199. El botiquín de mi padre

Belén Lobelia

 

Mi padre lloraba, mezclaba las lágrimas con el carbón de la fragua de sus manos dejando su cara manchada de pena. Él quiso ir al colegio, por eso lloraba, como los demás niños lloran porque no quieren ir.

Mi padre, que todavía no era mi padre, vivía en la ciudad del río cuando cayeron las bombas que cerraron la cancela del colegio, él había estado esperando ese momento como un sueño infantil, más que un regalo, más que una chuchería, él quería, por encima de todas las cosas empezar el colegio.

Mi padre, que todavía no era mi padre, se convirtió entonces en arqueólogo de libros, preguntaba por el lugar donde habían caído las bombas, iba a las bibliotecas donde habían caído las bombas, buscaba por los socavones donde habían caído las bombas, entre sus piedras, entre los cadáveres hechos de restos de papel, volátiles (porque los otros restos no había que buscarlos, se veían a pedazos por los escombros). Cogía algún superviviente y se escondía, en cuclillas, dentro de los agujeros que dejaban las bombas, aquí ya cayó una, aquí no volverá a caer, pensaba con su cabeza de viejo, y con el superviviente (como él) hecho de hojas y de tinta, se apartaba de la metralla, de las bombas que seguían cayendo, de los que ya sabían leer pero que no le enseñaban. Por eso él todavía miraba los renglones como si fueran misterios.

Mi padre todavía no era mi padre, era ahora un niño que trabajaba. Mi padre ya no tenía madre, tenía siete hermanos y un padre que llevaba los zapatos rotos.

A mi padre, que todavía no era mi padre, le gustaba leer, pero todavía no sabía leer, se sentaba en el escalón de la entrada al terminar su jornal, con una tiza y un ladrillo hacía garabatos mirando un libro roído por las ratas. Imitaba los trazos, giraba en las aes, puntuaba en las íes, sesgaba en las es. Cuando la tiza se gastaba y llegaba a sus uñas el tacto rasposo del ladrillo en que trazaba los grafemas traía otra del taller, las tizas que compraba su padre para marcar en los hierros, porque mi padre era herrero, pero herrero de forja artística, igual que enroscaba vocales y consonantes enroscaba el hierro fundido, hacía caracolillos para enrejar ventanas, pasamanos de escaleras de caracol, lamparillas y maceteros, sobre todo le gustaba hacer maceteros, porque las flores no se comían pero vestían su vida de un traje más bonito. Para ganar el dinero que las bombas se llevó, mi padre trabajaba con sus hermanos y su padre haciendo herraduras para los caballos, porque cuando iba a empezar el colegio la guerra le estalló entre las manos y sus manos ya no pudieron sostener libros, sino hambre.

Mi abuelo le daba todas las tardes dos perras gordas y él las guardaba, cuando llegaba el viernes, mi padre iba a la tienda del hombre que alquilaba libros y escogía uno, repetido, que no había muchos. Se gastaba un real. Luego iba a la tienda de doña Paquita y se compraba una caña de azúcar. Cuando volvía a la casa todavía le quedaban unas perras chicas saltando en el bolsillo. Las ahorraba, porque soñaba con comprarse una pluma.

Los niños de la plaza de arriba jugaban con una bola hecha de pedazos de trapos que llamaban pelota, sus gritos y sus risas no interrumpían la pequeña felicidad de mi padre sentado en el escalón, comiendo su dulce mientras calcaba las letras sobre el ladrillo roto. Escuchaba entre los goles celebrados como unos niños se iban y otros llegaban, jugo, decían algunos, y mi padre los miraba porque sabía que no lo estaban diciendo bien, porque todavía no sabía leer ni escribir pero ese niño había dicho jugo en lugar de juego. Y ese niño era más grande que él, y ese niño había ido a la escuela.

Mi padre se acordaba de su madre, porque ya no la tenía, ella le llamaba Juanito y le decía a todos que tuvieran cuidado con él, que era mu listo. Sus hermanos mayores levantaban las piernas para subir el escalón donde se sentaba mi padre, nunca se sentaron con él a enseñarle las letras. Los sábados por la noche encendía el quinqué y miraba las páginas de los libros hasta que los ojos se le quedaban secos. Su padre lo veía y lo dejaba tranquilo, porque sabía que era el primero en levantarse por las mañanas.

Mi padre tenía los ojos azules, pero no unos ojos azules y simples, tenía los ojos azules del mar y del cielo donde se juntan. De un mar que todavía no conocía.

