188. El bálsamo dorado

Octavio Faílde

 

Me arrancaron de la rama donde vivía y me arrojaron al molino. Creí que todo terminaba allí, pequeña y olvidada. Pero al quebrarme, liberé un río dorado que había guardado siempre en mi interior: savia del sol, perfume de la tierra, y memoria del agua.

En la almazara comprendí que no era mi final. Dejé atrás mi forma pequeña, redonda y verde, para convertirme en claridad líquida, en esencia. El dolor fue la llave que abrió mi eternidad.

Ahora viajo en frascos de cristal hacia mesas humildes y festines solemnes. Entro en cuerpos cansados, aliviando sus heridas y fortaleciendo sus corazones. Acaricio la piel reseca para devolverle su brillo.

Algunos dicen que simplemente soy aceite. Pero yo sé que en cada gota late la voz del olivo que me vio nacer y el trabajo de las manos que me cuidaron y recogieron. Soy herencia y alimento, caricia y remedio.

Yo, aceituna diminuta, me transformé en bálsamo dorado. No solo soy herencia de un árbol: soy la voz de la tierra hecha luz, un secreto que viaja de generación en generación para recordarle al mundo que, mientras exista aceite, habrá memoria, cultura y vida.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad