198. El tesoro

Moracles

 

Trece, nueve. El autor debió imaginar que el detalle pasaría desapercibido. El mismo profesor Ruf, que fue quien encontró el pergamino, murió creyendo que el tesoro era solo metafórico. Desconocía la parcela. Pero yo me he hundido en sus surcos embarrados y me han sangrado los dedos rebuscando suelos cuando ese barro seco y escarchado cortaba como el cristal, así que me percaté enseguida: la marca de la fila trece, columna nueve, no señala ningún olivo. Allí no lo hay y jamás lo hubo, ni siquiera en la época en que dibujaron el mapa. He sospechado que era el lugar donde se debía cavar, y no me he equivocado: ¡he necesitado dos viajes y seis sacos!

El sol anuncia un nuevo día, pintando el horizonte de rosa y oro. Las flores resplandecen reflejando su luz y liberan, agradecidas, un aroma dulce y relajante, apenas perceptible. Sé que echaré de menos estos campos bendecidos de rocío, y que su aceite, suave y un punto amargo como la nostalgia, correrá siempre por mis venas.

Dicen que la tierra te devuelve lo que le das. Hoy, más que nunca, dudo haberle dado tanto.

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