Él curaba con las manos, desde chico, a las personas y a los animales (él prefería a los animales). Tenía un botiquín minúsculo donde guardaba unas pocas cosas. Cuando alguien se ponía malo, fuese un burro o fuese un niño, venían corriendo hasta la puerta buscando a Juanillo. Juanillo ven, que al chiquillo de la Aurora le ha dao fiebre. Juanillo ven, que la potra del Pacorro está pariendo y viene mal y se nos muere. Juanillo ven, que mi padre tiene la cara hinchá y todo el cuerpo lleno de pupas. Y mi padre iba al cuarto, y cogía su exiguo botiquín, un botecito de aceite, de aceite de oliva, corría por las calles de adoquines, giraba a la izquierda, giraba a la derecha, bajaba los escalones de el arco de la rosa, subía la cuesta de la iglesia, doblaba las esquinas como doblaba los hierros en la fragua, con la certeza del que sabe hacer las cosas bien. Con brío.

Mi padre tenía un color favorito y era el verde, el verde de los olivos, de las aceitunas, de su tierra, de su pueblo, y de su bandera que la llevaba clavada en el pecho igual que el dorado de los olivos, de las aceitunas, de su tierra y de sus gentes.

Mi padre, que todavía no era mi padre pero que ya soñaba con serlo por fin un día conoció el mar, un mar y unos ojos, del mismo color. Y se enamoró de mi madre, que todavía no era mi madre pero que ya soñaba con serlo. Y los ojos azules de ambos se unieron y tuvieron otros, de océano y de mar, de poniente y de levante, de soleare y seguidillas, de palos de guitarra y de plumas, de plumas de gaviotas que volaban en la orilla, y de plumas de las que chorreaba tinta, de los libros que ya podía comprar, y leer , porque ya había aprendido a leer. Y a escribir, por eso escribía poemas, y escribía sobre las bombas, y sobre los poetas que las bombas se llevó muy lejos, y sobre pelotas hechas de trapo y niños que decían jugo en lugar de juego, y de socavones, y de ventanas enrejás, y de escaleras de caracol y de maceteros y de flores, sobre todo de flores. A mi padre le gustaban las flores, y a mi madre, dos pares de ojos azules sembrando jazmines, y geranios y claveles, sobre todo claveles.

Mi padre, que ya era mi padre, tenía un uniforme azul muy bonito que se ganó leyendo, y escribiendo, girando en las aes, puntuando en las íes, sesgando en las es. Pero también tenía un taller porque la infancia no se olvida, y porque la tierra no se olvida, ni el arte se escapa de las manos aunque le caigan bombas encima. En su taller giraba los hierros candentes, los moldeaba a martillazos mientras con la pluma de tinta acariciaba las letras en sus cuadernos. Y firmaba los hierros y las rejas y los maceteros, y firmaba sus poemas aunque solo fuesen para él, porque de chiquitito, cuando las bombas le cerraron los colegios había aprendido él solito a firmar, a poner su nombre y su apellido, con todas las letras. Primero una, después la otra, después la otra, con letra bonita, llena de caracolillos.

Mi padre, cuando ya era mi padre, nos curaba con las manos, en su viejo botiquín solo quedaba una cosa, el oro líquido que siempre había usado. Juanillo, que a la niña le duele la tripa, Juanillo, que a la niña le ha dao paperas, Juanillo, que la niña no puede dormir, que le duele el oído, Juanillo, que la niña se ha quedao ronca, que tiene mocos, que tiene fiebre, que ha vomitao, que mira la piel, que tiene ronchas, que le pica Juanillo. Y mi padre, que ya era abuelo, arrastraba los pies hasta su cuarto y cogía el tarro de aceite, el chiquitito, el que siempre rellenaba. Iba a la cocina y lo calentaba en una cucharita, y te lo juntaba, debajo de las orejas, o en la garganta, o en la barriga, o en la planta de los pies, y luego te ponía su pañuelo, uno de algodón, para que aguante mejor el calor. Y toma, una chorreoncito en el pan, que esto es oro niña, que esto es oro, y toma, un chorreoncito en el tomate, que esto es oro niña, que esto es oro.

Mi padre, que siempre fue mi padre se llamaba Juanillo y era mu listo, tan listo que aprendió a leer solo, tan listo que me dejó de herencia su botiquín, y yo les digo ahora a mis hijos, niño, dónde te duele, toma, ponte un poquito, que esto es oro niño, que esto es oro.

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