191. Hija del sur y la tierra

Jorge Salvador Lebrón

 

Soy hija del sur y la tierra. Mi infancia es oro, verde y barro. Podría reconocer el olivar de mi padre aunque me vendaran los ojos, aunque me taparan el rostro con un trapo para que no pudiera oler. Ya podían despojarme de los cinco sentidos, que no habría fuerza que me hiciera olvidar. Eso pensaba de chica, cuando paseaba de la mano de mi padre; fuerte, grande y áspera, por el olivar de mi familia. De mi familia y nadie más. 

Eso pensaba antes de todo, antes de que los malos ganaran, antes de que el abuelo se fuera y no volviera; antes de que mi padre decidiera marchar de Jaén y mi madre no dijera ya nada. Ahora tiene otros dueños, dijo mi padre entonces. Yo, con ocho años, no entendí. Hoy, con setenta y seis tampoco entiendo. El olivar sigue teniendo otros dueños. 

Si cierro los ojos lo veo: huele a invierno, escucho la vara de madera y oigo caer la oliva como lluvia fina. 

Soy hija del sur y la tierra. 

Eso nadie me lo pudo quitar.

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