entrega, un aliento entre la vida que ha vivido y la que está por venir.

Una madrugada, congelados los cristales del cortijo, el tallo finalmente cede. La oliva cae suavemente sobre la tierra helada, sin ruido, apenas un pestañeo imperceptible entre ella y el suelo. La caída no es un final; es un tránsito, un cambio de estado que le permite fundirse y absorber la energía desde otra perspectiva, bajo las raíces del olivo centenario.

Transcurren los días, y se sienten algunos pasos. La pequeña oliva se hunde lentamente, discreta, la tierra la recibe con paciencia infinita. Sus capas externas se ablandan, liberando la savia retenida y permite que su núcleo se transforme en semilla. Allí, en la oscuridad húmeda, su existencia se modifica en germen de futuro.

El olivar es testigo de la metamorfosis. Las raíces atienden a la pequeña oliva caída, la sostienen sin tocarla, y ella siente esa cercanía, esa protección, reconoce que su destino está obrando. Se negó a ser aceite, fundiéndose en un ritmo mayor que trasciende estaciones, años y generaciones.

El invierno avanza y con él, la oliva, convertida ahora en semilla, se alimenta de la humedad, de los nutrientes del suelo, de la energía que emana del olivo y de los árboles cercanos. Todo su ser se contrae para renacer.

Cada noche, el viento trae sonidos más allá del olivar, ella los percibe como parte de un nuevo mundo que se expande. La luna proyecta sobre la tierra su brillo plateado, y la semilla lo acepta. Todo forma un tejido que la envuelve y reconoce su lugar: distinto al de todas las demás aceitunas, especial por su resistencia, importante por su entrega.

Con la llegada de los primeros rayos tibios de la primavera, comienza a abrirse. Un hilo verde surge, buscando la claridad, que le permite continuar su ascenso. Es un brote frágil, pero firme, como el espíritu que lo precedió.

En ese instante, la oliva deja de ser fruto caído; se convierte en germen de vida, en extensión del árbol, en promesa de continuidad y eternidad.

Cada centímetro que asciende es un acto de vida, un gesto silencioso de fidelidad al olivo que la sostuvo, de reverencia al suelo que la acoge y de obediencia al tiempo que marca su propio ritmo.

El brote se fortalece día a día. Sus hojas primeras, pequeñas y delicadas, se transforman en la energía que circula por su diminuto tallo, independiente al fin. Todo alimento invisible, traza el destino que no pertenece al ciclo que la mayoría de las aceitunas sigue.

Las hojas de su compañero anciano brillan con tonos de plata y verde intenso, los pájaros regresan a los nidos, y el campo entero enmarca un instante perfecto de respiro y claridad. La oliva que siempre se negó a ser aceite, se extiende hacia la vida con una plenitud que excede su forma física.

El crecimiento es lento pero constante. El brote se convierte en tallo firme, en estructura que desafía la fragilidad de su nacimiento. Sus raíces buscan la tierra, explorando cada rincón, absorbiendo fuerza y memoria. Cada fibra de su ser es un testimonio silencioso de la resistencia y la fidelidad.

Con el paso de los meses, se ramifica, formando hojas más numerosas y fuertes. El olivo joven, nacido de una oliva que eligió su destino, se eleva con dignidad, reflejando en su verde la luz del sol y acompañando al árbol que la vio nacer.

El viejo olivo permanece, como lo ha hecho desde siempre. Sus ramas se inclinan sobre el joven centinela del campo, ofreciendo sombra y protección, compartiendo savia en aceptación y reconocimiento. La pequeña oliva, se ha convertido en compañera y heredera, portando la esencia de su firmeza.

El olivar acoge su renacer con alegría. Los animales se acercan, los pájaros la encuentran en sus ramas, la tierra la impulsa. Cada instante de crecimiento del joven olivo es paciencia y promesa, una existencia que no se conforma, un alma que elige su camino y crece sin permiso.

Con el tiempo, el olivo alcanza la fuerza suficiente para sostener su propia copa, para diseñar sus propias sombras y ofrecer refugio a otros seres.

En la quietud de los atardeceres, cuando el sol lo tiñe de ocre y el viento se posa en cada rama, la historia de la oliva se escucha como un recital invisible entre los árboles. La memoria del olivo centenario y la fuerza del joven olivo se reconocen, todo conserva en la aurora la pasión de aquel fruto que quiso ser árbol.

Así, la vida continúa.

Se desliza con nombre de olivar, de oliva, de aceituna, de hoja, de verde. El joven olivo simplemente está, y en ese estar se despliega su plenitud, un pulso que permanece y cambia en sus nuevos ciclos. Sus ramas crecen sabias, cada una desmembrando un carácter propio, diferente en forma y tensión, convergiendo en un tono de aquello que lo precede.

El tiempo, en el olivar, se percibe de un modo distinto. No pasa con prisa ni se impone con fuerza; se insinúa, se curva, se detiene en cada nudo de la madera joven, en cada torsión de su estructura, en cada pausa que la existencia le concede.

La oliva que fue fruto no recuerda el peso de la caída, ni el frío que sostuvo; Cada célula de su ser vibra en sutilezas. Su resistencia se conserva en la torsión delicada de sus brazos, en sus aceites esenciales. Nada grita ni se impone; todo se insinúa, se mantiene, se acomoda con paciencia y precisión.

No hay urgencia, no hay espera, no hay conflicto. Y así, el olivo crece y multiplica sus frutos.

Y en esa multiplicación, el alma que parecía única se dispersa sin perderse, transformando la obstinación que la definía en un río de vida que corre más allá del árbol, más allá de lo que pudo abrazar en la soledad de su propósito.

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