189. La pesadilla

Isabel García Viñao

 

Por los diversos caminos tarraconenses, donde los olivos parecen querer bailar, mi alma curiosa va a paso ligero. Los troncos de los olivos más viejos son retorcidos, algunos presentan oquedades para dejar los almuerzos y los hay que enseñan sus dedos crispados al aire. Las aceitunas danzan al son de los envites del viento. Necesito un descanso. Me acomodo a la sombra de un viejo olivo y me quedo dormida.

Una aceituna cae en uno de mis ojos. Menos mal que me despierta. Tenía una horrible pesadilla: en la sinuosidad del terreno, un incendio feroz arrasaba sin piedad los olivos. Las lenguas del diablo avanzaban. Las llamas les robaban la historia de muchas civilizaciones a los olivos más ancianos, tratados con mucho mimo desde tiempos pretéritos. Las aceitunas derramaban su oro líquido -fruto de la calma de muchos rayos de sol y de escasas lluvias- en forma de lágrimas. Las lomas cianes que semejaban mares de plata se teñían de muerte. Veía a los dueños hechos ceniza de pena.

¡Oh, aceituna de piel firme caída en mi ojo! Te llevo conmigo. Cavaré un agujero para tu hueso y serás el olivo de mi vida.

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